
-Dale, por favor, una silla nada más, ¡Qué te cuesta! Mirá, sino podés dejarme comer esta mesa que esta acá, tenés una en el living, ¿Para que querés dos mesas? Es bastante fea la actitud que estás tomando. Realmente no tenés necesidad de ser tan avaro.-
-¿Vos me estás hablando en serio? En primer lugar tengo que decirte que no queda ninguna mesa en el living, te la comiste hace dos horas. En segundo lugar no puedo darte esa silla porque no voy a tener donde sentarme mañana para desayunar. En tercer lugar no podés decirme que soy avaro, ¿Vos viste la casa? Salvando las paredes te comiste todo, ya no quedan muebles, no quedan libros, queda la nada absoluta. En cuarto lugar, son las cuatro de la mañana, no me dejaste dormir en toda la noche y mañana tengo que manejar todo el día. Si te dormís vas a poder comer como corresponde mañana, pero si no me dejás descansar vamos a tener que quedarnos en esta casa sin comida por más tiempo. Vos elegís.-
-¿Y lo qué está en la heladera? ¿Y la heladera?-
-Pero que sos terco la puta madre, lo que esta en la heladera es para mí. Te comiste todo vos, lo único que te pido es que me dejes ese poco de leche, ese poquito de jamón y el queso para desayunar. Y la heladera no podés comértela, si no la comida se pudre y no sirve. Así que basta, y no vuelvas a insistir con la cama, ahí duermo yo. Suficiente con que te comiste las sábanas.
-Pero yo necesito comer antes de irme a dormir, no puedo pegar un ojo con el estomago vacío.-
-Pero que estomago vacío ni que ocho cuartos, ¿Y los muebles de la casa?, ¿Ylos animales de la granja?, la cosecha ¿Dónde está?. Te comiste toda la casa del vecino, te comiste a todos los vecinos, te comiste todo. Yo no tengo la culpa de que solamente viva esta familia en kilómetros y kilómetros a la redonda, si supiese que podés ir hasta algún lugar cercano y comer para estar acá a la mañana te mando de una patada en ese culo horrible que tenés. Pero no es así, si te vas no se cuando vas a volver. A parte no puedo darte la orden para que te comas algo que no sé que es, vos me lo explicaste, el permiso tiene que ser puntual y específico.-
-¿Te parece que mi colita es horrible? Mirá que linda que es, muy obediente.
El chancho se quedó jugando muy entretenido y Ricardo Singusto aprovechó la ocasión para tratar de dormir un poco. En el transcurso de la noche habían logrado entenderse bastante bien. En Ricardo se afianzaba una idea sobre el pobre de Ricardito, pensaba que no era el responsable de la muerte de Regina. Era solamente un animal. Por motivos ajenos a su propia voluntad se había transformado en una bestia. El culpable de todo era el barbudo, ese que le dio esa cosa naranja sin siquiera explicar todas las posibilidades. Y en todo caso la culpa debía caer en el destino, era imposible que el hubiese seguido los estrictos consejos sobre dosificación del barbudo. La mala suerte había querido que justo se le ocurriese tirarle la cosa esa al chancho.
-¿Vos me estás hablando en serio? En primer lugar tengo que decirte que no queda ninguna mesa en el living, te la comiste hace dos horas. En segundo lugar no puedo darte esa silla porque no voy a tener donde sentarme mañana para desayunar. En tercer lugar no podés decirme que soy avaro, ¿Vos viste la casa? Salvando las paredes te comiste todo, ya no quedan muebles, no quedan libros, queda la nada absoluta. En cuarto lugar, son las cuatro de la mañana, no me dejaste dormir en toda la noche y mañana tengo que manejar todo el día. Si te dormís vas a poder comer como corresponde mañana, pero si no me dejás descansar vamos a tener que quedarnos en esta casa sin comida por más tiempo. Vos elegís.-
-¿Y lo qué está en la heladera? ¿Y la heladera?-
-Pero que sos terco la puta madre, lo que esta en la heladera es para mí. Te comiste todo vos, lo único que te pido es que me dejes ese poco de leche, ese poquito de jamón y el queso para desayunar. Y la heladera no podés comértela, si no la comida se pudre y no sirve. Así que basta, y no vuelvas a insistir con la cama, ahí duermo yo. Suficiente con que te comiste las sábanas.
