
Frente a mi hay un espejo. Veo una imagen que reconozco como propia, veo esa parte de mí siempre externa, siempre presente en lugares distantes, en una oscuridad, una cara conocida, veo eso que siempre me va a faltar, esa eterna comprensión de lo incompleto. Pero no es lo que soy. ¿Puede mi imagen mirarme? Yo creo que si, de hecho creo que quiere matarme. Esta frente a mis ojos, fijo a los ojos, estoy seguro que no puede sacarse la idea de la cabeza. Cada uno de los pasos que di tuvo un eco, una ondulación deformizante, una marca perdida en el tiempo que, en cada sonido, se quedaba con algo de mí y lo apilaba, lo doblaba y lo dejaba en un lugar que estaba más allá del alcance de mis manos. Esos sonidos sin gusto viajaron por mil personas, construyeron castillos de interpretaciones en las que no participe. El sujeto objetivizado no tiene potencias expresivas, tiene una gotera, tiene una perdida constante en cada una de las imágenes que se le roban, que ya no le pertenecen, que pasan a depositarse y sedimentarse en lugares remotamente familiares. Esa es mi imagen, esa cara deformada de la exterioridad de mi persona perdida en toda una historia de sucesos que ni mi memoria recuerda es lo exterior, el conjunto de lo mío que ya no me pertenece.
Hay una cueva en el fondo de un océano que guarda un espejo. Estuvo colgado en esa pared por dos eternidades y tres segundos. Ese espejo guarda todas las imágenes de mi cara que alguna vez existieron.
Y si lo agarro, lo tomo por el marco y lo descuelgo de la pared. Tristemente miro mi imagen por última vez, la beso en esa boca que no es mi boca y rompo el espejo.
Miro una cara, le digo a esa cara -no sos mía- hasta que la cara abre los ojos. Son grandes y negros, oscuramente negros. Se sonríe, me investiga detenidamente y como si hubiese encontrado algo se pone a hablar.
Inexpresividad. Si el vacío tiende a llenarse, entonces hay que romper con las tendencias. Dejémoslo sin relleno para que los ojos incrédulos miren y no entiendan. La imagen borrosa es el reflejo de la inhumanidad. Es por eso que le regalo esta muerte deformada.
Inexpresividad. Cada acción recupera una comprensión de la historia y proyecta una idealización sobre el futuro. Cada acción es comunicativa porque puede comunicar la percepción del pasado y los deseos sobre el futuro. Entonces no debe haber más acción, no más comunicación.
Inexpresividad. La imagen es muy clara pero inexistente. Un hombre sentado en una silla. Esta en ese lugar hace sincuenta años. No dice nada, no espera nada. Ni a su propia muerte.
La acción comunicativa se despliega sobre el tiempo y nos devuelve la imagen de nuestra descomposición.
La cara deformada cobra forma. Es el espejo, el mismo espejo que rompí, la misma cara que no era mía, el mismo espejo que ahora es incertidumbre sin dejar de ser lo mismo. Si no aceptás la violencia espejo, entonces procedo con las palabras.
Está de un lado la espada y del otro la pared, la espada es el sinsentido, es la desesperanza que se muestra demasiado evidente como para obviarla, es esa sensación de que la muerte nos hace insignificantes, que no somos más que un segundo en la inmensa historia; del otro lado la pared, la necesidad de creer en algo, en algún personaje, la necesidad de algún refugio que nos resguarde por una vida, la identidad que nos regale un triunfo, quienes somos. Esa pared inmensa es la que nos dice usa tu vida, generá algo más grande que vos, trascendente. Creé en la lluvia o en las ranas, pero creé con fervor, con pasión y vas a encontrar una esperanza.
El problema es que esa maravillosa salida que es trepar la pared para escapar de la espada no me alcanza. No le creo a la pared. No puedo conformarme con la idea de trepar absurdas alturas. Se que todo lo que puede ofrecerme, se que cualquier persona que decida no va a ser otra cosa que una forma de evitar la espada.
