miércoles, 30 de abril de 2008

El vendedor de libros


Y si le digo que desde chiquito no me lo cree. Para Usted es simplemente escuchar. Cierra los labios y abre los ojos. Yo tuve que vivir toda una vida para poder escribir este cuento. No estoy muy seguro de poder darme a entender en el lenguaje más inapropiado posible. Prometo voy a hacer el mejor intento.
El problema surge por las relaciones de intercambio. Si yo le digo a una damita que me de un beso por dos pesos muy probablemente me tire un zapato por la cabeza. Si le regalo un cuento a una damita y le digo que fue traído especialmente desde otros mundos un poco más ondulados que este sólo para que ella lo lea probablemente me de ese beso. Ese mismo cuento yo podría venderlo a dos pesos y en lugar de regalarle un cuento le compro el beso, no es así como funciona. La solución existe en el regalarse. No le ponga precio a mis acciones. No le ponga el ojo. Claro que podría, no quiero. El pero tiende a extinguirse.
En mis términos, en realidad, todos pueden. No es una cuestión de quien más y quien menos, si es una especie de posición en la cual me niego a ser productivo. No es soberbia se lo aseguro, si no estamos hablando de una casa en cuentos, sino de un sencillo beso. Pero eso que puede ser en dos palabras, un poema o la nada misma, para ser puesto en letras necesita trabajo. Mucho o poco, lindo o feo. En ese trabajo, en este sencillo trabajo yo recupero, desentierro y desparramo muchos libros que tuve que leer. Muchas películas. Tuve que ir al jardín un montón de días seguidos cuando era chico para sentarme hoy a escribirle. Y podría perder el tiempo explicándole porque, o podríamos suponer que ya no lo recuerdo, inclusive podríamos conciliar que Usted existe y que puede ir a buscarse y no necesita que yo le explique todas estas cosas.
Después de todo eso, para mi, queda el vacío. Porque esto mismo yo lo explico abajo, a su misma altura y Usted no me lo escucha. Solamente la distancia lo hace entrar en razones. Verlo ya terminado y prolijo, sin menudencias. Pero antes de todo esto que Usted lee, antes de la corrección, antes de la escritura, antes de la noche entera que pase dando vueltas en un sillón sin poder dormir teniendo a unos metros una cama, antes de todo eso y de muchas otras cosas más Usted tiene que permitirme su atención.
¿Cómo hacerle una pregunta al silencio? Y yo se la cambio un poco, ¿Qué es escribir? Es que si no existe un público que considere pertinente ceder el uso de la palabra la comunicación no existe. Ojo, para eso es necesario escucharnos, o por lo menos saber que existen cosas flotando que pueden ser escuchadas, aunque sea por casualidad. Entonces le cedemos la palabra al viento. O le pedimos al vacío que nos cuente alguna historia. Todo eso es gratis cuando lee. Nadie le cobra la vida que se invierte en las letras por el goce de la escritura. ¿Quiere saber por qué? Porque si tuviese que cobrarle todo el tiempo que dedique a ser el que puede escribir estas palabras Usted no podría pagarme. Y no podría porque yo jamás le fijaría un precio. Usted tiene la capacidad de inventar uno, digamos una casa con patio y cochera. Pero ni así yo aceptaría. Es como cobrar por estar vivo, no se puede. Uno lo tiene que hacer por decisión propia, más allá de todo lo demás. Sólo se escribe para el silencio. El eco es un detalle.
Imagínese que un día me levanto estafado. Camino de una punta a la otra y pienso que, al fin y al cabo, estafado y estofado suenan muy parecido. Ese día, simplemente por ese acto, aunque a Usted le cueste trabajo creerlo, decidí dedicarme a defraudar. Y fue lo único que pude hacer bien en mi vida. Cuando por fin entendí que todo lo que yo necesité, necesito o necesitaré me lo podrían haber regalado y que a su vez yo podría haber regalado todo lo que tuve, lo que tengo y lo que tendré y que sin embargo, a pesar de la posibilidad material de realización de esta situación esto no sucedió, no sucede ni sucederá entonces en ningún lugar pude, puedo y podré hacer lo que todos deben hacer antes del principio. Sonarse la nariz.
Bienvenidas a la sonoridad. Bienvenidos a la fuerza maldita de todo lo bastardo que pueda ser pensado. Vienvenidos a una propuesta de desconcertación. Dislocar. Prepararlo para lo imposible. Usted no solo lo verá. Lo escuchara.

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