jueves, 31 de julio de 2008

Veintidos


El lugar era enorme, las paredes se veían a lo lejos, y se mantenían a una distancia absoluta, no importaba cuanto quisiese acercarme, los límites del cuarto se las arreglaban para permanecer inalcanzables. Creo haber recorrido el cuarto por toda una vida, dos vidas también, nunca sentí cansancio, nunca me sentí agotado, nunca pude estar ansioso por recorrer esa totalidad, me encontraba en un continuo interminable, mi cuerpo caminaba, mis piernas recorrían, pero yo no estaba ni caminando ni recorriendo. Traté de desesperarme, traté de encontrar el cuarto, traté de sentirlo, y en cada intento tocaba y sentía todo el cuarto, y cada espacio que recorría era el cuarto en su totalidad, y había un cuarto en cada vez que lo sentía.

Mi vista estaba fija, todo lo que podía ver era un punto fijo de la habitación. Ese punto era la habitación y constantemente el punto rotaba, a medida que otro pequeño milímetro del piso que me sostenía era recorrido el punto de mi atención se modificaba y en cada nuevo encuentro con el cuarto el cuarto era otro, se mostraba como otro cuarto, completo en sí mismo en todos los casos, infinito en cada punto y en todos los puntos en los que yo infinitamente podía encontrarlo.

Mis oídos estaban desgarrados por el silencio. En un ejercicio que en ningún momento fue capaz de generar ni desgano, que ni siquiera fue capaz de agotarme, en un ejercicio que empezó por el final alcance cada sonido contenido en la habitación. Mis oídos encontraban un rotundo silencio y en cada silencio aparecían todos los sonidos de ese mundo. Infinitamente me movía de un silencio a otro, de un rincón a otro buscando escuchar todo sonido existente, y en cada uno de los lugares escuchados encontraba un silencio, un sonido absoluto, cada uno infinito en si mismo e infinitamente encontrable.

Otra vez traté de encontrar el olor de la habitación, traté de desesperarme por mi falta de desesperación, y fracasé otra vez. Cada bocanada de aire que entraba a mi cuerpo contenía el más absoluto de los olores, el olor a la falta de olor, y en cada intento se repetía la misma experiencia.

Encerrado en mi relación con ese cuarto me di cuenta que todavía no había agotado mis posibilidades, con esa terrible sensación de que no podía darme cuenta de mi lentitud, doble mis rodillas, puse las dos palmas de mi mano en el suelo, y cuando logre que mi cara este a un centímetro del piso le pase esta desformada lengua. Todavía sin erguirme levanté mi cabeza, procese el gusto del cuarto y trate de desesperarme, quise lamer el piso impulsivamente una y otra vez hasta sentir algún gusto, lo único que logré fueron una y otras veces, sin emoción ni entusiasmo, sin placer y sin odio, sin velocidad.

En ese momento reconocí todos los momentos anteriores, incorporé todo lo que había quedado filtrado, recordé todo lo que había olvidado, entendí todo lo intraducible, y comprendí, por primera vez, que estaba dentro de una burbuja.

Era capaz de un instante, era capaz de notar la intensidad, por primera vez estaba rodeado por el más caótico de los vacíos y podía reconocerlo y reconocerme dentro de él.

Como si no fuese imposible que lo hubiese notado, como si en todo cierre absoluto no fuese imposible que no existiese un imposible, una decisión necesaria, como si a pesar de que había recorrido cada centímetro de la habitación sin nunca terminar de recorrerla, con todo eso sobre la espalda encontré algo que no había notado. Me acerqué a ese objeto y lo sentí, al tacto no era la habitación, lo lamí y no era el mismo gusto, lo vi., lo escuche y lo olí y definitivamente no existía. A pesar de todo, eso que no estaba y era en mis manos algo que no reconocía, era parte de esta historia sin posibilidad de que lo fuese.

Quise sentirme desbordado, quise sentirme perplejo o sin dientes pero a pesar de mi querer, a pesar de mi la burbuja se imponía. Era posible romper con el lugar.

