jueves, 31 de julio de 2008

Cuatro


Realmente estoy muy cansado. A veces pienso que si no estuviese agotado todo el tiempo escribiría una historia universal de algo, importante y enorme, gigante y redonda. Pero hoy es imposible. Ayer y mañana será lo mismo.

Por mi cabeza la imagen pasa rápido, después me siento y quiero escribirla, pero la historia ya no esta, se fue. Me digo a mi mismo que no importa, trato de escribirla igual y lo que resulta nunca es la historia que yo quería.

Ahora por ejemplo, yo quería escribir la historia de la geometría Es importantísima. Me encantaría contar que a un egipcio un día se le apareció un hombre que vivía abajo del mar y era mitad pez. Y también me pongo un poco triste. Que hermosa sería la historia universal de los tratados sobre barcos o la historia universal de la papa. Escribiría libros enormes, libros de dos mil y tres mil hojas, libros que empezarían en épocas muy remotas y libros que supieran usar correctamente una máquina para doblar cartón. Pero realmente estoy hoy, y eso ya es demasiado.

Dicen que la geometría surge de la esfera y esa mitad y la otra presentaron un día en sueños a un mago de algún rey, emperador, sultán o presidente egipcio para decirle que allí estaban contenidas todas las figuras posibles. Me gustaría contarles que en ese mismo sueño el mitad hombre y la mitad pez explicaba al mago que dormía sobre clavos que si cortaba a la mitad la esfera y la aplanaba podía obtener un círculo. De ese circulo un cuadrado y un triangulo. Sería esta una historia irrepetible, aunque los egipcios inventaran muchas veces la manteca pero una sola vez la geometría. Si otra fuese mi situación, si otro fuese mi ánimo, escribiría sobre la manteca. Y cundo tocase hablar de los egipcios escribiría un capítulo interminable que tendría que estar en cuatro volúmenes de diez mil hojas cada uno. Dedicaría el capítulo cincuenta y siete para explicar como se inventó la geometría y como el mago fue al faraón para hablarle de un sueño y sus mitades. También hubiese contado, en ese mismo capítulo, como el emperador egipcio le mando a cortar la cabeza al mago para sacar de su interior al hombre pez. Pero no puedo, hoy esa tarea inmortal deberá esperar, el mundo deberá esperar que se derrita la manteca.

Y también estoy muy triste porque es siempre lo mismo y lo diferente y lo mismo. Es siempre el sillón de mi casa y lo que se cruza. La historia sobre el faraón que decidió ser emperador pero no pudo porque un mago se escapó del calabozo el día antes de su muerte para hacer una revolución. Y se me cruzan siete historias universales distintas sobre diccionarios y mapas, pero cuando me siento pasa lo mismo para repetirse. Y no voy a parar hasta escribir veinte mil o cincuenta mil hojas sobre la historia universal de los juegos de mesa. La tragedia es que en cuanto empiezo la historia termina siendo otra.

En realidad no quería escribir sobre un cuento que no puede nacer, prefería a un mago y la carpintería y cincuenta mil hojas que tienen que esperar. Y eso te pone triste y hace que las historias sobre las historias tengan que ser en realidad sobre cuentos que son anteriores al que los escribe. Viajaban desde vacíos muy lejanos. Todo hasta ese día en el que esperado al momento en que encuentran a ese en el sillón de su casa dejándose entrar por la ventana como un soplo para, otro momento, resignarlo. Se produce una transmutación que es presentada como nacimiento y conocida como escritura. Pero el cuento ya estaba escrito. Su principio y final son anteriores, pretenden lo que no pueden lograr. Pero tengo que hacerlo. Y es una obligación con el mago egipcio que descubrió que en el círculo están comprendidas todas las figuras posibles, y la esfera que puede contener todos los círculos en su interior sin dejar de ser una esfera. Siempre que creo en la posibilidad de una historia universal interminable, en todos esos siempre que son los mismos el cuento me sopla, me hace sentir triste, me hace sentir cansado y pierdo las medias y las ganas de escribir sobre la imagen que tenía en el sillón de mi casa.

Una caricia en la oreja, es el lóbulo el que me avisa. Y el cuento que siempre vuelve a soplar. No importa, se que estás cansado pero escribí igual, auque no puedas. Hasta que todo termina en un convencimiento hipnótico. Aunque no pueda creerme me dejo engañar imaginando que entra por la ventana y lo que resulta, evidentemente, nunca es la muerte esperando en el sillón de mi casa. La culpa es del cuento que existió solo para torturarme.

¿Porqué contarle al lector que el cuento ya estaba ahí? Mi imagen era la de un faraón egipcio que quiso ser sultán, una historia universal de las historias universales, pero en ese maravilloso acto que es leer/escribir se muestran las diferencias, coincidencias imposibles y, por casualidad, el cuento que ya estaba escrito aparece para inventar la magia. Y la imagen si era mía, puramente mía, pero sentarme a escribirlo es dejarlo escapar. Mis cuentos no son mis imágenes. Sopla y cansa. Siempre.

Por suerte estoy muy triste y cansado. Es que nunca puedo y es imposible. Una historia universal de las historias universales donde se hable sobre mapas y barcos. Mantecas y juegos de mesa. Sería un libro que, en su último capítulo, contaría sobre la historia de lo universal un capítulo interminable que cuente sobre el mismo libro en que esta contenido. Tendría que contar lo que lo excede, su corteza exterior, el borde del límite de un cordón. Todo esto para llegar a terminar lo interminable, para que el libro empezase otra vez y se repitiese a sí mismo infinitas veces. Yo quería escribir cincuenta mil páginas, dieciocho volúmenes señor lector, créame, sería increíble. Y por supuesto sería un círculo contenido en una esfera que alguna vez un pez y un hombre le mostraron a un mago egipcio.

Pero hoy, por suerte, estoy muy cansado. Entonces lo que escribo no es lo que quería escribir, es otra cosa. Algo que viene del viento en mi oreja, un soplo de un cuento que estoy seguro, cuando lo lea, no será como el que yo quería escribir.

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