
Tengo muchas ganas de llorar. En realidad tengo muchas ganas de tener muchas ganas de llorar. Tengo muchas ganas de vivir y otras vez lo que en realidad tengo son ganas de tener muchas ganas de vivir.
Desde afuera las prácticas pueden interpretarse, desde adentro el sentido que se da a las acciones puede ser infinito. Entre el adentro y el afuera hay una distancia que debe ser recorrida.
Desde afuera las prácticas pueden interpretarse, desde adentro el sentido que se da a las acciones puede ser infinito. Entre el adentro y el afuera hay una distancia que debe ser recorrida.
Cuando una acción cualquiera se presenta existe la necesidad de entenderla. Frente a los innumerables sentidos posibles que puede tener la acción nos vemos obligados a elegir uno, sin esa elección no hay comprensión, no hay comunicación.
La normalidad de la acción carga siempre con la pretensión de una comunicación. Multipliquemos consecuencias. Cuando se plantea la necesidad de elegir un sentido posible para la acción lo que existe es la condición de posibilidad de un lenguaje, este es el medio que posibilita la generación de un sentido entre los muchos posibles. Frente a la acción existe una elección, esta es la de aplicar las categorías cognitivas conocidas para poder entender. Este es el acto de conocer, pero en este conocer lo que se juega es la identidad del sujeto.
La comunicación existe en dos etapas, en la primera lo que se expresa es comprendido por el actor, por aquel que es motor de la acción. En la segunda el receptor de esa acción entiende suponiendo un sentido. En cada etapa hay una elección. El actor pone en juego su historia para dar sentido a su acción y el receptor hace, exactamente, lo mismo pero de otra manera. En el medio el juego de la comunicación permite a la acción infinitas cosas, posibilita significados innumerables de realidades diferentes pero no jerarquizables. El problema es que la comunicación implica siempre una elección, implica siempre una reducción, un lenguaje.
El lenguaje carga con la tarea de reducir la cantidad de realidades posibles. La identidad soporta el lenguaje. La sociedad atraviesa el lenguaje. Un niño nace, y en ese nacer es en potencia todo, el mundo que lo rodea no tiene atributos y, en esa coalescencia, el recién nacido siente el límite de su existencia, su conciencia de representación, la primer individuación es el cuerpo como limite de la conciencia perceptiva. El cuerpo crece, y en ese transitar va construyendo un mundo que lo construye como historia, va haciéndose poseedor de una sociedad, va deviniendo en una identidad, se familiariza con valores, con formas anteriores, se comprende con esas formas y proyecta figuras consecuentes. El cuerpo moldea lo real. Ante cualquier acción propia o ajena ese sujeto pone en juego su relación con la sociedad, su relación con su propio tiempo. Esa relación es su identidad. La identidad es un continuo movimiento, y en ese movimiento se va modificando la el lenguaje.
La identidad es la comunidad de transformaciones que ha sufrido, a lo largo de la historia de un sujeto, su relación con el mundo. En cada acto de comunicación se pone en juego esta identidad.
Un día uno se levanta y la identidad se queda dormida. Todo lo que fue, todo lo que hizo que la persona que se levantó todas las mañanas sea la misma persona hoy no se levanta. Ese día uno nace otra vez, y en ese renacer nota algo distinto, algo que antes no estaba.
Desde la identidad el tiempo es siempre pasado, es lo que pasó hasta que hoy. Sin la identidad el tiempo queda suspendido, la acción ya no es comprendida, los significados posibles son todos al mismo tiempo reales, la realidad misma queda multiplicada al infinito. El tiempo se suspende y es ahora. Este es el paso de la comprensión a la percepción de la realidad.
Un día uno se levanta y la identidad se queda dormida. Todo lo que fue, todo lo que hizo que la persona que se levantó todas las mañanas sea la misma persona hoy no se levanta. Ese día uno nace otra vez, y en ese renacer nota algo distinto, algo que antes no estaba.
Desde la identidad el tiempo es siempre pasado, es lo que pasó hasta que hoy. Sin la identidad el tiempo queda suspendido, la acción ya no es comprendida, los significados posibles son todos al mismo tiempo reales, la realidad misma queda multiplicada al infinito. El tiempo se suspende y es ahora. Este es el paso de la comprensión a la percepción de la realidad.
Es muy simple, primero se va desde la historia a la comprensión y ahora se va desde el notiempo a la percepción, en el camino lo que se perdió es la identidad.
