
Eran las tres de la madrugada. La noche había envejecido temprano y decidí irme a acostar. Estaba llegando al final de un día igual al anterior, e igual al anterior, e igual al siguiente.
Otra vez problemas con el sueño. Hace cinco días que estoy durmiendo realmente mal y los ojos fijos en el techo, ruidos que se meten por la ventana, giros y más vueltas en una cama que no se calienta nunca.
Cuando los párpados se ponen pesados las pupilas llegan a ese último reflejo de la luz, imagen del mundo retenida como sombra. Los ojos estaban cerrados, pero el placar sigue en el mismo lugar, la puerta, todas las cosas estaban perfectamente delimitadas y contorneadas. La imagen quedó suspendida en el tiempo, entre el objeto habitación, la imagen y mi recuerdo se creó un color sin opacos. Las tres empezaron a mezclarse, lo único seguro no seguía acostado.
Lentamente, seduciéndome con flores ya podridas en olores de gusano, los bordes fueron trasladados desde mis párpados hasta mi córnea, hasta mi sistema nervioso, para mi sangre.
Digo estoy acostumbrado, conozco la receta para solucionar este tipo de cosas. Busco una lectura, un poco de música, algo que concentre la atención de mis sentidos para mentirles, grito y pido que me dejen por un rato, lo suficiente como para que sea mañana.
Saco la sábana y me acerco a la luz. Traté de prenderla pero no hay caso. Tictac. El reloj de fondo con luces de colores hace ruido pero marca siempre la misma hora. Tictac. La luz sigue sin prenderse y necesito otra habitación, otra lamparita, una que no esté quemada. No hay pasillos en las noches largas.
Sin suerte para la lectura trato de esconderme en un poco de música. El despertador de mi habitación tiene radio y todo se resuelve en la cama. Camino con pasos lentos, madera fría en el piso y un silencio de piedras. En el marco de la puerta, en la entrada a mi habitación, fue mi cama y un cuerpo idéntico al mio que sigue entre las sábanas. Se han plegado la experimentación y su límite, que espera entre sueños espías y un hilo de pocas fibras. La oscuridad está por todas partes y no puedo, es por negarse. Otra vez la lamparita y mi frustración, intentar y probar, buscar esa posibilidad de que la luz se encienda. La continuidad de los desteñidos y las paredes que se caen, la entrada de la habitación y verme en la cama, fue el zumbido agudo primero, en dos líneas que iban y venían, las mandíbulas estiradas tratando de abrir la boca hasta la frente. Tratando y sólo tratando. Es un ruido que viene desde otro lado, desde un lugar ausente. Un grito que no sale y un inquieto que se aterra por la inmovilidad.
Sentí miedo de mi cuerpo. Pensé que nunca iba a poder volver a encontrarme, que ya no estaba permitido. Una mano en el hombro y quiero darme vuelta para ver, lo único que gira es todo a mi alrededor. La habitación se deshace en un segundo, las paredes aparecen contorsionadas sobre sí, borrando los límites de sus durezas, haciéndose una disolución con el resto de las cosas.
Y estoy en otro lado, en un lugar donde hay personas. Todos están en la otra habitación, yo estoy en mi espalda y contra algo que quiere ser pared, estoy afuera, juntando para mirar. Quiero asomar, ver sin ser visto, pero una nariz pegada a mi aliento, mano en el hombro y esta vez la cara perfectamente, a un centímetro de distancia. Su forma es confusa y en frente, esperando algo que no se, lo único que se cruza por mi cabeza es inmediatamente y ese lugar sin piso.
Encontrar mi cuerpo, la luz de mi habitación, un sonido familiar, una gotera en la canilla, las ramas de un árbol crujiendo por la ventana.
Si pasó algo más no puedo recordarlo. Pero cuando me levanté fui corriendo a prender la luz y funcionaba. Me quedé acostado mirando el techo. Escuchando los sonidos de la noche, rogando que nada se asome por la entrada.
El techo también es de madera y tiene círculos que marcan sus estrías, sus concentraciones. En esas formas puedo encontrar casi cualquier cosa. Hasta con la luz prendida escucho el envoltorio de un paquete de cigarrillos que se arruga. Ese sonido que es aplastado. Es en el living, es otra vez el pasillo. Pero no hay alguien o no. La sábana me tapa todo el cuerpo y lo mejor siempre es no mirar. El arrugamiento. Alguien está en mi casa. No se acerca, se queda en el living como esperando a que yo.
Quedé con los ojos sin cerrar, con las formas de la madera diciéndome cosas, con el ruido del celofán presente en crueles intervalos.
Los pájaros cantaron por la ventana presentando sin luz otro por fin. El sol tarda en entrar, me doy cuenta que terminé durmiendo, pero no sé a que hora. Otra noche sin poder dormir. Ojeras todo el día. Mal humor y mal aliento. Esto seguramente va a matarme.
