
Esa mañana fui a ver a un amigo. Tenía muchas ganas de estar con una persona que me distrajese por unas horas, a demás necesitaba pedirle un favor.
Cuando llegué a su casa y le conté mi situación dijo que era un experto en fumigación por sus cinco años de experiencia y mencionó la posibilidad de solucionar mi problema de roedores en unos pocos minutos. Mi suerte parecía no tener límites, también era electricista y me iba a arreglar el techo y la luz.
Cuando terminamos de comer nos fuimos para mi casa. De alguna forma mi amigo me ofendió al insinuar que el olor de la habitación era alguna especie de expresión de lo podrida que tenía la cabeza. ¿Qué podía saber él? Todas las noches duerme con el estomago lleno. Todas las noches duerme.
Cuando terminamos de comer nos fuimos para mi casa. De alguna forma mi amigo me ofendió al insinuar que el olor de la habitación era alguna especie de expresión de lo podrida que tenía la cabeza. ¿Qué podía saber él? Todas las noches duerme con el estomago lleno. Todas las noches duerme.
Entra a mi habitación y los cables lo esperan colgando por todos lados. Hay pilas de ropa sucia, las medias están pegadas unas a otras y auque para mí la suciedad es natural para muchos es un límite que no se debe cruzar. Tengo muchas cosas importantes en que pensar. Como no hay tiempo para los detalles salgo de los círculos y lo ayudo a poner una escalera en el medio de la habitación. Quiere necesitar más espacio y saca la cama y la ropa, todo al living. Para ver mejor el hogar de las ratas empezó una por una, maderita por maderita, pude asomar la punta de la nariz. Todo empesaba por un pequeño agujero que lograban construir. Metemos una linterna pero dice no ver nada que indique las presencia. No se desalientan. Va por sus herramientas y una agujero un poco más grande que el techo, lo escálo lastimándodese las manos, se mete entero arrastrando con la linterna en la boca, mueve sus lavios buscando los rincones, está decidido a inspeccionar el entretecho. Fue mirar por la ventana y lo pierdo de vista. Escucho que camina, me dice cosas solamente por hablar, pero a mi se me cruzan las palabras con los ruidos de un camisón. Me siento sobre la pila de ropa y la ventana. Un día de estos alguien va a subir en un edificio como el que tengo en frente, seguramente guardará su basura y la de todas sus conocidos, bolas inmundas de objetos desobjetivados.
Es como muy de a poco, las imagines desaparecen de lo irreal y son la forma de los interiores en mis parpados, son imagenes tan reales como yo. Quiero creer que duermo, es casi un intento y mi concentración que se rompe por el techo que se rompe por mi vida que se cae. Mi amigo se fracturó un brazo. Voy hasta el living, miro para arriba y veo que el techo de cemento, el que esta arriba de el de madera, tiene grietas por todos lados, se pueden ver raíces y hongos, pero no ratas. Mi amigo, cuando dejó de quejarse, me confirmó que no tenía ratones en el techo. No había ni caca ni nada. Deben haberse escapado por lo del agua o estarán electrocutadas. Al final no me solucionó el problema y encima tengo que llevarlo al hospital. Me quedó la casa llena de techos.
Es uno de esos cansancios insufribles por lo profundo, tuve que correr las maderas de la cama y acostarme en las astillas que se clavan entre el cuello y las orejas. Y todas las obsesiones aparecen cuando miramos para arriba.
Me encontré con las fisuras del techo, con caminos misteriosos que se entrecruzan. Hay un flujo principal que es el más profundo. Alrededor tiene toda una civilización construida, tiene un lenguaje propio hecho por pequeños montículos de cemento que se acumulan en constelaciones y encriptan mensajes con punta. Además tiene una vegetación, tiene verdes como hongos que recubren todos sus límites.