Cuando la acción deja de ser comunicativa, cuando se logra superar el despropósito de la comprensión, cuando los sentidos se liberan la realidad logra ser expresiva, logra realizar todas sus potencias. El círculo se cierra. Pero el ahora se termina y de repente todo es otra vez igual, algo te despierta de la realidad, te devuelve a tu historia.
Cuando se recupera el pasado se recupera el futuro, la acción como construcción de la representación, el deseo de lo absoluto, lo que no es genera la capacidad de pronunciar lo que no esta ahora y permite construir un mundo/ficción, un tiempo, una identidad que se pliega para hacer al ente sufrir el fruto de su propio límite. Ese deseo siempre imposible atraviesa nuestra relación con el lenguaje, nos define y constituye. Ese deseo que siempre es inalcanzable sostiene la existencia, ese deseo es la identidad ideal y a través de ese mismo deseo el sujeto existe para que el imposible se realice, para que sea real.
Sin la identidad no hay deseo imposible, no hay que perseguir, no hay que anhelar, no hay necesidad de un futuro y, por tanto, la función del pasado queda anulada. Sin la identidad pierde sentido el concepto mismo de comunicación, y con ello pierde sentido el concepto de lo social. La sociedad constituye el lenguaje que constituye la identidad que constituye el sentido que constituye la acción que constituye cada uno de los instantes que componen la existencia. Fuera de este silogismo esta la realidad, cuando la percibimos no hay tiempo, por lo tanto no hay necesidad de comprenderla, no hay necesidad de reducirla, no hay necesidad de contar con nuestro pasado, con nuestra identidad, con nuestro lenguaje, el sentido se libera, el sujeto es desbordado.
Cuando se recupera el pasado se recupera el futuro, la acción como construcción de la representación, el deseo de lo absoluto, lo que no es genera la capacidad de pronunciar lo que no esta ahora y permite construir un mundo/ficción, un tiempo, una identidad que se pliega para hacer al ente sufrir el fruto de su propio límite. Ese deseo siempre imposible atraviesa nuestra relación con el lenguaje, nos define y constituye. Ese deseo que siempre es inalcanzable sostiene la existencia, ese deseo es la identidad ideal y a través de ese mismo deseo el sujeto existe para que el imposible se realice, para que sea real.
Sin la identidad no hay deseo imposible, no hay que perseguir, no hay que anhelar, no hay necesidad de un futuro y, por tanto, la función del pasado queda anulada. Sin la identidad pierde sentido el concepto mismo de comunicación, y con ello pierde sentido el concepto de lo social. La sociedad constituye el lenguaje que constituye la identidad que constituye el sentido que constituye la acción que constituye cada uno de los instantes que componen la existencia. Fuera de este silogismo esta la realidad, cuando la percibimos no hay tiempo, por lo tanto no hay necesidad de comprenderla, no hay necesidad de reducirla, no hay necesidad de contar con nuestro pasado, con nuestra identidad, con nuestro lenguaje, el sentido se libera, el sujeto es desbordado.
Esa realidad nos hace plenos, y en esa misma plenitud lo que aparece es la necesidad de que la plenitud no se termine, de que no nos abandone, y eso es cínico. Todo vuelve a empezar. Abrimos los ojos y miramos otra vez desde el mismo lugar, desde el mismo ser. Esto tiene que poder terminarse de alguna manera.
La cuestión debe ser abordada de otra manera. La duda persiste porque siempre hay una existencia que la plantea, que desea superarla pero no puede. Todo lo que puede ordenarse puede desmoronarse, el orden no se soporta a si mismo. Desde el orden no se llega a ningún lado, la discursividad no es la forma de ordenar la respuesta que se busca. Esa respuesta esta fuera del discurso, fuera del tiempo.
La cuestión debe ser abordada de otra manera. La duda persiste porque siempre hay una existencia que la plantea, que desea superarla pero no puede. Todo lo que puede ordenarse puede desmoronarse, el orden no se soporta a si mismo. Desde el orden no se llega a ningún lado, la discursividad no es la forma de ordenar la respuesta que se busca. Esa respuesta esta fuera del discurso, fuera del tiempo.