El objeto era mi historia, y permaneció mudo hasta que le indiqué lo contrario. Antes me advirtió. Si empezaba su relato, una vez que diera comienzo con este cuento no se detendría a pesar del cielo. Me explicó que sólo tenía una tapa para esta caja y que esa decisión era si quería o no presenciar lo que el objeto contenía, fuera de ese suspiro todo lo que contenido se escapa, más allá de cualquier deseo jamás, hasta terminar. A pesar de mis posibles intentos no podría, es la escena, y el objeto, los dos pretendían mostrarme.

Traté con todas mis fuerzas de dudar. Hice hasta lo imposible por no estar seguro de la humedad en mis axilas. Fracasé.

El objeto se transformó en un libro, y en él estaba contenido todo lo que ustedes están leyendo. Pude leerme contándome cosas, pude leerme leyendo sobre como leía mi propia historia, y como una repetición, como tragedia que presenta como fábula yo también lloré. Esta lágrima era otra, la lágrima que se sabía la ante última de todas las muertes.

Cuando llegué a esta misma parte que ustedes están leyendo supe por el propio libro lo que ustedes van a saber con el correr de las líneas. Esto que continua no era parte de mi conocimiento sino de mi historia, y me fue develado en el momento de mi lectura y no antes.

Un día cualquiera antes que este mismo libro sea escrito terminé envuelto en un silencio. La consecuencia de las voces fue mi falta de dialogo, presentí que si podía prescindir de cualquier tipo de habla podría evitar cualquier tipo de juicio. Sin expresión no habría problemas, pero la realidad es que el camino de mi razonamiento me llevó a un estado de pánico permanente. Fue en esa etapa en la que entré por primera vez al cuarto. Estuve allí un tiempo que no podría clasificar con certeza y jamás pude recordar todo lo que allí pasó.

Un buen día salí. Empecé. A pesar de mi cuerpo me recorría un lenguaje distinto y no pude nunca traducirlo. Dicen que no somos nosotros los que hablamos el lenguaje sino que es el lenguaje el que nos habla. Cuando es el objeto el que se expresa la perspectiva se relega a una cuestión de simple percepción. Desde la perspectiva a la percepción lo que cambia es el rol del sujeto, en la perspectiva se pone en juego el entendimiento, es el sujeto el que genera el significado, en la percepción el significado viene desde el objeto y el sujeto lo único que hace es comprenderlo. El problema aparece cuando el objeto se expresa de infinitas formas, y si la percepción es solo recibir e implica esto una pasividad del sujeto no aparecería forma de explicar como se produce la selección de las expresiones. De más esta decir que cuando vemos algo vemos una de sus expresiones y no las innumerables posibles, y que esta distancia entre la percepción y la realidad se genera por la necesidad de validación de la percepción. Esta distancia entre la percepción y la realidad, este criterio no mencionado de selección, este virus que nos recorre se llama lenguaje y es la fuente de todas las penas de la humanidad.

En el lenguaje se encuentra nuestra necesidad de traducción, nuestro lenguaje codifica expresiones y las contiene deteniéndolas en formas expresables, es por esto que se constituye como forma primera de selección y la vez, por esta misma selección genera la distancia entre la percepción y la realidad.

La inmediatez es la falta de lenguaje, en lo inmediato no hay tiempo, el tiempo es el fantasma con el que el lenguaje nos tortura.

Por fuera del lenguaje no existen las distancias, estas se generan cuando percibimos la diferencia entre lo que nombramos y lo que percibimos por la necesidad de generar un espacio que las diferencie. Cuando representamos. En función de ese espacio surge el tiempo como la diferencia, surge nuestro propio nombre como símbolo de identidad y por ello reflejo de nuestra muerte. Nos creamos como ficción de nosotros mismos. Todo lo que pretende ser idéntico a sí mismo necesita de una promesa. Tenemos fe de existir.

Conseguí liberarme del lenguaje en aquella primera oportunidad, pero no pude reconocerme. Mi primera burbuja me desbordó, no pude recuperarla. Mi primer ingreso en ese mudo fantástico fue el resultado de mi silencio, con el pude desprenderme de mis expresiones, y con ello de la necesidad de ratificar mi identidad. Mi yo se fue borrando de a poco, olvidé mi nombre y jamás lo recuperé, olvide mi pasado y jamás lo recuperé. El libro me esta tratando de explicar los vacíos de mi historia. Es esta la vuelta al cuarto donde empezó el encierro.

