jueves, 31 de julio de 2008

Tres


La revelación fue vital. El arroz tiene un ciclo que en una función se representaría como parábola. Puede dibujarse como una línea que desde los valores de Y que tienden al infinito se acercan, mas nunca llegan, al cero de X hasta descender a valores muy bajos de Y que, en un punto dado de X, llega a su mínimo y, desde ese lugar, comienza a elevar los valores de Y acercándose y nunca alcanzando el máximo imposible de X.

El arroz tiene una existencia con forma de parábola. Salvo por una pequeña diferencia. Mientras que toda parábola posee un principio irrastreable el valor inicial de la parábola del arroz esta determinado.

El arroz comienza existiendo con un punto de dureza determinado. Supongamos que tenemos el eje Y que expresa los valores de dureza y el eje X que expresa los valores de calor que el arroz es capaz de absorber sin modificarse como arroz. Partiendo de un valor altísimo en Y en los valores que tiendan al cero en X el arroz esta en su punto natural, es decir duro. Si retrocedemos en los valores de X menores a cero, es decir le damos frío al arroz, podremos lograr un punto de dureza mayor, pero este congelamiento del arroz tiene un límite, el arroz se endurece hasta el hielo, pero no más que eso.

Cuando empezamos a suministrarle calor al arroz avanzando en los valores de X podemos notar que el arroz se ablanda, es decir, que cede en su dureza. Con este ablandamiento descienden los niveles de Y provocando una curva descendente en el gráfico. Esta curva sigue descendiendo hasta que el arroz llega a su punto de perfección, es decir cuando esta listo, o realizado si se quiere. En este punto, que en la función representa el punto de inflexión de la curva, el arroz esta listo para ser comido.

Pero si el suministro de calor es sostenido avanzando en los valores de X el arroz se pasa, y con eso se endurece un poco más cada vez aumentando los valores de Y con la consecuente producción de la parábola por el ascenso de la curva en el grafico de la función.

Encontrar el punto justo del arroz es una tarea titánica. La clave del problema es que uno nunca puede ubicar exactamente el valor que le corresponde en el eje X al arroz que esta por cocinar, por lo que la cantidad de calor al que debe exponerse el arroz es siempre diferente. No existe una forma determinada de medir el tiempo para la cocción del arroz, se suele caer en simplismos, pero el arroz y el calor tienen una relación muy particular. El calor a veces no esta muy de acuerdo con el cocinero de turno en lo que sería ese punto mínimo en la parábola y se brinda exhaustivamente al arroz para conseguir que éste pueda salir de su dureza. Pero a veces lo que para el calor es un valor digerible no coincide con el punto mínimo de la parábola, y el calor a veces no entra en razón y el arroz que se enoja por que después todos lo comen duro y a veces la discusión nunca termina.

La cuestión central es que se pierde la cabeza por el punto justo de cocción del arroz, aquellos que dedicamos nuestras vidas a conseguir comer un buen arroz nos gusta que todo salga perfecto, pero no siempre esto se consigue. Al primer intento fallido se genera un importante estado de insatisfacción. Al segundo intento fallido se produce un grosero aumento del desconcierto. Al tercer intento fallido, sobre todo al hacer entrar en el juego la variable del hambre y la del arroz que sale cada vez mas duro, se puede perder la cabeza.

Por la calle había mucha gente que intentaba comer arroz como es debido, en el punto de menor valor de su parábola, pero debo entender que este punto se escapó a muchas personas. Las cabezas estaban rebotando por todos lados y los cuerpos perseguían sus cabezas sin mucha suerte en tres o cuatro esquinas. La escena fue bastante caótica, el cuerpo corriendo sin un rumbo muy propicio, la cabeza rebotando, otras cabezas que también rebotaban, otros cuerpos en la misma tarea y una señora que me chocó casualmente un hombro produciendo un impacto para que su cabeza se caiga. El cuerpo de esta pobre señora quedo desorbitado dando vueltas respetando la inercia del golpe, la cabeza se fue alejando de donde nos encontrábamos a los insultos limpios hasta que, en un momento olvidado por las cantantes, rebotó contra un poste de luz y fue a dar a las manos de una niña de pocos años que gritó horrorizada.

Todo fue bastante caótico. A la gente le gusta mucho el arroz y el calor que no deja de mostrarse hostil con la gente.

No tuve otra opción, salí corriendo del lugar buscando gente con cabezas en los hombros, buscando gente con otros hábitos alimenticios. No hubo caso. A medida que mi presencia iba apareciendo en su rango visual el desprendimiento se producía automáticamente. Llegué a pensar que no era por el arroz sino por mi culpa que todos esos cuerpos estaban desorbitados por las calles.

Fui a mi casa, puse la olla al fuego, deje hervir el agua y suministré matemáticamente el calor necesario al arroz. Cuando por fin estuvo listo me di cuanta que también a mi me había quedado un poco duro. Tiré el arroz y volví a hacer el intento, calculé el valor de dureza del arroz anterior, disminuí el tiempo de exposición de la nueva muestra lo necesario para ajustar el error y esta vez el arroz quedó mucho más duro que antes.

Tuve un miedo atroz. Si intentaba una vez más cocinar el arroz y no encontraba el punto de menor valor de la parábola también mi cabeza se caería. Medité la cuestión por un periodo que no recuerdo de tiempo, era innegable que perder mi cabeza me liberaría de las culpas por las cabezas que estaban rebotando por la calle, sería justo reconocer que perder mi propia cabeza por tres intentos fallidos de cocinar arroz validaría mi enunciaciones, pero por otra parte podía ser que el error suceda una vez más, podía ser que mi cabeza no se caiga, podía ser que supiese que la gente pierde su cabeza por culpa de mi presencia y eso sería un descubrimiento espantoso. La disyuntiva era interminable, pero la duda debía ser resuelta.

Sin rastros de pulso puse a llenar la olla por tercera vez. Vacié el paquete de arroz una vez que el agua hirvió, la revisión del cálculo había sido exhaustiva, no podía haberse omitido ningún detalle, sabia cuando sacar exactamente el arroz. El experimento solo tendría validez si reconstruía las circunstancias iniciales, si trataba verdaderamente de encontrar ese punto en la parábola.

Cuando probé los resultados sentí que el mundo se derretiría en un segundo. Fue como perder por completo el equilibrio. El arroz estaba duro pero mi cabeza seguía en su lugar. Mis consideraciones habían fallado y peor aun, había confirmado que no podía salir más a la calle. Ya no podría permitirme entrar en contacto con ninguna otra persona que quisiese seguir con su cabeza pegada a su cuerpo.

La tragedia estaba consumada, con la mayor de las desesperaciones cerré todas las ventanas, trabe las puertas y decidí mi encierro indeterminado.

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