
Ese día me rasqué mucho la barba. Miraba las baldosas y me preguntaba sobre lo que me estaban ocultando. Miraba al pasto a ver si alguna lombriz se veia. En ningún lado pude conseguir algo relevante.
No tenía fuerzas suficientes para encarar el día, mi concentración estaba alterada y la falta de sueño. Si a eso le sumamos que no tenía un centavo en el bolsillo para alimentarme la situación usaba zapatos más grandes que los pies.
Un mate para engañar el estomago, un cigarrillo para no tomar más mate y el dormir que no es amigo de ninguno de las dos, tuve que elegir. Salí con la esperanza de dar un paseo por alguna calle, existía un acuerdo explicito en la indiferencia por la elección. Horas y horas que tenían que pasar de alguna manera. Libros en la plaza. Viajes en subte de ida, viajes de vuelta. Era solamente cuestión de buscar una estación donde nadie este mirando y pasar. Se le pueden robar un par de horas a los muertos viajando por las venas de la ciudad.
Cerca de las once de la noche mi cuerpo me vomitó. En el subte uno dormita un poco, en la plaza también. Se trata de descansar, pero la cabeza es la que no para. Los ojos se cierran un poco, el cuerpo reposa, pero idea tras idea no lograba un sólo segundo de pez. Llegué a mi casa y me desplomé sobre la cama. Todavía tenía las zapatillas y la ropa puesta. Sólo me pude sacar las zapatillas.
El ruido de la calle era un auto, un silencio, un grito y otro silencio. Todo bastante calmado. Vueltas en la cama. Pienso en damajuanas de sangre que me tomo para mancharme una camisa blanca. Sería más práctico servirme en un vaso, las manchas de sangre son siempre difíciles de sacar. El estómago no deja tregua. Lo más recomendable es agarrar un libro que se llame la batalla de Guatemala. A la décima página los párpados pesan una tonelada y la sangre en el vaso adormece todos los apetitos.
Decidí y fueron las dos de la mañana. El afuera estaba repleto de luces. Libro al costado, acostado, durmiendo desde que nació. El sueño que llega, muy despacio pero llega, se presenta, aparece como para quedarse, coquetea un poco, seduce y se va.
Pero en este caso algo fue diferente, las explicaciones, de alguna forma, aparecieron. En la oscuridad escuché a las ratas que viven en el techo, caminan, muerden maderas, conversan entre ellas. Están planeando esperar a que me duerma, quieren meterse por el agujero de la luz y comerme. No saben quien las escuchó.
Otra vez me levanto y prendo la luz. Las ratas detestan la lamparita, por eso se alborotan y caminan, son sus pasos sobre mi cabeza. Creo que hablaron cosas horribles y no puedo ignorarlas. Quieren comerse mis uñas para que no me pueda escapar. Dicen que lo más rico van a ser mis ojos y la escoba empieza a golpear el techo. Las ratas caminan y se muerden entre ellas, están peleándose, se culpan entre ellas por los gritos. Estropearon la comida.
En el patio tengo una manguera bastante larga. Un extremo va al baño y prendo el agua caliente, espero a que esté en una temperatura bastante alta y el otro lado por el agujero de la luz. Con eso van a aprender. Si quieren comerme por mí está bien pero que me dejen dormir. La instalación eléctrica y el agua caliente me hacen recordar un día en el colegio, ese en el que me explicaban como se producen los cortos en un circuito. La térmica salta. Levanto esa palanquita negra pero no hay caso. Las ratas se ríen. Están mojadas y quemadas pero se ríen porque saben que ahora estoy a oscuras.
Cerca de la puerta, para necesitar salir corriendo. El problema es que no tengo zapatillas y ya no puedo ir a buscarlas, están en la habitación. Puede y tengo miedo de asomarme al pasillo, es muy probable que alguien esté ahí esperándome. Me quedo sentado, con las rodillas en la pera, con los brazos sobre las piernas, con la espalda en la puerta. Estos son los momentos en los que me gustaría que alguien diga quedate tranquilo, no pasa nada y el niño se duerme.
Por suerte otra vez los sonidos de la mañana, otra vez la luz que me encuentra mal dormido, indescalsable. Con la felicidad de una noche menos. Estoy con un dolor de cuello insoportable. Cuando me levanto veo el dormir en una puerta y voy para la habitación. Las ratas no parecen haber bajado, todo está en su lugar.
Me tiro boca a bajo. Estoy muy flaco, tengo que comer. Trato de cerrar los ojos pero se me aparece la imagen de una mujer, desnuda y hermosa. Quiere que le haga muchas cosas, pero no tengo tiempo. Me levanto sin suerte. No hay un sólo lugar en este mundo en el que se pueda dormir en paz.
No tenía fuerzas suficientes para encarar el día, mi concentración estaba alterada y la falta de sueño. Si a eso le sumamos que no tenía un centavo en el bolsillo para alimentarme la situación usaba zapatos más grandes que los pies.
Un mate para engañar el estomago, un cigarrillo para no tomar más mate y el dormir que no es amigo de ninguno de las dos, tuve que elegir. Salí con la esperanza de dar un paseo por alguna calle, existía un acuerdo explicito en la indiferencia por la elección. Horas y horas que tenían que pasar de alguna manera. Libros en la plaza. Viajes en subte de ida, viajes de vuelta. Era solamente cuestión de buscar una estación donde nadie este mirando y pasar. Se le pueden robar un par de horas a los muertos viajando por las venas de la ciudad.
Cerca de las once de la noche mi cuerpo me vomitó. En el subte uno dormita un poco, en la plaza también. Se trata de descansar, pero la cabeza es la que no para. Los ojos se cierran un poco, el cuerpo reposa, pero idea tras idea no lograba un sólo segundo de pez. Llegué a mi casa y me desplomé sobre la cama. Todavía tenía las zapatillas y la ropa puesta. Sólo me pude sacar las zapatillas.
El ruido de la calle era un auto, un silencio, un grito y otro silencio. Todo bastante calmado. Vueltas en la cama. Pienso en damajuanas de sangre que me tomo para mancharme una camisa blanca. Sería más práctico servirme en un vaso, las manchas de sangre son siempre difíciles de sacar. El estómago no deja tregua. Lo más recomendable es agarrar un libro que se llame la batalla de Guatemala. A la décima página los párpados pesan una tonelada y la sangre en el vaso adormece todos los apetitos.
Decidí y fueron las dos de la mañana. El afuera estaba repleto de luces. Libro al costado, acostado, durmiendo desde que nació. El sueño que llega, muy despacio pero llega, se presenta, aparece como para quedarse, coquetea un poco, seduce y se va.
Pero en este caso algo fue diferente, las explicaciones, de alguna forma, aparecieron. En la oscuridad escuché a las ratas que viven en el techo, caminan, muerden maderas, conversan entre ellas. Están planeando esperar a que me duerma, quieren meterse por el agujero de la luz y comerme. No saben quien las escuchó.
Otra vez me levanto y prendo la luz. Las ratas detestan la lamparita, por eso se alborotan y caminan, son sus pasos sobre mi cabeza. Creo que hablaron cosas horribles y no puedo ignorarlas. Quieren comerse mis uñas para que no me pueda escapar. Dicen que lo más rico van a ser mis ojos y la escoba empieza a golpear el techo. Las ratas caminan y se muerden entre ellas, están peleándose, se culpan entre ellas por los gritos. Estropearon la comida.
En el patio tengo una manguera bastante larga. Un extremo va al baño y prendo el agua caliente, espero a que esté en una temperatura bastante alta y el otro lado por el agujero de la luz. Con eso van a aprender. Si quieren comerme por mí está bien pero que me dejen dormir. La instalación eléctrica y el agua caliente me hacen recordar un día en el colegio, ese en el que me explicaban como se producen los cortos en un circuito. La térmica salta. Levanto esa palanquita negra pero no hay caso. Las ratas se ríen. Están mojadas y quemadas pero se ríen porque saben que ahora estoy a oscuras.
Cerca de la puerta, para necesitar salir corriendo. El problema es que no tengo zapatillas y ya no puedo ir a buscarlas, están en la habitación. Puede y tengo miedo de asomarme al pasillo, es muy probable que alguien esté ahí esperándome. Me quedo sentado, con las rodillas en la pera, con los brazos sobre las piernas, con la espalda en la puerta. Estos son los momentos en los que me gustaría que alguien diga quedate tranquilo, no pasa nada y el niño se duerme.
Por suerte otra vez los sonidos de la mañana, otra vez la luz que me encuentra mal dormido, indescalsable. Con la felicidad de una noche menos. Estoy con un dolor de cuello insoportable. Cuando me levanto veo el dormir en una puerta y voy para la habitación. Las ratas no parecen haber bajado, todo está en su lugar.
Me tiro boca a bajo. Estoy muy flaco, tengo que comer. Trato de cerrar los ojos pero se me aparece la imagen de una mujer, desnuda y hermosa. Quiere que le haga muchas cosas, pero no tengo tiempo. Me levanto sin suerte. No hay un sólo lugar en este mundo en el que se pueda dormir en paz.
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