
En esos días el Señor Ricardo Singusto estaba volviendo a su granja después de un viaje de negocios que resultó bastante malo. A pesar del mal humor que tenía por el negocio frustrado el pasado le nubló la tristeza por un segundo cuando volvió, como en una imagen, una conexión invisible con el lugar en el que estaba parado.
Exactamente un año atrás, el mismo diez de enero pero del año anterior, cuando cruzó precisamente aquella esquina, un señor de barba muy larga interrumpió sus pensamientos para hacerle una propuesta muy interesante. En aquella ocasión había viajado a la sobre habitada Capital Federal para firmar unos papeles sobre una vieja deuda que, recién en ese momento, producto de su prospero negocio con la granja, había terminado de pagar. Como esa deuda le representaba un gran peso, mientras se disponía a regresar a su casa estaba de muy buen humor. Cuando Ricardo era joven gustaba mucho de tener hablar con las calles, las historias que le contaban, las lógicas que enredaban sus relatos, su buena predisposición para invitar cervezas y convidar cigarrillos a pesar de las ausencias de dinero siempre lo predisponían de un forma bastante particular para encarar conversaciones que consideraba muy productivas para la educación y el buen gusto.
En aquel momento se sentía muy joven, así que cuando este barbudo que estaba sentado todo andrajoso le pidió un cigarrillo no dudo en ofrecerle también fuego. Por supuesto, por la correspondiente delicadeza, también se lo encendió. Se ve que el barbudo tomó muy bien el gesto, o estaba muy solo, el hecho es que enseguida se presentó como el futuro presidente de la republica Argentina. Si bien era poco probable que este hombre consiguiese que alguien lo vote era muy cierto que, como su objetivo no eran las elecciones que tendrían lugar el próximo año, ni en cinco años, sino las siguientes, cabía la posibilidad de que en todo ese tiempo el barbudo pudiese armar una estructura partidaria suficientemente amplia como para organizarse a nivel nacional.
El barbudo le había confesado su secreto, le dijo que producto de varios años de investigación había conseguido un alimento revolucionario que permitía hiperengordar un chancho en tan solo un año. El barbudo le explicó a Ricardo Singusto que su primer objetivo sería vender su prodigioso invento a un buen precio y, con ese dinero embarcarse en la industria alimenticia para borrar el hambre de la faz de la tierra. Esto le traería tan buena reputación y renombre que sin duda en el plazo previsto no tendría problemas en conseguir que la gente lo vote por presidente.
La lógica parecía bastante buena, pero la verdad es que Ricardo había aprendido a entender que la calle disfrutaba mucho haciendo bromas. Hay que aclarar que esta actitud no tenía el carácter de burla, sino todo lo contrario. La calle tiene formas muy especiales de razonar, y se permiten encontrar una alegre actitud frente al mundo que a veces es tomada por locura.
La cuestión central del relato es que un poco por divertirse, un poco porque estaba de buen humor y otro poco porque el barbudo le había caído simpático Ricardo le contó que tenía un granja y que casualmente hacia dos meses que había traído un chancho nuevo. Bautizado como Ricardito, en honor a él mismo. Le explicó que si quería podía probar su formula revolucionaria en su chancho y que si los resultados eran los que el decía en un año se reencontrarían para hacer negocios juntos.
Si alguno piensa que esta respuesta asombró al barbudo le adelanto que esta muy equivocado, la inmediata respuesta fue tirar el cigarrillo que le había convidado Ricardo, que estaba por la mitad, revisar sus bolsillos, cada uno de ellos como tres veces, no encontrar nada, pedirle otro cigarrillo a Ricardo, prenderlo, fumarlo por la mitad, volver a buscar en sus bolsillos y encontrar, enganchado en un pequeño agujero de su pantalón una pelotita de color azul, más o menos de unos tres centímetros y medio de diámetro, que procedió a exhibir con absoluto orgullo mientras tiraba el recién encendido cigarrillo al piso y lo pisaba como descargando la furia de una vida miserable, aceptando que todo cobraba un giro inesperado.
Dada la seriedad del asunto Ricardo Singusto creyó que no estaba demás preguntar que era este misterio. La pregunta no pareció caer bien, pero el barbudo se repuso de su enojo en seguida para explicarle que aquella pelotita diluida en una tonelada de agua, a razón de un poquito de agua a la mañana y un poquito a la noche, sería suficiente para que al cabo de un año tuviese un chancho tan gordo que tendría que mandar a afilar su cuchilla para poder cortar su cuero.
