
Hay un murmullo en la calle. Gente que va y viene. Regatean precios de objetos que pueden ser iguales a mí. Estoy encerrado en un dije de cristal, en frente tengo una estantería llena de muñecos, pinturas, juguetes y adornos, todos con su anterior forma humana. Están todos encerrados, como yo.
En el viejo local entra un hombre encanecido. Tiene la apariencia de un anciano y su edad se me escapa. Se acerca y limpia una imperfección con el dedo. Su índice es enorme, tan grande como la palma su mano. Dice que me va a vender como colgante. Va a poner una soga de oro blanco en el cristal de los diamantes, estoy condenado a ser un lunar en el cuello de una mujer.
El anciano tiene una sorpresa cargada de incertidumbre. Podría contestarle, preguntarle que es lo que esta pasando y como fue que terminé en este lugar, pero no tengo voz. No tengo ni las ganas de hablar.
Me presenta la sorpresa en la pintura de una niña. Es una esquina, ella esta sentada sobre sus piernas largas acomodando flores amarillas y una espina de invierno. Si Usted viese los ojos de la niña dibujada en el cuadro olvidaría, como yo, la suma de todos los encierros. Olvidaría hasta el nombre de quien se comió mi apetito. Ella también esta encerrada, quizás encuentre en un collar un suspiro y la posibilidad de descansar.
El anciano se pone a atender el mostrador de su mercado. Enteramente de blanco. Un profundo luto blanco. Es sus tiernas arrugas y los ojos grises. Quiere un collar y un cuadro. Él le dice algo al oído que no puedo escuchar, Élla se acerca a mirarme. Desde el talon de su zapato, escondido bajo la pollera, saca su pañuelo y me envuelve en la tela blanca que todo lo desaparece. Me hubiese encantado conocer el sabor de su cuello.
Y la niña del cuadro.
En el viejo local entra un hombre encanecido. Tiene la apariencia de un anciano y su edad se me escapa. Se acerca y limpia una imperfección con el dedo. Su índice es enorme, tan grande como la palma su mano. Dice que me va a vender como colgante. Va a poner una soga de oro blanco en el cristal de los diamantes, estoy condenado a ser un lunar en el cuello de una mujer.
El anciano tiene una sorpresa cargada de incertidumbre. Podría contestarle, preguntarle que es lo que esta pasando y como fue que terminé en este lugar, pero no tengo voz. No tengo ni las ganas de hablar.
Me presenta la sorpresa en la pintura de una niña. Es una esquina, ella esta sentada sobre sus piernas largas acomodando flores amarillas y una espina de invierno. Si Usted viese los ojos de la niña dibujada en el cuadro olvidaría, como yo, la suma de todos los encierros. Olvidaría hasta el nombre de quien se comió mi apetito. Ella también esta encerrada, quizás encuentre en un collar un suspiro y la posibilidad de descansar.
El anciano se pone a atender el mostrador de su mercado. Enteramente de blanco. Un profundo luto blanco. Es sus tiernas arrugas y los ojos grises. Quiere un collar y un cuadro. Él le dice algo al oído que no puedo escuchar, Élla se acerca a mirarme. Desde el talon de su zapato, escondido bajo la pollera, saca su pañuelo y me envuelve en la tela blanca que todo lo desaparece. Me hubiese encantado conocer el sabor de su cuello.
Y la niña del cuadro.
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