Cuando se logra percibir la totalidad de la realidad, cuando la percepción no es un seleccionador sino una esponja inagotable conseguimos el acceso a lo ilimitado, los límites del sujeto se desdibujan y el uno y el todo se unifican. Esa primera burbuja terminó abruptamente. La decisión que haya tenido que tomar aquella vez me devolvió como sujeto. Como sufrimiento.

Esa misma decisión es la misma que el libro me contó y que van a leer, en su momento me negué a aceptarla y es ese el motivo de que esté ahora en el mismo lugar en el que estuve en ese momento. Todavía quedaban cosas pendientes.

Terminé el libro, la burbuja se había roto. Sabía que había pasado, sabía lo que tenía que hacer ahora, ya antes había dicho que no, pero no sabía que responder ahora.

A la vuelta de una columna tan alta como el mismo techo apareció la sombra de una luz. Capturó mi atención, cuando quise darme cuenta el objeto había desaparecido junto con mi historia y mi ignorancia. Con una insistencia perpetua la sombra volvió a capturar mi atención, fue única la diferencia, esta vez no pude resistirme. Tuve que caminar kilómetros, metros o centímetros (no lo recuerdo) para bordear la columna. Mi vista podía ver cada vez más un poco de lo que estaba escondido atrás de la piedra.

Una vez mas había un marco, y en su interior una puerta que ya no existía. Desde el marco podía verse una escalera, o por lo menos su principio. Empecé a subirla, crecía en espiral. A cada uno de los lados había paredes infinitamente altas, el techo era inalcanzable pero la vuelta del espiral era muy corta. Con un eje fino como un tuvo fino cada vuelta sobre ese eje era fácilmente recorrible, pero los escalones sobre los que caminaba no condescendían con la distancia del techo, supuesto piso invertido de los escalones superiores. Las paredes eran completamente blancas, sin la más mínima fisura, enteras, hundidas en su silencio miraban mi caminar. El espiral era ascendente, podía suponer que estaba subiendo al techo del edificio, aunque según recuerdo en mi dialogo con la puerta no había un edificio detrás de ella.

Con un miedo interminable traté de mirar para atrás, pero la luz venía siempre desde arriba, y nunca de atrás, sin la luz la escalera desaparecía, parecía no existir. Me di cuenta. No había más alternativa que seguir subiendo. Conocía el final de la escalera, lo había leído.

La burbuja estaba rota otra vez. De a poco volví a sentir el tiempo, volví a entender por del lenguaje, a reconocerme como sujeto. Trágicamente había perdido todo rastro de algo parecido a una identidad. Discursivamente no podía reconstruir mi pasado, emocionalmente no tenía recuerdos de aquello que había ocurrido. Toda mi memoria se convirtió en un recuerdo, la suma de todos los vacíos. Esta vez y que no estaba en una burbuja, el tiempo presente en cada segundo y los dedos sintiendo el lenguaje abandonarlos. Por fuera de cualquier intento mi percepción no podía clasificar lo que recibía, mi comportamiento se transformó en una intuición. La escalera y sus escalones desaparecieron, las paredes ya no fueron paredes, veía la piedra y los escalones pero no podía identificarlos. Las expresiones de los objetos y el interminable intento por conocerlos eran cada vez un completo imposible más que una intención.

Se que mis piernas siguieron subiendo, lo supe después. En ese momento los motivos eran la ausencia. Lo único que permaneció inmóvil, terriblemente real, fue el tiempo. De alguna manera que todavía no comprendo podía diferenciar cada uno de los momentos, pero sentía desgarradamente como, en cada uno de mis pasos, lo que dejaba en el camino no era sólo las distancias recorridas, podía padecer la velocidad, podía hasta diferenciar un escalón, pero no podía identificar, no podía entender, su espacio, su real dimensión.

El final de la escalera se presentó. Atrás estaba la luz y el día, crucé mi última puerta y me encontré en una de las terrazas del edificio que nunca existió. Recuperé mi historia, mi pasado y mi nombre. Los olvidé en un segundo, sin culpa.

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