Ricardo ya tenía bastante experiencia en granjas y sabía perfectamente que un chancho no vive a agua y mucho menos engorda sin comer. Así y todo estiró la mano para tomar la pelotita que el barbudo le ofrecía. Imagínense cual fue su asombro cuando éste, en repentino arrepentimiento, retiró la bolita azul y cerró la mano violentamente. Mirándolo con desconfianza. Entonces el barbudo cambió su mirada y frunció su ceño.
Tres cosas son importantes
La primera, si no crees en mi invento no te lo lleves. No tengo más como para que lo desperdicies.
Segundo, ni se te ocurra tirarle toda la pelotita de golpe al chancho, es esencial que respetes la cantidad de agua y la dosificación que te digo, de lo contrario solo el diablo sabe que puede pasar. (En este punto pareció particularmente interesado)
Tercero, el punto anterior es importantísimo. Si pudiese te lo explicaría pero, aunque no sepas porque, tenés que hacerme caso.
Cuarto, una vez que tengas el gran chancho, vas a tener que venir en un año por esta misma esquina y entonces vamos a hacer grandes negocios. Alimentaremos infinitos chanchos para llenarnos de dinero.
Por ultimó y más importante de todo –perdón no eran tres?- no me interrumpas gruño el barbudo. Quinto y más importante, las ganancias producidas por el invento serán usadas con fines revolucionarios. Esto me permitirá conseguir la base material y los contactos para organizar mi campaña electoral en nueve años. En ese momento alimentaremos un millón de chanchos y ya no habrá hambre. Encontraremos la manera de aplicar mi invento a las plantas y a todo lo que sirva de alimento y así crearemos un mundo nuevo y mejor. Más azul. Un mundo de gente gorda. En ese momento el barbudo llamó a Ricardo como para decirle un secreto, Ricardo se inclinó, en voz baja y con una mano en su oído le susurró –lo veo en un año en esta misma esquina- Y paso seguido le entregó la pelotita. Ricardo guardó el tesoro, le ofreció otro cigarrillo, sacó uno para él, prendió los dos y se fue.
Pasando por esa misma esquina, exactamente un año después, pensó en como cambian las cosas. Un año atrás estaba de muy buen humor por solamente un negocio, esta vez estaba de muy mal humor solamente por un negocio. Pesaba en que era muy ridículo eso de los cambios de humor, pero no solo en eso pensaba. La historia de aquel barbudo le había vuelto a la memoria como de casualidad, y justo en aquella esquina y justo un año después. Trató de hacer memoria y recordó que no había hecho caso a aquel tipo tan simpático. Recordó que se había olvidado completamente de la pelotita azul, que la había dejado en su bolsillo como un mes entero sin notarlo y recordó que un día, cuando volvió a ponerse el saco que uso aquel día, por casualidad, metió la mano en el bolsillo. También por casualidad estaba justo frente al chancho y también por casualidad justo había olvidado el consejo del barbudo. Fue entonces, así porque si, que le tiró la pelotita naranja entera a ricardito. La devoró con mucho entusiasmo.
Ricardo Singusto pensaba que no creía en las casualidades, pensaba en que alguna cuestión había detrás de que, en aquel día que estaba de tan buen humor por un negocio había sido castigado por banal. Como una burla absurda esa pelota azul se le había cruzado para, un año después, en la misma esquina, frente a su mal humor, recordarle que su chancho estaba flaco y los tulipanes no crecían. Justo que se lo había prometido a un cliente muy importante. Ricardo iba a cerrar un muy negocio con este tipo. La reunión arrancó mal desde el principio. El cliente, como apropósito, empezó la charla preguntándole a Ricardo si recordaba que le había prometido un chancho muy gordo. Ricardo tuvo que explicarle que tenía su chancho pero que estaba flaco, el tipo pareció tomar esto como un insulto y a partir de ese momento todo en la reunión salió mal. Flotaban explicaciones delirantes sobre relaciones imposibles, pero el no creía en las casualidades y esa bolita azul seguramente tenía la culpa de todo.
Así estaba Ricardo, mascando bronca. Cuando por casualidad, como llegando tarde apareció el barbudo. Ricardo lo reconoció en seguida, fue la materialización de su memoria, pero no entraba en si cuando lo vio llegar todo agitado. Como si hubiese venido corriendo. El barbudo, sin siquiera saludar, se paró en frente de Ricardo, puso sus dos manos en sus rodillas y tomó un poco de aire. Ricardo lo miraba desbordado por el asombro. Recuperó el aliento de a poco, se incorporó y miro a Ricardo a los ojos para decirle -¿Y? ¿Como va nuestro chancho?-
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