miércoles, 30 de abril de 2008

Levadura


Dos personas sentadas, mesa de por medio se miran esperándose, midiendo la distancia que los separa.
Como un adorno de la incomunicación una fuente tapada guarda la masa, no la miran ni la esperan, lo presienten con naturalidad, dan por descontado su crecimiento.
Uno tiene escarbadientes, el otro no. Uno tiene los dos ojos. El otro puede tener una oreja, posiblemente la derecha. De la izquierda nada se supo, nunca nadie miró si estaba en su lugar.
Una especie de pretexto necesario los obliga, quieren hablarse, quieren quererse con las palabras, pero no saben como, no pueden dejar sus lugares.
Uno avanza atrevido por los abismos del silencio, levanta el repasador y espía. Encuentra el momento para mirarlo, para hacerse de sus rasgos, de las ojeras que colorean sus ojos, de las pestañas que esconden su bufanda. Le hace un gesto con una pera gastada por la barba de una semana, trata de sacarlo de la gastronómica relación que sostiene obsesivamente con sus uñas, lo encuentra entre los siete pulgares de su mano derecha y le repite la llamada, inicia una nueva comunicación basado en la contrastada imposibilidad de decir cualquier cosa.
No va a crecer te digo, sin levadura es imposible. El uno se retuerce y contorciona sus extremidades preso del miedo. Te digo que hay que cantarle y bailarle, le contesta dogmáticamente pero respetuoso de sus delirios. Las masas tienen harina, si no sienten la profanación de las letras no se realizan, necesitan la penetración del ritmo y la distancia de los pies aplastando las sombras de lo que ya paso. Entonces sonríen felices y aumentan su tamaño. Probablemente a razón de diez centímetros cúbicos por frase.
El otro lo mira desconfiado, no se decide a escucharlo. Indiferente recupera la mugre con un palito afilado que recorre el semicírculo del índice, aunque sabe que no puede dejar de sentir que algo debe hacerse. No habiendo otro remedio invoca a un coro de caballos con zapatos.
El uno se asoma con esperanza y levanta desesperanzado el repasador. No hay caso, no quiere crecer. El otro lo mira desencantado y vuelve a encantarse de sus uñas. Te digo que hace falta levadura, no hay otra forma de hacer crecer un bollo. Que no, a eso te acostumbraron, vos supones que es por la levadura porque nunca probaste métodos alternativos, entonces te conformas con repetir lo que te enseñaron. Lo tuyo es por pereza, es el facilísimo de repetir lo que ya está escrito solamente por no tomarte el trabajo de crear nuevas recetas.
El otro trata de servirse un vaso de whisky pero la botella está vacía. Se rehusa a escuchar ocupándose en meditaciones sobre cálculos de números irreales.
Es el whisky lo que te mata. Y vuelve a espiar, levanta un poco el repasador con campanas de navidad y mira con la fuerza del que cree que existen mundos escondidos en las voces del viento. No hay caso, no crece. Y como querés que crezca, lo tuyo es directamente una pelotudés. Si seguís por este camino vas a terminar pretendiendo de un repollo un balcón y de una sartén la cúpula de un castillo de arena. Conformate con la levadura, contrastada y leudante levadura, formula incorruptible con años de probado servicio. Eficiente y constante levadura. Una oda por favor a la levadura. La oda viene, saluda y se retira.
La barba del uno es frotada por sus dedos que resuelven un mechón en trenza gruesa con la grasosa colaboración de variedad de secreciones. El otro hace nadar su lengua en la fantasía de un áspero whisky, recuerda la casa de campo que queda en medio de un techo al que alguna escalera de madera torcida lo hizo subir porque mañana el fuego quemaría todos los puestos de pilotos y medias.
¿Pensás en alguna melodía para la masa?. Y otra vez levantar la vista del vaso, otra vez recorrer las posibles respuestas a una pregunta imprecisa pero absolutamente abarcante. Claro que no, pienso en el hambre que tengo, la única melodía que escucho es la de los ruidos que hace mi estomago por culpa de la ausencia de levadura. Ahora vamos a tener que comer la mitad. Es el rendimiento querido, esto es un atentado contra la optimización. Contra eso y contra la ulcera, que se agranda cuando el Whisky no es acompañado con un aperitivo que fomente la secreción de saliva.
El tono no es el más adecuado, otra vez la contorción de las piernas de uno lo sostienen en la distancia, lo apartan de la violencia del escepticismo.
Entonces le voy a contar una historia sobre un barco con vientos del sur que cruza las calles vestido de rojo. Podría decirle que un viejo de pelos en la nariz le cantó un tango a una especie de grillo. Yo crecería con una historia así. Es más, creo que ahora estoy más alto que antes. Fijate que hasta te crecieron los pies. El otro arrima la boca al vaso y piensa en las gotas de aceite que ensucian de negro los cordones de las calles. Se hace un nudo de dos vueltas en las zapatillas, la manga de su camisa no tiene un botón.
Con tanto que decir, lo tuyo es hermetismo, siempre fuiste muy esbelto para el vocabulario, lo tuyo es más que nada una capacidad de estilización, ¿Qué te cuesta hacer crezca el bollo?. Pero la estilización la uso para las mujeres, no levanto la masa, la harina tiene menos gracia. A mí me gusta mentir cuando me devuelven una mentira, si no me creen no tiene sentido. Entonces convensela, creo que si le ponés esfuerzo va a formar una familia, vas a conseguir trabajo y va a tener las medidas de las puertas de madera con vidrio arriba. El otro se esfuma en lo indeleble, zambullido en memorias desteñidas por los amarillos de la tarde y la degradación de los párpados.
Ya que no tenemos levadura proveemos con un poema. Que te parece si le escribimos una oda al crecimiento. No existe la poesía, todos lo poetas están muertos. Entonces no hagamos poesía. Pero tenemos que cantarle, creo que lo mejor va a ser hacerlo bajito y en la oreja, vos podes balancear la fuente.

Apurando otro vaso de whisky vacío mira el contorno de la curva de una vuelta a la plaza de dos faroles. En alguna de esas esquinas tuvo que dormir el sueño que nadie pudo hacer suyo por vergüenza.
¿Qué hacemos? El otro lo mira cansado de las preguntas. Contesta sin fuerza en las pantorrillas, creo que lo mejor va a ser que lo pongas así como esta en el horno.
Un silencio se dibuja en la transmutación de las posiciones. Cambian sus lugares para entretener sus nostalgias. Como intuyendo la nueva coherencia las oraciones se le caen por el agujero de los bolsillos. No hay manera, no tenemos gas. Entonces el otro manda al uno fijarse si el calor aparece con un cuento sobre duendes que se transforman en mujeres y sábanas que se hacen océanos en noches de lluvia. No creo que sirva contesta uno. Esperanzado en la contradicción sentencia que no hay forma de hacer calor sin fuego. Los dos se olvidan del pan. Ahora piensan en pensamientos circulares y en ideas que cambian de lugar para que nada cambie.

No hay comentarios: