
Rastrear los principios de una búsqueda siempre es complicado, pero creo que todo empezó con una irrealidad. Nunca logré saber si las voces eran efectivamente, aunque se escuchaban como un murmullo inconstante, distante, casi en voz baja. Tenían una presencia entre contundente y delirante. La naturaleza de su existencia fue cambiando según mi conveniencia y así todo fue mutando, muestra tambaleante de lo importante que es saber volver corriendo a casa.
Todo mundo quiere paz, buscan en algún momento de su vida un espacio de tranquilidad, de silencio si se quiere, en mi caso lo que cuento cambia la literalidad de la frase transformando su densidad. Cada texto a mi alrededor, individuos iguales a los que por mucho tiempo pude ignorar, odiar, alagar, admirar, por los cuales sentí asco y sed, alegría y sueño, cada uno de ellos y de ellas, diferentes entre si pero iguales en lo que para mi representaban. Una pesadilla por sonido.
Arto de las referencias externas, de tener que definirme por figuras ajenas a mi propio circo de imágenes quise eximirme de todas las distancias. En ninguna persona veía mucho más de lo que a mi me interesaba, los analizaba, veía que podía obtenerse de ellos y todo para terminar. Fue siempre todo igual.
Ignorar las referencias externas es obligarnos y negar, es la capacidad de juicio, es negarnos para aceptar. Al conocer jerarquizamos, para identificar idolatramos o aborrecemos, negarse a enjuiciar es asumir que las realidades de los demás textos ya no van a ser aquello por los que uno y otro validen su propia identidad. Cuando uno quiere decir quien o que es válido hay que negar las formas y las figuras, que no son lo mismo, para que el juicio rechace y se sorprenda, como cuando no se conocían, en categorías familiares, aprendiendo de quien o de aquello, de lo que tiene algo que decir, que escucha o ignora.
Pero cuando todo eso no esta, cuando aparece la negación total de la otredad la identidad propia pierde sus valiosos bastiones de referencia. Quieran o no la significación de la identidad es referencial, y la construcción de los ámbitos de referencia se constituye a través del enjuiciamiento al exterior.
Frente a la necesidad de una identidad consideramos cualquier perspectiva, opuesta o no, como falsa, pues la afirmación de la validez implica la negación de todo lo que niega, de los principios sobre los que este y esto y aquello se desarrolla. El activismo de la lectura-escritura se realiza frente a lo que este fijado como correcto. La desidia lo no afecta, y así sucesivamente. Cuando la identidad pierde esos soportes externos, esas referencias identitarias, cada humanidad externa al propio ser deja de ser.
De una forma de validación de la propia identidad se pasa a un cuestionamiento.
La otredad deja de ser un soporte para transformarse en público ausente, quien que no existe como presencia, en pura ficción.
Más o menos mal o más o menos bien todos aprendemos desde chicos a definir nuestros referentes de pertenencia, sin ellos una persona que se cruza un día cualquiera a la tarde ya no tendría nada que decir. Miramos a una mujer, y porque es bella aparece allí, y en ese mismo acto afirmamos nuestro propio criterio de lo que la belleza es, lo existimos recordándolo. Compramos un disco o leemos un libro y en ese mismo acto validamos nuestros criterios literarios o musicales. Las elecciones en su conjunto son una violencia constante a nuestra identidad. Las acciones mismas conservan un sentido mentado por una decisión que tiene siempre, como fin último, validar nuestra propia identidad inválida.
Ante la falta de dialogo las palabras brotan desde una dirección única, desde un sólo lado, y el dialogo es y parece y desaparece como una especie de monólogo entre uno y su propia existencia abstracta.
Todos siempre dicen algo, yo use todos los elementos a mi alcance para evitarlo. Fue imposible. Cualquier cruzarse con alguien, ya sea por diez minutos o por diez horas, al imponerme la necesidad de no reverenciarme, se volvía contra mi y contra el mundo para matarlo. Me negué a validarme, y con el silencio impuesto a mí mirada el sonido apareció por lugares que no pude callar. Ese fue el principio de las voces. Nunca hubo personas inventadas, creo. Pero sobre cada persona más o menos real había una voz que aparecía como por una hendija muy muy chica. Por cada persona había una imagen guardada en la memoria, un posible desmoronamiento en cada sonido nuevo Esas voces fueron cada vez más frecuentes, acelerando hasta que casi fue imposible compartir algo, o alguien. Inclusive las tareas más cotidianas eran imposibles. En cada palabra que surgía estaba compensando, estaba creando una ficción que reemplazaba la imaginaria ficción del ser. Las voces escuchadas suplantaron los puntos de referencia de la identidad, pero como me conocían más de lo que yo mismo me conocía su crítica fue contundente. Fue el halago ególatra de un casi muerto.
El aislamiento se hizo estrictamente necesario, insanamente innecesario. Me mantuve en una habitación, en uno de esos lugares en lo que había exactamente algo apropiado. Y me decidí a depurar, a enfrentar todas aquellas cosas que estaba proyectando en esos eventuales silbidos de la tarde, en mis conocidos zapatos, en todos lados. Y todo esto para ver que era lo que realmente tenía para decirme. Cuando pude me abrace a la idea de escuchar hasta la última palabra.
Por supuesto que en el fondo siempre existió un profundo desgarro, pero llegó un momento que me atravesó toda, y no tuve más remedio que asumirlo. Decidí ver que era lo que pasaba.
Las consecuencias de enfrentar nuestras sombras nunca son calculadas, de hecho se escapan a nuestra capacidad de predicción precisamente porque su naturaleza permanece siempre oculta a nuestro mirar. Enfrentarse es necesario, o nos sumergimos en ellas o la oscuridad se expande y nos absorbe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario