
La cuestión estaba bastante confusa. En el transcurso del viaje Ricardo Singusto no pudo dejar de notar que algo no estaba funcionando como correspondía, aunque lo que realmente lo ponía de muy mal humor era no poder determinar que era.
Si bien el barbudo era un tipo extraño no había explicación para aparecerse así porque si en esa misma esquina un año después. Tampoco había explicación alguna para que él estuviese precisamente en esa misma esquina un año después, sin embargo había ocurrido así. Todo esto lo tenía quejumbroso y bastante alterado.
El camino de vuelta a la granja por lo general le resultaba muy relajante, pero este no era el caso. Nada le producía más placer a Ricardo que dejar la capital y volver a la tranquilidad de su hogar, llegar y encontrar a su hermosa Regina Aceituna enojada porque la habían abandonado por dos días era las hojas cayendo de los árboles. En la ruta había mucho camino recto implicado en que Ricardo no aburra con imágenes de colores y sombreros. Pero esta vez no había caso, no podía sacarse al barbudo de la cabeza.
Ricardo pensaba y pensaba. Es muy probable que todos seamos como títeres, que nuestros futuros ya estén escritos y que lo único que nos quede sea resignarnos frente al azar de lo que nos toca. Pero esta idea no lo convencía mucho. Después de todo el mismo barbudo, como maestro de los hilos, seria un perfecto titiritero, así y todo lo recorría la idea de que había tratado de convencerlo ¿Qué clase de titiritero convence a su títere de sus hilos? Claramente ninguno.
Entre lo largo del viaje y la rigidez de los obsesivos, Ricardo siguió dando vueltas al asunto. Supongamos que este señor titiritero puede hacer lo que se le plazca, pero eso le resulta muy aburrido. Entonces sucedería que me daría a mi una personalidad y un carácter, y después jugaría poniéndome en situaciones para ver como respondo ante ellas. Esta idea tampoco le cerraba mucho a Ricardo, la respuesta a esas situaciones jamás serían el resultado de su carácter sino del deseo del titiritero. Entonces, si aquel barbudo no era un dios burlándose de sus desgracias era un hombre totalmente demente. Después de todo había tenido que estar todo el día esperándolo en aquella esquina para ver en que momento del día acontecía lo improbable. Encima sería un cínico y un mentiroso que vino corriendo haciéndose el que llegaba tarde, todo esto tenía el sabor de la ceniza, para peor de los males no tenía el menor de los sentidos.
De esta forma, como no podía encontrarle una trama por la lógica, dispuso que fuese el resultado de una burla, un chiste de sus incapacidades por encontrar una mentira mejor. Una farsa convincente.
Así fue como el barbudo volvió a ser un titiritero que tenía en sus manos el destino de todo lo que existía en ese mundo.
Pero su poder no era ilimitado, por tal motivo tenía que intervenir en la vida de Ricardo de una forma que no se note su presencia. Seguramente tenía una historia lista para él, pero con el perverso motivo que supone el dramatismo estaba tomándose todo su tiempo para el desperdicio. Seguramente una gran broma estaba siendo pensada. Todo esto debía ser una especia de curso avanzado en humorismos.
Este punto le interesó mucho a Ricardo Singusto. El titiritero mundo barbudo no existía ni estaba sujeto a las leyes del tiempo que corrían en el mundo de Ricardo. Si para Ricardo había pasado un año entre su primer encuentro y el segundo, para el barbudo podía ser que solo pasase un momento, o que en realidad se trate de un mismo instante. De hecho el titiritero barbudo ya tenía pensado el final de esta historia, y cada una de sus intervenciones estaba planeada para distraer lo inevitable, para sorprender con lo obvio. Supongamos que el titiritero lo quisiese ver ofendido y humillado, no alcanza con un de repente. Es necesario que primero este todo bien, con una mujer hermosa esperándolo en un granja, que lo maravilloso este al alcance de su mano, que lo este por tocar y que sólo en ese momento/lugar todo se derrumbe. Eso si tenía más sentido. O por lo menos era más entretenido para Ricardo pensarlo de esa manera. Lo bello es suficiente.
