
El problema central de la cuestión es el tiempo y esta muy mal considerado últimamente. Desde hace aproximadamente mucho tiempo, para ser exactos, que se extinguió la última cultura subconocida que lo adoraba, desde esa época todo ha sido para peor. No contentos con semejante herejía los físicos se han encarajinado en suponer que existe una dimensión del espacio que sobre determina a la del tiempo. Esto seria así, el tiempo no es más que la continuidad del movimiento. La continuidad en el movimiento posee dos tangencialidades diferentes. En primer lugar hace suponer el espacio, entre movimientos lo que transcurre es el espacio que se configuró como distancia entre aquello que ha sucedido. Pero la tangente temporal también es el producto del moviendo ya que la distancia que surge de aquellos puntos A y B es la del espacio que los separa y la de los momentos necesarios para que aquello sea capaz de acontecer. El tiempo cedió su lugar como dios de la creación, y hace tiempo que estamos en una sociedad dominada por el espacio. Además, por supuesto, esta nuestra amada cultura occidental que ha llegado a autodenominarse espacistica. El tiempo, degradado a que se lo considerase la distancia que separa los sucesos espaciales y segunda tangente del movimiento, cansado de todo esto se ha perdido, nos ha quitado irrecuperablemente su gracia y aquellas fascinantes historias que había contado a todos aquellos que se negaban a pronunciarlo. Dentro de la adoración al tiempo se encuentran relatos con todas las épocas del hombre y de la mujer a disposición, y si se logra alcanzar un alto nivel de oración se puede también bucear en el conocimiento del subespacio que las separa.
En los cuentos del tiempo lo que podía suceder estaba presente en una dimensión actual, y aquella dimensión estaba recluida en un ahora mismo inmutable eternamente que se iba acumulando por orden risomático. Terminada la enumeración imposible las realidades llegaron a ser un número de dimensiones tales que superaba las perspectivas de cualquier mortal. Los ahora mismo estaban apilados en la desordenada habitación del tiempo, llena de bufandas de todo tipo y por cierto también esa colección de momentos que quedaron petrificados. Por eso todos los momento se congelaban en ahora mismo y las distintas personitas inmersas en la creación literaria eran presas de un aquí y ahora y después de otro, y seguían de uno a otro alternativamente, y a veces los momentos se divertían pasando a un orden de juego distinto, y algunos lo notaban, y la gente se divertía, y a veces podía ser ayer, y otras mañana, pero siempre en un ahora interminable, que permanecía presente indefinidamente, o hasta que las reglas del juego cambiasen a intervalos cortos de un ahora más largo. Todo eso se terminó.
Hubo un momento espacial en el que todo cambió, todo fue en tres dimensiones y el tiempo tuvo que reconsiderar su divertimento, todo fue un poco más triste. Se convirtió todo en una unilinealidad con ayeres y ahoras que nuca dejaron de seguir las reglas del más estricto y tacaño espacio. La vida fue decayendo en rutina, y todo se transformó en algo que nuca sería más que antes, o hace un rato. Para siempre la capacidad de decir ahora, de estar ahora, de presenciar el ahora hasta que uno pudiese cansarse y tomarse un te, se escondió. Todo instante logró la velocidad hasta que ya no se pudo. Se perdió para siempre la capacidad de ahora y para siempre todo fue ayer.
Hace tiempo que creo en el tiempo. Hay algunas apreciaciones apresuradas que consideran que el tiempo es un de lugar. Consideran al tiempo una presencia y eso es cierto, pero lo hacen como si su existencia fuera por fuera de un mundo que puede ser real. Como si existiese un devenir prefijado en el tiempo que todo lo sabe.
Hace tiempo que creo en el tiempo. Hay algunas apreciaciones apresuradas que consideran que el tiempo es un de lugar. Consideran al tiempo una presencia y eso es cierto, pero lo hacen como si su existencia fuera por fuera de un mundo que puede ser real. Como si existiese un devenir prefijado en el tiempo que todo lo sabe.
Todo aquello que todavía no es pero que es en potencia es el tiempo. En la dimensión temporal todo puede devenir. La concepción del ser tiempo deviene entonces de la comprensión de la realidad y de la existencia de lo real. El tiempo es aquel que permite la existencia de las cosas, o mejor dicho es gracias al tiempo que las cosas pueden realizarse como seres. Desde la cosa al ser hay un espacio de distancia, pero ese espacio es temporal.
En presencia de una banana, no se me ocurrió un elemento más fálico, el objeto fruta termina siendo postre, pero no es el tiempo el que contiene el desenlace del objeto sino por el contrario, en la realización de la potencialidad del objeto fruta es que el tiempo permite ser al objeto. La condición de postre del objeto banana no estaba prefijada temporalmente sino que es a través de la realización de la potencialidad de los objetos que el tiempo se realiza como ser por la energía que libera la banana al realizarse como postre. El tiempo permite al objeto ser, solo en el tiempo es posible el ser, solo en el tiempo el objeto puede realizarse, actualizar sus potencias.
Cuando se habla de destino, por el contrario, de lo que se esta hablando es de una existencia temporal normalizada. El tiempo existe en si mismo, y la realidad futura es aquella que esta en otros tiempos, no reales ahora, pero si reales en otros ahoras que vendrán luego o que ya pasaron. Desde este tipo de razonamientos es que se logra edificar una lógica lineal de la realidad. La realidad ya existe, es una, y es aquella que vendrá, aquella que el tiempo alberga en sus misterios. Si logramos recuperar al tiempo como un ser y no como un destino podremos entender de que manera los objetos mismos contienen en si mismos el devenir de lo real, su realización es la que posibilita la existencia misma.
En la dimensión del tiempo se juegan espacios de realización, no espacios de movimiento. En tiempo las distancias son las diferencias expresivas del objeto. Esa función actualizadora sólo puede ser recuperada con un tiempo que circularmente contenga un constante volver a su ahora.Es por esto que es una falacia la existencia de “tiempos”. Lo que se considera pasados o futuros no son más que irrealidades. Existe solamente un tiempo. Este tiempo es el presente, y en este presente están contenidos todos los ahoras posibles ya que el ser tiempo se constituye a partir de la realización de los objetos, y para esto no es necesaria una acción espacial. Si consideramos que la banana solo puede realizarse como postre a través del movimiento espacial por supuesto que caeremos en la incoherencia de suponer que existió un pasado banana y existirá un futuro postre. Pero si liberamos a la banana del espacio su realización como postre estará sujeta a una acción temporal, a una realización que se expresará en un presente eterno, un presente en el que la banana será siempre banana, y también será siempre postre y por supuesto será también siempre con dulce de leche. Las distintas realidades de la banana, como objeto, como ser, como otros seres, como todas sus potencias a la vez no pueden ser comprendidas desde una comprensión lineal del tiempo, desde un tiempo que ya existe. Pero si el tiempo existe por la acción misma de la realización de los objetos el tiempo existe constantemente, y no sólo eso, sino que el tiempo existe mas allá del espacio y mas allá del movimiento. El tiempo ya no se constituye como lo que paso o como lo que vendrá sino como todo aquello que puede ser. El ser de las cosas es lo que determina la existencia del tiempo como ser.
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