-Pero yo necesito comer antes de irme a dormir, no puedo pegar un ojo con el estomago vacío.-
-Pero que estomago vacío ni que ocho cuartos, ¿Y los muebles de la casa?, ¿Ylos animales de la granja?, la cosecha ¿Dónde está?. Te comiste toda la casa del vecino, te comiste a todos los vecinos, te comiste todo. Yo no tengo la culpa de que solamente viva esta familia en kilómetros y kilómetros a la redonda, si supiese que podés ir hasta algún lugar cercano y comer para estar acá a la mañana te mando de una patada en ese culo horrible que tenés. Pero no es así, si te vas no se cuando vas a volver. A parte no puedo darte la orden para que te comas algo que no sé que es, vos me lo explicaste, el permiso tiene que ser puntual y específico.-
-¿Te parece que mi colita es horrible? Mirá que linda que es, muy obediente.
El chancho se quedó jugando muy entretenido y Ricardo Singusto aprovechó la ocasión para tratar de dormir un poco. En el transcurso de la noche habían logrado entenderse bastante bien. En Ricardo se afianzaba una idea sobre el pobre de Ricardito, pensaba que no era el responsable de la muerte de Regina. Era solamente un animal. Por motivos ajenos a su propia voluntad se había transformado en una bestia. El culpable de todo era el barbudo, ese que le dio esa cosa naranja sin siquiera explicar todas las posibilidades. Y en todo caso la culpa debía caer en el destino, era imposible que el hubiese seguido los estrictos consejos sobre dosificación del barbudo. La mala suerte había querido que justo se le ocurriese tirarle la cosa esa al chancho.
Todo hubiese sido de otra manera si la hubiese tirado en la primera esquina cuando se despidió del barbudo. O si la hubiese tirado a la basura al llegar a su casa. Pero nada de esto tenía sentido. Las cosas eran lo que podían ser. Y no había caso, replantearse lo que ya había pasado era perderse en razonamientos agotados. Si no tiene solución no es un problema. Pero Ricardo no podía dormir, daba vueltas y vueltas en la cama sin pegar ni un ojo ni el otro.
-¿No podés dormir?-
-No, la verdad es que pasaron muchas cosas que me están haciendo pensar sin parar, siempre pienso mucho por las noches y en esos pensamientos me encuentro con fantasías de mucha alegría o mucha tristeza, pero cualquiera sea el caso las vivo con tanta intensidad que no sé si son reales o falsas. Eso no me deja dormir. Te juro que pensé que vos eras una especie de delirio que me había agarrado, una fantasía demasiado real. Pero sé que no es así, sé que mi mujer ya no existe en la misma realidad que yo. Sería un millón de veces más feliz creyendo que estoy loco, pero se que tengo que aceptar que estoy, en realidad, solo. Mucho más solo que antes. Cuando no la conocía siempre guardaba la esperanza, podía aparecer una mujer hermosa e inteligente y cambiarme la vida en cualquier momento. Pero ahora que esa mujer ya apareció y no existe más no se que voy a hacer. Todo es demasiado caótico.
-¿La querías mucho no?
Ricardo Singusto se volvió para verle la cara al chancho, esperaba encontrar una mirada enferma, una señal de la morbosa tortura que es disfrutar cínicamente del sufrimiento ajeno. Pero no fue el caso. Ricardito estaba con el culo apoyado en el piso, la cabeza un poco inclinada y la mirada fija en su amo. Realmente no parecía sentirse responsable por la muerte de Regina.
-Perdoname, pero no puedo hablar de estas cosas con vos, me produce mucho dolor –
-Bueno. Lo entiendo. Entonces, para acompañar tu dolor, voy a hacerte un regalo. Sé que no es lo mismo, pero por lo menos va a ser algo, por otra parte es todo lo que yo puedo darte.-
Ricardito se puso de pie y empezó a hacer unas muecas muy extrañas con la cara. Después el cuerpo entero empezó a acompañarlo en un retorcimiento que parecía reacomodar cada uno de sus huesos.
Ricardo lo miraba asombrado, casi asustado, no tenía idea de lo que podía llegar a querer regalarle esa cosa, todo podía pasar.
El chancho bajó un poco la cola torciendo las rodillas de sus patas. Puso una mueca de dolor extremo, de esos sufrimientos que vienen tomando carrera y cuando llegan son como una patada en alguna parte muy delicada.
Un enorme, asqueroso, mal oliente y repugnante sorete salió de su recto depositándose como una montaña de heces arquitectónicamente diseñada.