Pero no había necesidad de ser pesimistas, el barbudo podía tener ganas de escribir la historia de Ricardo Singusto, el hombre que borró el hambre del mundo. Y entonces planeó todo, salvo que la pelotita azul no fuese dada al chancho en la dosis adecuada. Eso si que fue un error. Pensar que los errores se liberan de la cárcel de lo predecible e irrumpen en las historias para dislocarlas es sencillamente aterrador, y Ricardo prendió un cigarrillo. Entre la maldad de una conciencia o la incertidumbre de la inconciencia lo desconocido aparece como monstruoso. No hay nada más horrible que un signo de preguntas. Pero seguramente el titiritero barbudo encontraría una forma de reencausar su historia y Ricardo lograría ser un prócer y un héroe, a demás de un señor muy rico. Como mínimo lo que deba ser será, más allá del problema de la geografía del deber. Esta posibilidad puso muy contento a Ricardo, y llegó al punto de imaginarse como las mujeres, al verlo pasar, harían bromas con su apellido y le dirían que tiene mucho gusto, y que además es muy lindo. Y también se imaginó como este acoso permanente pondría muy celosa a Regina y que él, con mucha paciencia, tendría que explicarle que las consecuencias de su nobleza lo obligaban a tener que soportar todo esa honra innecesaria y que sabia perfectamente que estas señoras (las llamaría así para hacerlo más formal frente a Regina, en realidad sus admiradoras serian hermosas señoritas) conocían solamente su fama y dinero y que en cambio a ella era la dueña hasta de sus sueños.
En eso estaba Ricardo cuando notó que le faltaban pocos kilómetros para llegar a su casa. Lo que iba a encontrar allí superaría cualquiera de sus fantasías, tristeza y alegrías, todo a la vez para evitar tomar decisiones.
Mientras se imaginaba un pequeño amorío con otra mujer, mientras pensaba que Regina se enteraba de este amorío pero decidía perdonarlo (al momento de imaginarse la excusa que le iba a dar a Regina se dio cuenta que ninguna le parecía suficientemente ética, así que decidió saltearse esta parte tan problemática para ir directamente a la reconciliación), en fin, mientras seguía en sus caminos imaginarios Ricardo se dio cuenta que se había pasado al ver la entrada de la granja de su vecino.
Esto era bastante raro, la puerta de entrada a su casa era de un verde muy hermoso y tenía una puerta muy grande, era muy difícil no verla desde la ruta aunque uno valla distraído. Y él había pasado diez mil veces. De igual forma todo fue atribuido al horrendo día que había tenido y al cansancio de ser un héroe, así que retomó sin mayores sobresaltos prometiendo tener más cuidado para la vuelta.
Mucha fue su sorpresa cuando, en el lugar donde debía estar la entrada a su granja no había más que tierra. Ricardo estacionó la camioneta y bajó a inspeccionar el terreno. No había rastros de maquinas por lo que descartaba que Regina hubiese cambiado la puerta, por otra parte ella era la primera en jactarse de que aquella entrada era la más linda de todas y en última instancia jamás hubiera tomado una decisión tan importante en su ausencia y sin consultarlo. Salvo que estuviese enojada. No habiendo más remedio y se bajo pisando un pasto mojado por el rocío.
Pero por más que trató y trató no podía ver la casa, ni el granero y, dándose cuenta en ese momento, no estaban las cosechas en su lugar, ni las rejas, ni los animales, ni había nada en toda la granja. O eso por lo menos le había parecido a él.
Que todo hubiese desaparecido así porque si, de buenas a primeras, no era una alternativa, pero si su vista no lo traicionaba algo había pasado. Fue en ese momento que escuchó un sonido asqueroso, de los más desagradables que había escuchado en su vida. Similar a un llanto de bestia pero más chillón, algo como muy agudo pero demasiado fuerte se escuchaba desde lo lejos, donde teóricamente estaban plantadas las papas. Sin perder más tiempo se dirigió.
Muy rápido pudo identificar el origen del sonido, lo que le llevo más tiempo fue hilar la desaparición de la granja con el sonido. Lo que encontró Ricardo en la ex/plantación de tomates fue a Ricardito, el chancho, tirado panza para arriba, como si se pesase su propia existencia llorando como un crío. Hasta parecía estar haciendo un berrinche.
Ricardo se quedó mirando a Ricardito desde lo lejos y de tanto mirar pensó que ya no solo sus ojos lo engañaban sino también sus oídos. El chancho, Ricardito, estaba pataleando y chillando cuando empezó a decir, en una voz muy clara, que sabía que no tenía que comer tanto, que sabía que le iba a hacer mal, que se tenía muy merecido ese dolor de estomago por glotón. Soltó un montón de lamentos por el estilo de lamentar.