Juego a desviarme por una pequeña fisura que se transfigura en callejón abandonado de una ciudad industrial de Inglaterra a fines del mil seiscientos. Hay obreros por todos lados, gente que trabaja veinte horas por día. Fábricas que hacen humo en toneladas pero que nadie sabe que producen. Hay una densidad de personas muy alta pero la cuidad es muy chica, se termina en una rajadura un poco más profunda que atraviesa todo el techo. Al final de este canal se encuentra el sol. Es como un cráter que debe tener toneladas de diámetro.
Una gota. En mi frente claro. Tiene un ritmo particular, es como si existiese la pretensión de una comunicación. Tic, tac, tic y un silencio, tic tic tic, silencio otra vez. Pongo un plato sobre mi frente pero es peor. Ahora no me mojo pero escucho golpes invisibles. Y la solución fue de plástico, ese si que es un sonido tolerable, la parte de abajo del plato también tiene arrugas. Bordes con texturas muy abruptas para mi delicado gusto. La otra gota que aparece en escena cae sobre mi pie. Me saco el plato de la frente sólo para ver como se moja mi colchón. No quiero pero tuve que poner el platito de chapa a la gota del pie porque el de plástico estaba en la gota de la frente, era el único con tantas arrugas. Todo empezó a terminar cuando la gota del plato del pie empezó a caer más lento que todas las gotas del mundo. Es probable que todo lo que pueda caer esté apurado.
Es como en cámara lenta y la gota del pie se suspende. La vi desprenderse cuando estaba en el aire, me paré sobre la cama para descubrirme. La vi de cerca. Pasé mi mano por arriba, por abajo y por los costados, rodeando la gota y todo lo quieto que flota por los aires. Cuando pude juntar valor y la toqué aparecí nadando en medio de un océano azul. Me hubiese ahogado si no fuese por un duende. Me dijo dos cosas, la primera fue que me devolvía la vida, la segunda que todo tiene su precio.
Amanecí otra vez mal descansado. La sombra negra que crece abajo de los ojos va a cubrir toda mi cara.
Juego a desviarme por una pequeña fisura que se transfigura en callejón abandonado de una ciudad industrial de Inglaterra a fines del mil seiscientos. Hay obreros por todos lados, gente que trabaja veinte horas por día. Fábricas que hacen humo en toneladas pero que nadie sabe que producen. Hay una densidad de personas muy alta pero la cuidad es muy chica, se termina en una rajadura un poco más profunda que atraviesa todo el techo. Al final de este canal se encuentra el sol. Es como un cráter que debe tener toneladas de diámetro.
Una gota. En mi frente claro. Tiene un ritmo particular, es como si existiese la pretensión de una comunicación. Tic, tac, tic y un silencio, tic tic tic, silencio otra vez. Pongo un plato sobre mi frente pero es peor. Ahora no me mojo pero escucho golpes invisibles. Y la solución fue de plástico, ese si que es un sonido tolerable, la parte de abajo del plato también tiene arrugas. Bordes con texturas muy abruptas para mi delicado gusto. La otra gota que aparece en escena cae sobre mi pie. Me saco el plato de la frente sólo para ver como se moja mi colchón. No quiero pero tuve que poner el platito de chapa a la gota del pie porque el de plástico estaba en la gota de la frente, era el único con tantas arrugas. Todo empezó a terminar cuando la gota del plato del pie empezó a caer más lento que todas las gotas del mundo. Es probable que todo lo que pueda caer esté apurado.
Es como en cámara lenta y la gota del pie se suspende. La vi desprenderse cuando estaba en el aire, me paré sobre la cama para descubrirme. La vi de cerca. Pasé mi mano por arriba, por abajo y por los costados, rodeando la gota y todo lo quieto que flota por los aires. Cuando pude juntar valor y la toqué aparecí nadando en medio de un océano azul. Me hubiese ahogado si no fuese por un duende. Me dijo dos cosas, la primera fue que me devolvía la vida, la segunda que todo tiene su precio.
Amanecí otra vez mal descansado. La sombra negra que crece abajo de los ojos va a cubrir toda mi cara.
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