miércoles, 30 de abril de 2008

La palabra


Los dos están sentados, cada uno en su lugar. Cada uno apoya un codo en la mesa y sostienen sus cabezas con sus manos, como evitando que se caigan. Aparentemente están aburridos. Muy probablemente estén pensando en alguna cosa que jamás vamos a conocer. De hecho el alto está haciendo un dibujo con la otra mano, la que nadie ve y él no muestra.

Flaco: ¿Vos sabes que si borramos la palabra solucionamos el problema?
Alto: Yo no tengo ningún problema
Flaco: ¿Ya no tenés hambre?
Alto: Eso si. Pero ese no es un problema. Si no tiene solución, no es un problema.
Flaco: Pero el hambre tiene solución. Lo primero que hay que hacer es mandarle una carta documento a la real academia española pidiéndole que borre la palabra del listado oficial. Claro que siempre existe la posibilidad de que persista como costumbre. En ese caso tendríamos que mandarle otra carta documento al presidente de turno pidiéndole que prohíba a las personas que pronuncien esa palabra. Pero antes de todo eso tendríamos que ir a buscar nuestro diccionario y tacharla.
Alto: No tenemos diccionario.
Flaco: Entonces ya hemos avanzado bastante.
Alto: No estoy de acuerdo en este tema de la carta documento y del presidente. Dentro de estas cuatro paredes nos alcanza con no pronunciar esa palabra maldita y es suficiente. Es el mundo el que no existe.
Flaco: Técnicamente el que no existe sos vos, pero esos son detalles. Si hablamos en términos estrictamente biológicos lo que llamamos –Y hace un gesto con la mano para dar a entender que no puede pronunciar esa palabra- no es más que información. Es el sistema nervioso que le avisa al cerebro que falta alimento. Lo único que estaríamos haciendo sería desinformándonos. Tendríamos que no mirar la televisión.
Alto: No tenemos.
Flaco: No escuchar la radio.
Alto: No funciona.
Flaco: No leer los diarios.
Alto: El puesto de la esquina cerró.
Flaco: Entonces ya está hecho, el hambre no existe.
Alto: Tengo hambre
Flaco: Yo también.


Entre sorprendido e incomodo el alto levanta su cuerpo y se incorpora en el lugar. Mira para todos lados como buscando algo que no existe. Se encuentra con una idea casi morbosa, extiende su mano y lo señala al Flaco, acusador y desconfiado frunce las cejas.

Alto: Decime la verdad. Que ni se te ocurra mentirme. Vos, alguna ves, ¿Trabajaste?
Flaco: Me estás insultando. Soy demasiado inteligente para ser útil.
Alto: ¿La inteligencia te hace inútil?
Flaco: No, no es eso. Es muy sencillo. Soy tan inteligente que no necesito servir para algo en especial. Mi inteligencia es útil en estado puro. Si se usa se degrada. ¿Y vos?
Alto: ¿Yo que?
Flaco: Eso. Si trabajaste.
Alto: Jamás. Soy demasiado libre para trabajar.
Flaco: Y eso como es.
Alto: Así.
Flaco: Explicalo un poco mejor.
Alto: Es tan sencillo que me da vergüenza. Tengo miedo de ofenderte.
Flaco: No hay ofensa alguna. Proceda.
Alto: El trabajo implica la utilización del tiempo en generar valor. Solamente los esclavos utilizan su tiempo de esa manera. Yo que soy un hombre libre, no tengo permitido por mí ética mal gastar el tiempo en ese tipo de actividades. De hecho cualquier acción, hasta la más mínima, es inmoral.
Flaco: Eso no puede ser. En ese caso no serias TAAAN libre.
Alto: No, no es eso. Tampoco es moralmente correcto ser absolutamente ético. Un hombre libre tiene la obligación de equivocarse.
Flaco: El error es necesario.
Alto: No solo necesario. Es ley. Si una persona pretende no equivocarse en toda su vida esta negando su condición de humano. Eso es una herejía.
Flaco: Una pregunta más. Si tenés la obligación de cometer errores, ¿Por qué no te equivocas y vas a trabajar?
Alto: Porque Tengo hambre.
Flaco: Si yo también.
Alto: Creo que lo más adecuado sería no comer hoy. Podríamos dejarlo para mañana . ¿Qué te parece?
Flaco: Si, la verdad que hoy estoy muy ocupado. Ayer tampoco puedo, creo que toda la semana pasada estuve con muchas cosas que hacer.
Alto: Haceme el favor y revisa tu agenda, no sea cosa que mañana tampoco puedas.
Flaco: No uso agenda. Lo tengo todo en la memoria.
Alto: ¿Tenés memoria?
Flaco: Si claro. ¿Vos no?
Alto: Si, yo tengo. Pero la verdad no esperaba que vos tengas y uses la memoria.
Flaco: ¿Y por qué no lo esperabas?
Alto: Pongámoslo en un ejemplo. Un actor tiene memoria. Memoriza un personaje. Un personaje no tiene memoria, simplemente es. Los que caminan dormidos son los personajes. Van por la vida creyéndose libres y en realidad están representando solamente un eslabón de un engranaje, un papel en una obra. Los que, como yo, son verdaderamente libres son los actores. Eligen quien ser. Y no solamente eso. Somos plenamente concientes de que no queremos ni aceite ni tuercas.
Flaco: Yo también soy libre entonces.
Alto: No lo creo. Te falta todavía. Tenés memoria. Eso es un gran avance, pero te falta otra cosa.
Flaco: ¿Comida?
Alto: No, es otra cosa. Es algo más abstracto.
Flaco: La luna.
Alto: Algo mas concreto.
Flaco: La nariz.
Alto: No, es como algo más elevado.
Flaco: El pelo.
Alto: No, no es el pelo. Es la razón.
Flaco: Razones sobran.
Alto: Si, pero la razón no es lo mismo que las razones. La razón es la capacidad de discernir entre lo que sirve a la memoria y lo que no sirve. Para después quedarse con lo que no le sirve y olvidar todo lo que si sirve.
Flaco: Ya lo olvide.
Alto: Puede ser entonces que seas actor.
Flaco: Y a demás tengo hambre.
Alto: ¿No tenés alguna idea?
Flaco: ¿Una idea que se coma o una idea para conseguir comida?
Alto: Dale.
Flaco: Cual de las dos.
Alto: A cualquiera.
Flaco: Saciedad. Ni se come ni sirve para conseguir comida. El sencillo acto de pronunciarla equivale, en calorías, a un bife.
Alto: Tengo hambre.
Flaco: ¿Cordones?
Alto: Ya no quedan.
Flaco: ¿Suelas?
Alto: Me caen mal.
Flaco: ¿Sombreros?
Alto: Imposible, el último me partió el corazón.
Flaco: ¿Te avandonó?
Alto: No, o si. En realidad no nos podíamos entender del todo bien. El problema estaba en que queríamos entendernos. Entender es, a veces, innecesario.
Flaco: Voy a robarme al verdulero.
Alto: No tardes. Tengo hambre.

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