-Sólo por vos, que tan bien me tratas, hago estas cosas. Acá tenés a tu mujer. Si aprendés a mirar la vas a poder ver-
Entre el olor y el asombro Ricardo no pudo reaccionar. Pero claro, ante todo, antes del dolor, ante la pérdida, mucho antes que Regina, desde cada átomo de su cuerpo Ricardo Singusto era un gran humorista y todo aquello lo tomó por sorpresa.
Tenía ante sus ojos la broma que el había estado buscando hace años, ese chiste que sólo puede existir en situaciones extraordinarias, sin moral, sin justicia, sin pudor. Cualquier persona en su lugar se hubiese puesto furioso, hubiese explotado de la rabia, pero a Ricardo Singusto, sin perder esa misma intensidad, lo que le salió fue una sonora carcajada, una risotada que retumbó en toda la granja, en toda la noche, un sonido tan jovial que se pudo haber escuchado hasta en los mundos más lejanos.
El chancho se sorprendió mucho, realmente no era la respuesta que esperaba de Ricardo. Su amo no podía ni hablar de la riza, las lágrimas se le salían de los ojos y hasta pensó que se iba a ahogar por no respirar.
-¿No la reconocés?- Preguntó el chancho dominado por el asombro.
Tratando de recomponerse Ricardo Singusto se secó las lágrimas de los ojos y cuando se disponía a darle un largo discurso sobre el humorismo Ricardito hizo un movimiento con la cabeza que le indicaba la montaña de mierda. Entonces Ricardo la miró detenidamente, la comprendió.
Y el pulso le bajo en caída libre.
La sangre se le fue de la cara a los pies, quedó blanco como una hoja de papel nueva. Miraba y no lo podía creer. Parecía mierda, olía como mierda, tenía el mismo origen que la mierda, pero algo en esa pila de excremento le pertenecía. No podía explicarlo, pero era Regina la que estaba tirada en el piso. Era su cuerpo, sus ojos acariciándolo, diciéndole que no importaban las distancias, que ella siempre lo iba a amar, que no se preocupe que ella lo estaba cuidando. Y Ricardo se arrodilló ante Regina, otra vez las mismas lágrimas, esas que ahora eran otras, la riza fue nostalgia, eran volver al amor y la vida. –Mi amor, ¿Por qué te fuiste? ¿Cómo pudiste dejarme solo? Sin vos no existo- Y las manos que frotaban los ojos mojados, esas manos que agarraban el pelo y lo tiraban para atrás, terminando en la nuca, con los codos para arriba y los ojos cerrados mirando un cielo triste, una noche que ya no se terminaría nunca, mirando en esas deposiciones una madrugada eterna.
Puso las dos manos al costado del cuerpo de su mujer, sus ojos veían su rostro muerto, veían una ausencia. Una lágrima fue a parar sobre la frente de Regina y delicadamente se deslizó por la cara hasta terminar sobre su boca. Entonces Ricardo lloró con todas sus fuerzas. El dolor se hacia carne en eyaculaciones de sufrimiento. En su llanto aparecieron peces de colores que absorbieron toda la luz del lugar, reinaban las tinieblas de la desesperanza.
A veces el sonido en las lágrimas y en la riza es muy sano porque nos hace concientes de que existimos. Nos permite escucharnos. Como un eco de una riza que se marchitó Ricardo lloró ruidosamente. Tomó la cara de su mujer y la besó con ternura. Abrazó su cuerpo sin vida por última vez para despedirse.
Sin decir una palabra salió del living de la casa de su vecino al patio e hizo un agujero. Volvió al lado del chancho y retiró el cuerpo muerto de su mujer, le dio un entierro muy sensillo. Después tapo el agujero.
-La verdad Ricardito, no se como agradecerte esto- Ricardo trató de abrazar al chancho y besarlo para demostrarle su afecto pero éste se alejó horrorizado.
-Me alegro que te pudieras despedir de tu mujer, me alegro muchísimo. Sabe dios que nadie puede estar más feliz que yo por tu felicidad. Pero ni se te ocurra tocarme, tenés toda la cara y las manos llenas de mierda. Yo seré un cerdo, pero tengo elegancia.-
Ricardo recordó el origen de lo que él había visto era el cuerpo de Regina, recordó la montaña de mierda, se miró las manos, se tocó la cara y notó que había besado las excreciones del animal. Miró al chancho buscando una respuesta a todo esto. Pero fueron interrumpidos.
En el medio de la noche, en el medio de la nada misma, apareció el barbudo muy agitado.
-Ricardo, por fin te encuentro. ¿Está el chancho con vos?-
-Si esta ahí
-Perfecto, vení acompañame por acá.
-¿Cómo llegaste? ¿No entiendo, como sabías donde estaba? Esta ni siquiera es mi casa.
- No hay tiempo ahora, tenés que venir con migo, traete al chancho, rápido por favor que esto es urgente.
Tanto Ricardo Singusto como Ricardito acompañaron al barbudo afuera. Sin decir una palabra se agacho para hundir la mano en el piso. Usando los pastos como picaporte levantó la tierra abriendo una puerta. Del otro lado podía verse una escalera que daba vueltas sobre sí misma.
-Vamos que no hay tiempo, dale crucen.-
No había tiempo para preguntas, tampoco para asombrarse. Ricardo y el chancho cruzaron la puerta. El barbudo pasó último. El fue quien cerró la puerta.
-¿No podés dormir?-
-No, la verdad es que pasaron muchas cosas que me están haciendo pensar sin parar, siempre pienso mucho por las noches y en esos pensamientos me encuentro con fantasías de mucha alegría o mucha tristeza, pero cualquiera sea el caso las vivo con tanta intensidad que no sé si son reales o falsas. Eso no me deja dormir. Te juro que pensé que vos eras una especie de delirio que me había agarrado, una fantasía demasiado real. Pero sé que no es así, sé que mi mujer ya no existe en la misma realidad que yo. Sería un millón de veces más feliz creyendo que estoy loco, pero se que tengo que aceptar que estoy, en realidad, solo. Mucho más solo que antes. Cuando no la conocía siempre guardaba la esperanza, podía aparecer una mujer hermosa e inteligente y cambiarme la vida en cualquier momento. Pero ahora que esa mujer ya apareció y no existe más no se que voy a hacer. Todo es demasiado caótico.
-¿La querías mucho no?
Ricardo Singusto se volvió para verle la cara al chancho, esperaba encontrar una mirada enferma, una señal de la morbosa tortura que es disfrutar cínicamente del sufrimiento ajeno. Pero no fue el caso. Ricardito estaba con el culo apoyado en el piso, la cabeza un poco inclinada y la mirada fija en su amo. Realmente no parecía sentirse responsable por la muerte de Regina.
-Perdoname, pero no puedo hablar de estas cosas con vos, me produce mucho dolor –
-Bueno. Lo entiendo. Entonces, para acompañar tu dolor, voy a hacerte un regalo. Sé que no es lo mismo, pero por lo menos va a ser algo, por otra parte es todo lo que yo puedo darte.-
Ricardito se puso de pie y empezó a hacer unas muecas muy extrañas con la cara. Después el cuerpo entero empezó a acompañarlo en un retorcimiento que parecía reacomodar cada uno de sus huesos.
Ricardo lo miraba asombrado, casi asustado, no tenía idea de lo que podía llegar a querer regalarle esa cosa, todo podía pasar.
El chancho bajó un poco la cola torciendo las rodillas de sus patas. Puso una mueca de dolor extremo, de esos sufrimientos que vienen tomando carrera y cuando llegan son como una patada en alguna parte muy delicada.
Un enorme, asqueroso, mal oliente y repugnante sorete salió de su recto depositándose como una montaña de heces arquitectónicamente diseñada.
-Sólo por vos, que tan bien me tratas, hago estas cosas. Acá tenés a tu mujer. Si aprendés a mirar la vas a poder ver-
Entre el olor y el asombro Ricardo no pudo reaccionar. Pero claro, ante todo, antes del dolor, ante la pérdida, mucho antes que Regina, desde cada átomo de su cuerpo Ricardo Singusto era un gran humorista y todo aquello lo tomó por sorpresa.
Tenía ante sus ojos la broma que el había estado buscando hace años, ese chiste que sólo puede existir en situaciones extraordinarias, sin moral, sin justicia, sin pudor. Cualquier persona en su lugar se hubiese puesto furioso, hubiese explotado de la rabia, pero a Ricardo Singusto, sin perder esa misma intensidad, lo que le salió fue una sonora carcajada, una risotada que retumbó en toda la granja, en toda la noche, un sonido tan jovial que se pudo haber escuchado hasta en los mundos más lejanos.