El miedo a la muerte no es otra cosa que una invento de las grandes plumas, de los cobardes. No existe el miedo a la muerte, existe el miedo a la vida, existe el miedo a creerle a la pared sabiendo que nos esta mintiendo, existe el miedo a traicionarse, a traicionarme. La pared esta maldita, no es simplemente treparla, no es simplemente creer, es sino que ese creer, ese sentido siempre inalcanzable carga con toda nuestra vida, cada uno construye la pared que desea trepar.
La única salida auténtica, la única verdad que puedo aceptar sin remordimiento es cerrar los ojos, aguantar la respiración y dar un paso adelante, dejar que la espada me atraviese la garganta y decapite. Tanto la espada como la pared son realidades fantásticas, existen, pero hay quienes deciden ver y quines no. Algunos ven solo la espada, otros solo la pared, los que ven las dos están malditos, no tendrán paz jamás, salvo que decidan dar ese paso a la nada.
Toda expresión me desgarra, me muestra una pared, me muestra mi necesidad de trepar la pared, mi necesidad de creer en alguna identidad, cualquiera, pero alguna que me permita escapar de la espada. Hasta tuve que admitir que también la pared era falsa, tan falsa como resignarme a vivir con la espada al cuello.
Es por eso que la inexpresión, que el noser es siempre incompleto, es por eso que la burbuja no deja de ser una salida cobarde. En la burbuja uno deja de ver la espada, deja de ver la pared, las evita porque evita su propia existencia, pero la burbuja siempre se rompe y uno vuelve al mismo lugar. Y la burbuja siempre se rompe.
No hay caso, la única salida es obvia, la única integridad está en el suicidio, pero para esto no alcanzan las palabras. Y aunque parezca ridículo la espada no quiere ser derrotada, cada vez que pienso que no voy a aguantar más, que es necesario ese paso, en cada vez la espada cede un poco, aprieta un poco menos y en cada vez la pared aparece más tentadora, con formas cada vez más seductoras.
El espejo se rompe en mil pedazos. En una de las partes que queda en el piso se sigue reflejando la deformada cara del que ahora esta, otra vez, solo.
El personaje de este cuento, sin nombre, se para sobre la cornisa. Mira para abajo pero no ve donde termina el vacío, ve un precipicio pero no ve su final. Quizás piensa si la decisión es suya, si en algún momento eligió el lugar en el que está o si nunca tuvo opción. Cuando nació, en ese primer momento en que no lloró se escribió ya su final, ese sufrimiento que le perteneció desde antes de nacer es lo único que permaneció inmutable a lo largo de toda su vida. A pesar de haber perdido su pasado y su nombre no pudo perder su sufrimiento porque es lo único por lo que siente un sincero amor. Solo en su sufrimiento encuentra, ni todas las respuestas del mundo serian suficientes, pero son esas preguntas que surgen del calambre las que tienen un segundo de realidad.
El sin nombre piensa en la más absoluta de las soledades. A estas alturas sus pensamientos le pertenecen solo a él. Quizás este pensando que su decisión es una explicitación, es una forma de expresar su relación con su propia existencia, puede pensar que es una última expresión. Mira el precipicio, mira la cornisa y piensa. Puede ser que la realidad sea el conjunto de la expresiones, que su verdad es igual de valida que cualquier otra, que podría no saltar, que podría creer en alguna pared, que da lo mismo, mientras se sepa que la pared es irreal se puede creer en ella. Si la vida es absurda se puede encontrar en el absurdo un escudo, se puede reír jovialmente de todo.
El sin nombre esta mirando para abajo, sea lo que sea que este pensando sabe una sola cosa. Cuando salte, cuando trate de encontrarse con el final del abismo sin fondo, cuando termine de recorrer su último camino, cuando su cara esté a punto de estrellarse contra el piso, en ese momento sus manos no van a estar en su cara, sabe que no va a tratar de cubrirse. Y se que esto lo sabe. Un día le conté un cuento en el que, en una caída libre, un incompleto se cubría la cara antes de morir. Nunca nadie supo si se arrepintió, si tuvo miedo, pero se cubrió la cara y arruinó su último regalo. Ese instante maravilloso en el que se pueden ver los ojos de la muerte.
El sin nombre mira para abajo y se le cae la última lágrima de la historia.
¿Tendrá miedo de tener miedo?
Salta a un abismo sin final. Su caída es ligera, su agonía sin fin. La tragedia se consuma. Como había sido escrito.
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