Otra vez problemas con el sueño. Hace cinco días que estoy durmiendo realmente mal y los ojos fijos en el techo, ruidos que se meten por la ventana, giros y más vueltas en una cama que no se calienta nunca.
Cuando los párpados se ponen pesados las pupilas llegan a ese último reflejo de la luz, imagen del mundo retenida como sombra. Los ojos estaban cerrados, pero el placar sigue en el mismo lugar, la puerta, todas las cosas estaban perfectamente delimitadas y contorneadas. La imagen quedó suspendida en el tiempo, entre el objeto habitación, la imagen y mi recuerdo se creó un color sin opacos. Las tres empezaron a mezclarse, lo único seguro no seguía acostado.
Lentamente, seduciéndome con flores ya podridas en olores de gusano, los bordes fueron trasladados desde mis párpados hasta mi córnea, hasta mi sistema nervioso, para mi sangre.
Digo estoy acostumbrado, conozco la receta para solucionar este tipo de cosas. Busco una lectura, un poco de música, algo que concentre la atención de mis sentidos para mentirles, grito y pido que me dejen por un rato, lo suficiente como para que sea mañana.
Saco la sábana y me acerco a la luz. Traté de prenderla pero no hay caso. Tictac. El reloj de fondo con luces de colores hace ruido pero marca siempre la misma hora. Tictac. La luz sigue sin prenderse y necesito otra habitación, otra lamparita, una que no esté quemada. No hay pasillos en las noches largas.
Sin suerte para la lectura trato de esconderme en un poco de música. El despertador de mi habitación tiene radio y todo se resuelve en la cama. Camino con pasos lentos, madera fría en el piso y un silencio de piedras. En el marco de la puerta, en la entrada a mi habitación, fue mi cama y un cuerpo idéntico al mio que sigue entre las sábanas. Se han plegado la experimentación y su límite, que espera entre sueños espías y un hilo de pocas fibras. La oscuridad está por todas partes y no puedo, es por negarse. Otra vez la lamparita y mi frustración, intentar y probar, buscar esa posibilidad de que la luz se encienda. La continuidad de los desteñidos y las paredes que se caen, la entrada de la habitación y verme en la cama, fue el zumbido agudo primero, en dos líneas que iban y venían, las mandíbulas estiradas tratando de abrir la boca hasta la frente. Tratando y sólo tratando. Es un ruido que viene desde otro lado, desde un lugar ausente. Un grito que no sale y un inquieto que se aterra por la inmovilidad.
Sentí miedo de mi cuerpo. Pensé que nunca iba a poder volver a encontrarme, que ya no estaba permitido. Una mano en el hombro y quiero darme vuelta para ver, lo único que gira es todo a mi alrededor. La habitación se deshace en un segundo, las paredes aparecen contorsionadas sobre sí, borrando los límites de sus durezas, haciéndose una disolución con el resto de las cosas.
Y estoy en otro lado, en un lugar donde hay personas. Todos están en la otra habitación, yo estoy en mi espalda y contra algo que quiere ser pared, estoy afuera, juntando para mirar. Quiero asomar, ver sin ser visto, pero una nariz pegada a mi aliento, mano en el hombro y esta vez la cara perfectamente, a un centímetro de distancia. Su forma es confusa y en frente, esperando algo que no se, lo único que se cruza por mi cabeza es inmediatamente y ese lugar sin piso.
Encontrar mi cuerpo, la luz de mi habitación, un sonido familiar, una gotera en la canilla, las ramas de un árbol crujiendo por la ventana.
Si pasó algo más no puedo recordarlo. Pero cuando me levanté fui corriendo a prender la luz y funcionaba. Me quedé acostado mirando el techo. Escuchando los sonidos de la noche, rogando que nada se asome por la entrada.
El techo también es de madera y tiene círculos que marcan sus estrías, sus concentraciones. En esas formas puedo encontrar casi cualquier cosa. Hasta con la luz prendida escucho el envoltorio de un paquete de cigarrillos que se arruga. Ese sonido que es aplastado. Es en el living, es otra vez el pasillo. Pero no hay alguien o no. La sábana me tapa todo el cuerpo y lo mejor siempre es no mirar. El arrugamiento. Alguien está en mi casa. No se acerca, se queda en el living como esperando a que yo.
Quedé con los ojos sin cerrar, con las formas de la madera diciéndome cosas, con el ruido del celofán presente en crueles intervalos.
Los pájaros cantaron por la ventana presentando sin luz otro por fin. El sol tarda en entrar, me doy cuenta que terminé durmiendo, pero no sé a que hora. Otra noche sin poder dormir. Ojeras todo el día. Mal humor y mal aliento. Esto seguramente va a matarme.
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