El chancho se sorprendió mucho, realmente no era la respuesta que esperaba de Ricardo. Su amo no podía ni hablar de la riza, las lágrimas se le salían de los ojos y hasta pensó que se iba a ahogar por no respirar.
-¿No la reconocés?- Preguntó el chancho dominado por el asombro.
Tratando de recomponerse Ricardo Singusto se secó las lágrimas de los ojos y cuando se disponía a darle un largo discurso sobre el humorismo Ricardito hizo un movimiento con la cabeza que le indicaba la montaña de mierda. Entonces Ricardo la miró detenidamente, la comprendió.
Y el pulso le bajo en caída libre.
La sangre se le fue de la cara a los pies, quedó blanco como una hoja de papel nueva. Miraba y no lo podía creer. Parecía mierda, olía como mierda, tenía el mismo origen que la mierda, pero algo en esa pila de excremento le pertenecía. No podía explicarlo, pero era Regina la que estaba tirada en el piso. Era su cuerpo, sus ojos acariciándolo, diciéndole que no importaban las distancias, que ella siempre lo iba a amar, que no se preocupe que ella lo estaba cuidando. Y Ricardo se arrodilló ante Regina, otra vez las mismas lágrimas, esas que ahora eran otras, la riza fue nostalgia, eran volver al amor y la vida. –Mi amor, ¿Por qué te fuiste? ¿Cómo pudiste dejarme solo? Sin vos no existo- Y las manos que frotaban los ojos mojados, esas manos que agarraban el pelo y lo tiraban para atrás, terminando en la nuca, con los codos para arriba y los ojos cerrados mirando un cielo triste, una noche que ya no se terminaría nunca, mirando en esas deposiciones una madrugada eterna.
Puso las dos manos al costado del cuerpo de su mujer, sus ojos veían su rostro muerto, veían una ausencia. Una lágrima fue a parar sobre la frente de Regina y delicadamente se deslizó por la cara hasta terminar sobre su boca. Entonces Ricardo lloró con todas sus fuerzas. El dolor se hacia carne en eyaculaciones de sufrimiento. En su llanto aparecieron peces de colores que absorbieron toda la luz del lugar, reinaban las tinieblas de la desesperanza.
A veces el sonido en las lágrimas y en la riza es muy sano porque nos hace concientes de que existimos. Nos permite escucharnos. Como un eco de una riza que se marchitó Ricardo lloró ruidosamente. Tomó la cara de su mujer y la besó con ternura. Abrazó su cuerpo sin vida por última vez para despedirse.
Sin decir una palabra salió del living de la casa de su vecino al patio e hizo un agujero. Volvió al lado del chancho y retiró el cuerpo muerto de su mujer, le dio un entierro muy sensillo. Después tapo el agujero.
-La verdad Ricardito, no se como agradecerte esto- Ricardo trató de abrazar al chancho y besarlo para demostrarle su afecto pero éste se alejó horrorizado.
-Me alegro que te pudieras despedir de tu mujer, me alegro muchísimo. Sabe dios que nadie puede estar más feliz que yo por tu felicidad. Pero ni se te ocurra tocarme, tenés toda la cara y las manos llenas de mierda. Yo seré un cerdo, pero tengo elegancia.-
Ricardo recordó el origen de lo que él había visto era el cuerpo de Regina, recordó la montaña de mierda, se miró las manos, se tocó la cara y notó que había besado las excreciones del animal. Miró al chancho buscando una respuesta a todo esto. Pero fueron interrumpidos.
En el medio de la noche, en el medio de la nada misma, apareció el barbudo muy agitado.
-Ricardo, por fin te encuentro. ¿Está el chancho con vos?-
-Si esta ahí
-Perfecto, vení acompañame por acá.
-¿Cómo llegaste? ¿No entiendo, como sabías donde estaba? Esta ni siquiera es mi casa.
- No hay tiempo ahora, tenés que venir con migo, traete al chancho, rápido por favor que esto es urgente.
Tanto Ricardo Singusto como Ricardito acompañaron al barbudo afuera. Sin decir una palabra se agacho para hundir la mano en el piso. Usando los pastos como picaporte levantó la tierra abriendo una puerta. Del otro lado podía verse una escalera que daba vueltas sobre sí misma.
-Vamos que no hay tiempo, dale crucen.-
No había tiempo para preguntas, tampoco para asombrarse. Ricardo y el chancho cruzaron la puerta. El barbudo pasó último. El fue quien cerró la puerta.
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