Despertar otra vez, empezar otra vez, buscar nunca nos lleva a una respuesta. Esas respuestas, las definitivas, no se buscan, se encuentran, estaban en ese lugar que debe ser inventado para que podamos reconocerlo. Todo lo que es buscado carga con las limitaciones del sujeto que duda, que quiere superar sus propios límites pero que lo trata de hacer desde su propia existencia. Lo que se busca a si, lo que falta, lo que no tengo, se configura desde lo que soy. Lo que busco siempre va a estar limitado por mi capacidad finita de dudar.
Se puede superar la existencia por un momento, un instante, pero eso siempre se termina cuando uno dice para siempre.
Lo dicho recupera el habla, esa es la primera herida, pero a demás, como si eso no fuese suficiente, lo dicho, el para siempre, recupera el siempre, recupera el mañana, recupera el ayer, y nos marca con la segunda herida. Para terminar nos mata, nos devuelve a la vida, nos da la última y definitiva puñalada, nos dice vos, sujeto que habla, sujeto que tiene un ayer y un mañana, nos pregunta quien es el que habla, quien. Esa pregunta recupera la identidad, nos devuelve.
El suicidio es siempre una forma de encubrimiento. La muerte aparece en plenitud y nos evidencia nuestra finitud, la intrascendencia. Entonces el suicidio, entonces otra vez la necesidad de tomar el control de la situación, de saberse dueño de la propia muerte, no para evitarla, simplemente porque de esa manera suponemos que existe alguna forma de controlarla. Con la idea del suicidio somos otra vez alguien, nos devolvemos a la decisión. Cuando se elije la soledad como forma de vida el suicidio es siempre una alternativa, pero siempre esta cargada de fantasmas, de culpas. En la soledad elegimos evitar el sufrimiento y la alegría, elegimos no atarnos a ninguna forma porque las sabemos vacías, no creemos en ningún personaje porque todos tienen la cara de alguna persona, de alguna forma de ser. La soledad nos desborda cuando estamos hasta sin nosotros mismos. La soledad me desborda porque no puedo encontrarme. Estoy solo porque no encuentro quien soy, no encuentro quien soy porque para ello tendría que querer ser alguien, ser alguna identidad.
El suicidio es siempre una forma de encubrimiento. La muerte aparece en plenitud y nos evidencia nuestra finitud, la intrascendencia. Entonces el suicidio, entonces otra vez la necesidad de tomar el control de la situación, de saberse dueño de la propia muerte, no para evitarla, simplemente porque de esa manera suponemos que existe alguna forma de controlarla. Con la idea del suicidio somos otra vez alguien, nos devolvemos a la decisión. Cuando se elije la soledad como forma de vida el suicidio es siempre una alternativa, pero siempre esta cargada de fantasmas, de culpas. En la soledad elegimos evitar el sufrimiento y la alegría, elegimos no atarnos a ninguna forma porque las sabemos vacías, no creemos en ningún personaje porque todos tienen la cara de alguna persona, de alguna forma de ser. La soledad nos desborda cuando estamos hasta sin nosotros mismos. La soledad me desborda porque no puedo encontrarme. Estoy solo porque no encuentro quien soy, no encuentro quien soy porque para ello tendría que querer ser alguien, ser alguna identidad.
El que intenta desprenderse de su propia identidad sabe que no puede hacer otra cosa, sabe que si desea ser coherente con su propia existencia debería matarse, pero siempre esta alternativa aparece demasiado lejana, demasiado espesa. No hay salida, por más lógica que le encuentre todo lo que digo no deja de ser mi propia relación con mi existencia. No deja de ser mi propia soledad, mi propia angustia, mi propio vacío que trata de llenarse. Las palabras nunca alcanzan para llenar una oscuridad tan grande.
Estoy en el camino equivocado, no hay duda de que voy a llegar a ningún lado. Todo lo que cargo en mis espaldas, todo lo que me hace hoy ser lo que quiero no ser habla por mí, me tapa, no me deja encontrarla.
Queda una salida, una forma de superarme como límite. Si el olvido es lo que me espera, que el olvido me guíe. En un acto de afirmación de la autoderteminación sentencio hoy olvidó todo lo que fui, olvido mis criterios e ideas, olvido mi pasado y mis deseos sobre el futuro. Lo olvido todo sin más, y con el vacío a cuestas vuelvo a empezar mi camino. Sin mi ser en el medio mis ojos verán la realidad, podrán recorrer el camino y no describirlo.
Para cuando recuerde porque estoy viajando, cuando recuerde el quien que sostiene la decisión que hoy tomó todo será distinto, ese quien no importará, podré noser igual.
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