Ricardo Singusto se quedó espantado al ver que su chancho hablaba. Pero como es lógico en una situación semejante no pudo siquiera moverse o decir palabra alguna. Ricardo se quedo ahí parado, escuchando a un chancho flaco quejarse por haber comido mucho.
Si hubiese sido por Ricardo aquella escena hubiese durado una vida entera, pero Ricardito, menos espantado que su dueño, dejó repentinamente de llorar y patalear cuando su nariz anunció la presencia de Ricardo Singusto. El chancho se puso en cuatro patas de un salto y se quedó mirando fijo a los ojos a su dueño.
Ninguno de los dos decía palabra alguna ni era capaz de hacer algún movimiento
Entonces fue cuando Ricardo salió de su asombro y casi como queriendo confirmar lo que había escuchado y visto un momento atrás le preguntó al chancho.
-Ricardito, ¿vos estas hablando solo?-
Casi sin prestar atención a la pregunta el chancho volvió a hacer un berrinche de nene chiquito y empezó a quejarse a los gritos.
-Pero que chancho tonto, ¡como se puede ser tan tonto! Decía y repetía este y otros insultos similares también para mantener un estilo.
Ricardo, sin entender lo que estaba pasando, insistió en un tono mucho más blando, casi al punto del desmayo y le preguntó.
-Ricardito, contestame por favor, ¿vos sabes hablar?-
El chancho, molesto por todo aquello y otra vez muy de repente, se puso en cuatro patas, sin decir palabra caminó alrededor de Ricardo, como observándolo.
El asombro era descomunal explicaba porque no hubo otro intento de pregunta. A toda esta escena siguió un silencio y las tres vueltas del chancho alrededor de su amo, el centro del círculo enmudeció desbordado. Ricardo no podía hacer otra cosa que mas que seguirlo con la mirada. Por suerte los silencios también se rompen. Fue Ricardito quien tomó la palabra.
-Bueno, como yo lo veo la cosa esta muy mal. Resulta que vos no me podías escuchar hablar, pero ahora que me escuchaste ya no te puedo comer.
Eso para vos parece ser bueno, pero no tanto. Resulta ahora que yo sólo puedo comer lo que vos me des. Eso y nada más. Así que eso vuelve a parecer bueno para vos, pero no tanto. Si vos no me das de comer yo voy a tener que comerme a mi mismo y eso vuelve a parecer bueno para vos otra vez no tanto. Si yo me como entero vos te morís. Así esta la cosa. Si vos no me hubieses encontrado hablando llegabas, te comía y fin. Pero como yo soy un tonto tan tonto que se come hasta los tomates ahora estoy que reviento del dolor de estomago, así que no me di cuenta de que llegaste. Te pido perdón por eso, fue un error, ahora solo el diablo sabe que va a pasar por mi descuido-
Ricardo escuchó palabra por palabra, pero sin prestar atención, lo único en lo que pensaba era que un chancho que le estaba hablando y eso le nublaba el juicio. Ricardo se rascaba la cabeza como pensando y el chancho, un poco impaciente, le recriminó que lo estaba ignorando y que eso era de muy mala educación, ya que a partir de ahora tendrían que ser buenos amigos porque Ricardo iba a tener que darle de comer. El chancho hizo otro chillido al decir esto. Ricardo, como si el chillido lo despertara preguntó.
-¿Y mi granja?-
- Me la comí-
- ¿Entera?
- Toda la granja. Ni la puerta dejé, estaba riquísima-
- ¿Y como seguís tan flaco?
- Y eso porque vos me diste esa pelotita azul, ¿No dudaste? Si no existe la comida azul. Bueno, resulta que esa pelotita…
Pero Ricardo no lo dejó seguir hablando, lo interrumpió y en una desesperación se le escapó, se transformó el mismo en una pregunta. El silencio.
-¿Y Regina?-
Ricardito miró para abajo y con su pata rascó un poco el piso. Ricardo, con la boca abierta y el corazón en la garganta esperaba sin pulso la respuesta.
- También me la comí- Ricardo Singusto se implosionó. La noticia había sido demasiado fuerte para él.
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