lunes, 30 de junio de 2008

Dos


Ricardo Singusto era hombre austero, no había forma de hacerlo contraer algún tipo de deuda. Si bien estaba acostumbrado a vivir al día se las arreglaba con lo que tenía sin mayores problemas. La deuda era, en cierta forma, responsabilidad de Regina Aceituna.


Este hermoso personaje era la mujer de Ricardo, su compañera, su amante, su esposa, su enemigo, la verruga del vecino, su enfermedad y también el cura. Ricardo ya no tenía amigos o parientes, pero no se cansaba de repetirle a Regina que mientras la tuviese a ella lo tenía todo. Aunque parezca improbable la deuda apareció el mismo día en que Ricardo y Regina se conocieron, a causa de un incidente que para muchos sería muy penoso, pero no para Ricardo. Claro, a la luz de los hechos las penas fueron consecuencia de aquel hecho, y en última instancia Ricardo terminó arrepintiéndose. Pero debe ser aclarado que el arrepentimiento no fue por culpa o remordimiento sino por esa sensación en los tobillos que aparecen en todos los tragos difíciles de la vida. Esa irremediable imagen de que todo podría haberse evitado, que podría haber sido de otro modo. Pero claro, las cosas son lo que son y Ricardo sabía perfectamente que no tenía sentido lamentarse sobre el pasado. Constantemente se lo escuchaba repetir una de sus frases de cabecera a Regina cuando se ahogaba en un vaso de agua –un problema, si no tiene solución, no es un problema.

La historia de la deuda empieza así. Auque siempre muy correcto y educado Ricardo Singusto tenía una debilidad muy especial, no le gustaba decir la verdad. Como estaba bastante inspirado en todos estos temas de las conversaciones podía sostener prácticamente cualquier posición, y acto seguido lo contrario, sin entrar en contradicción. Esto por supuesto desde lo que el pensaba de si mismo, ya que los que alguna vez llegaron a conocerlo sabían de antemano que, en cuanto habría la boca, se podían esperar las mayores barbaridades sin ningún propósito. Esto a veces divertía muchos, claro que a veces los hartaba demasiado. Todo dependía de la humedad.

Pero había gente que no entendía su sentido del humor, y muchas veces estas personas eran el blanco favorito para los humorismos de Ricardo. Por eso la historia empieza en un supermercado. Ricardo tenía por entrenamiento entrar en los supermercados y llevarse un souvenir. En su más lejana infancia había logrado una basta colección de perfumes baratos de la cual estaba muy orgulloso. Ricardo jamás uso perfumes. Ya más grandecito gustaba llevarse y no pagar algunas cosas para su estomago. Pero una vez, en un intento por hacer milanesas a la napolitana, el detector de ladrones hizo un inesperado pipipipip frente al queso mantecoso que Ricardo tenía en su manga.

Ricardo, cuando cuenta esta historia, suele recordar que ese día estaba vestido de una forma poco práctica. Tenía todos los pelos despeinados, la barba larga y desprolija, las zapatillas muy rotas y, por supuesto, su hermosa campera de bolsillos grandes. Por lo general tomaba los objetos que quería comprar y, mientras lo hacia, elegía alguna cosita que le gustase y se la guardaba en el bolsillo. Por algún motivo en especial (Ricardo pensaría que todo este asunto se debió a este pequeño detalle) ese día no eligió el bolsillo sino la manga. Usted dirá ¿y? pero este es un dato de suma importancia. Cuando el aparatito sonó Ricardo se sintió muy aliviado de no tener el queso en los bolsillos (lugar en donde revisarían primero) así que se hizo el desentendido y empezó una actuación que solo logró magnificar todo el asunto. Cuando el señor de seguridad fue a revisarlo Ricardo se desabrocho la campera y dio una media vuelta muy elegante trasluciendo toda su impunidad. El señor en cuestión lo revisó como tres veces sin encontrar nada. Pero claro, estaba el hecho de que el casa ladrones hacia en cada vez pipipipip, cosa que no convencía al señor de seguridad. Esta historia termina con un exceso de confianza. Como dando una vuelta triunfal Ricardo giró sobre su propio eje con los brazos extendidos, el señor de seguridad ya estaba por dejarlo ir, pero ese pequeño incidente… sin quererlo el brazo de Ricardo se metió dentro de la esfera de influencia del aparatito del pipipipip.

El señor lo miró, Ricardo miró al señor, el señor palpó el brazo de Ricardo, encontró un bulto y preguntó ¿y esto qué es? Ricardo no tuvo mejor idea que imitar a un mago sacando a un conejo de la galera. Personificando su nariz le contesto ¡un quesito! mientras metía su otra mano en la manga y sacaba el por salud. De más esta decir que el seguridad, casi convencido de la inocencia de Ricardo, la cajera, que a veces lo miraba entre las piernas (Ricardo era cliente de aquel supermercado) y todas las señoras de la fila pusieron esas caras de indignación en las que las cejas se juntan con la pera.

El incidente no pasó a mayores. Más allá de las cuadras que Ricardo tendría que caminar de más a otro supermercado (en este ya tenía la entrada prohibida según palabras del seguridad) no hubo otras consecuencias. El hecho fue que Ricardo había olido en aquel momento la posibilidad de hacer una gran broma. Existe una pequeña cajita de madera que encierra muy bien apiladas las buenas costumbres y el buen gusto. Existe otra cajita, que no es de madera, en la que se guardan todas las cosas de mal gusto y que están mal. Por muchos años Ricardo había buscado el humorismo perfecto, ese que estuviese por fuera de las dos cajitas. O en las dos. Ese sublime momento sería producto de una situación extraordinaria en la que, a pesar de que la misma lluvia cayese de abajo para arriba, él sabría reconocer un instante que, por sí solo, sería suficiente para demoler todos los edificios, casas y montañas del mundo y construir sobre sus ruinas una hermosa fuente.

El día de la broma conoció a Regina.

Para la ocasión Ricardo Singusto se había cortado el pelo, afeitado y puesto camisa, corbata y zapatos. Salvando el hecho de un minúsculo agujerito que había en su zapato Ricardo estaba hecho un señor. Irreconocible, en otras palabras.

Con mucha tranquilidad entró al supermercado y, al ver que nadie decía nada, se puso a trabajar. Ricardo tenía todo planeado, no tenía dinero, no tenía cosas de valor y sabía que, más que un par de días en la cárcel por vandalismo, no podían hacerle nada. No había calculado que las cosas podrían salirse de control por culpa de Regina.

Se dirigió directamente a la sección de vinos importados y, uno por uno, seleccionó a vista los vinos más caros para romperlos contra el piso. En su mente el había previsto que, hasta que el seguridad se lo viese, (la sección de vinos estaba muy lejos de la caja) tendría tiempo suficiente para despacharse con las mejores cosechas de la casa. Pero como todos los tiempos transcurrieron demasiado rápido optó, sobre la marcha, por modificar parcialmente su plan. En otras palabras empezó a tirar todos los vinos que tenía al alcance de la mano.

Creo, por la cara del seguridad, que comprendió todo, inclusive la identidad del vándalo, en una sola ráfaga de olor a vino tiento. Esta hipótesis fue rápidamente contrastada cuando el tipo éste, asombrado, gritó ¡pero que hijo de puta! es el del queso-

Mientras el seguridad permanecía perplejo Ricardo seguía tirando vinos sin siquiera prestarle atención. Cuando se le acercó gritándole que era pelotudo y que ahora si que te pasaste, Ricardo Singusto, en una actitud que lo embistió de una honabirilidad memorable, se dio vuelta hasta estar de frente al seguridad. Miró la mano que estaba apretando su brazo con la clara intención de evitar que siguiese rompiendo cosas y le dijo, muy suelto de cuerpo –no me toque, tengo inmunidad diplomática-

Por supuesto que el momento de desconcierto propició un sólo segundo de desatención, en una sola ambigüedad Ricardo lo aprovecho y se soltó el brazo derecho para tirar otro vino. Uno barato por lástima, de haber sido más caro el momento hubiese sido perfecto.

De ahí en adelante las cosas se tornaron más violentas. El seguridad que forcejea con Ricardo, este que aduce inmunidad, el otro que le dice que le importa muy poco si es diplomático o rey del congo, Ricardo que le dice que el congo no tiene rey, el otro que se enoja y ahí, en un momento muy parecido al de la caída de la torre de babel, surgió un amor interminable, gigante. Realmente fue sólo en una mirada que Ricardo comprendió que esa mujer que le estaba partiendo un botellazo en la cabeza al seguridad, esa que después lo tomó del brazo (no sin antes llevarse un vino en la cartera) y lo obligó a salir corriendo del lugar, que esa preciosa morocha de ojos ámbar era la mujer para el resto de su vida.

No voy a entretener al lector con los pormenores de la cogida que tuvo lugar en el departamento de Ricardo, ni como aquel vino robado sirvió de desayuno a la pareja, ni mucho menos voy a entretenerlo con todos esos detalles escabrosos que siguieron. Léase prisión preventiva, cargos por lesiones y vandalismo, juicios, abogados, y una suma por la liberación de los enamorados que, si no fuese por el padre de Regina, Ricardo no hubiese podido pagar ni vendiendo su cuerpo a alguna sesentona. Lo que si voy a contarles es otra cosa.. Ricardo, al entrar en su departamento, creyó que había conseguido dar un golpe magistral. Creyó que la aparición de Regina convertía a aquella broma en una anécdota inmortal y creyó, sobre todo este punto lo ponía muy contento, que todo quedaría impune.

Lo que no pudo siquiera considerar fue que, dado que era del barrio, lo encontrarían al día siguiente.

Por todo lo demás un párrafo para el señor Aceituna, gran benefactor de la pareja y desde ese momento persona de la más profunda amistad para Ricardo. Digo esto porque no sólo consiguió liberar a los dos de la cárcel y les consiguió el mejor abogado que el dinero pudiese comprar. Claro que el señor Aceituna era un hombre muy centrado que tenía un profundo amor por su hija, más allá de sus continuas barbaridades. Así que, presto a facilitarles el camino para conseguir el dinero necesario y para ver si la vida de campo apaciguaba los ánimos de la pareja, les cedió un campo para que cosechasen maíz y criasen animales en las afueras de la provincia de Buenos Aires.

Aquel diez de enero, cuando Ricardo se cruzó al barbudo, venía precisamente de dar la última parte del dinero al señor Aceituna. Él no dejó de felicitarlo por los buenos rendimientos que estaba dejando la granja y, como ya se le había hecho costumbre, entre trago y trago de vino, le recordó que ya estaba en edad de ser abuelo.

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