lunes, 30 de junio de 2008

Tres


Por supuesto el señor Aceituna era perfectamente conciente de la incapacidad estructural que condicionaría el fracaso comercial de la feliz pareja. En realidad a él no le importaba el dinero que había invertido en liberarlos, pero cuando Regina fue suplicante a pedirle que también ayude a la liberación de Ricardo el pudo leer en sus ojos que ese muchacho podría hacer feliz a su hija. Esto era lo único que le importaba.

A Regina la liberaron dejando bajo sospechas de todo a Ricardo. Si bien sobre ella ya se había dictado un procesamiento (al igual que sobre Ricardo) la justicia había determinado que ella no implicaba un riego para la sociedad así que le permitieron ir a su casa mientras el juicio no tuviese sentencia. A pesar de que el señor Aceituna nunca lo admitió mucho tuvo que ver en esta decisión su amigo el señor fiscal. Pero a Ricardo nadie lo protegía y se podría haber muerto preso sino hubiese sido por Regina.


El señor Aceituna estaba cenando. Solo, como de costumbre, cuando su hija tocó timbre. A pesar de la alegría que le producía verla se quedó callado y la hizó pasar como manteniendo cierta distancia. Ambos se sentaron en el living alrededor de la mesa principal, mesa demasiado grande. Estaban muy lejos el uno del otro.

El señor Aceituna empezó la conversación ofreciéndole a Regina algo para tomar, pero ella no aceptó.

Muy serena le explicó a su padre que sabía perfectamente que él era el responsable de su libertad y que no podía tener más que palabras de agradecimiento para con él que tantas veces la había perdonado y amado incondicionalmente. Le explicó que, como él muy bien sabia, ella jamás le pedía nada y que prefería retorcerse de dolor antes que admitir que necesitaba ayuda de alguien, en especial de él. Le dijo también que en este caso, en este caso puntual, no era su dolor el que estaba en juego sino el dolor de la persona por la cual estaba dispuesta a sacarse los ojos con una cuchara. La persona por cuya vida ella estaba dispuesta a sacrificarlo todo, hasta su orgullo. Prueba de ello era que ella estaba en esa mesa sentada.

El señor Aceituna escuchó en silencio a su hija. Por decisión de ella su relación había sufrido estrías, várices, hemorroides, hemorragias y calvicie. Ella era rebelde y orgullosa, así que se aisló de todos los que la querían sin dudarlo un solo segundo. Su padre, en silencio, dejó a su hija hacer su propio camino, aunque desde las sombras, sin que Regina se enterase, hacia lo imposible por ayudarla. Cuando escuchó el timbre de la puerta miró el reloj con un suspiró de aire frío. Por la hora estaba seguro que era su hija que venía a acusarlo de corrupto y de metido y a repetirle que mil veces le había dicho que no tenía derecho a meterse en su vida, se imaginaba escuchando que así tuviese que estar cincuenta años en la cárcel no tenía que meterse. En parte tuvo razón, era Regina la que tocaba el timbre, por todo lo demás confundió el fresco con la batata.

Frente al desconcierto le explicó a su hija que hasta sus piernas estaban a su disposición si eso la hacía feliz.

Aunque Regina le hizo notar a su padre que exageraba y no perdió la oportunidad de mostrarse indiferente, en lo más profundo de su vientre se sintió tan conmovida como un pato en verano. Le había dicho que si, y antes de que le diga que era lo que necesita. En ese momento sólo podía pensar en la noche de sueño que había perdido armando palabra por palabra lo que le tenía que decir para convencerlo, pensaba en las infinitas respuestas a las infinitas pregunta que ya estaban pensadas. Todo en vano, ahora se había quedado muda.

Regina le explicó, él hizo un solo llamado y a los dos días Ricardo estaba afuera. Había ofertas de agradecimiento al por mayor. En el peaje había colas de camiones que transportaban containeres de gracias para el señor Aceituna, pero Regina los prohibió rotundamente y le explicó que ella hablaría con su padre, que él no tenía que preocuparse por esas cosas.

Fue de esta forma que, a pesar de su terrible orgullo, Regina tuvo que aceptar la granja que le ofreció su padre sin protestar. No podía hacer otra cosa, para mantener la distancia con su padre, y sobre todo esa innecesaria posición de independencia en la vida, le exigió que le cobre hasta el último de los centavos que había gastado en todo este lío. El señor Aceituna primero se mantuvo intransigente en que su hija estaba loca, pero después vio en esta situación una muy buena oportunidad. Le dijo a Regina que aceptaba que le pagasen, pero solo a condición de que fuese con trabajo. Le propuso que se ocupasen de la granja y que tomasen esto como una empresa a cargo de los dos. Solo aceptaría dinero de ella si ella aceptaba la granja. Jaque mate. Para Regina aceptar era como dejarse escupir la cara (jamás había aceptado ayuda de nadie).

El señor Aceituna quedó muy contento con todo este asunto, sabía que su hija estaba profundamente enamorada de Ricardo, sabía que en el campo no tendría muchas posibilidades de meterse en problemas y sobre todo se aseguraba que Regina tuviese una fuente de ingresos para llevar una vida digna. Todo por un botellazo en la cabeza y un par de puntos de sutura.

Pero todavía quedaba una cuestión por resolver, ¿Cómo iban a hacer estos dos para hacerse cargo de una granja? Era evidente que ninguno sabía nada de nada, y por el carácter de su hija era más que evidente que no aceptaría ni sus consejos ni a sus contactos. Fue esta la ocasión en la que Ricardo conoció al señor Aceituna. Mi bien se conocieron nació entre ellos una muy buena relación y Aceituna vio en este muchacho una forma accesible de cuidar a su hija. Sin que Regina se entere Ricardo se hizo de un muy completo asesoramiento sobre granjas y de varios contactos de gran valor. Esto no fue una traición por parte de Ricardo Singusto, todo lo contrario, a él le pesaba mucho todo lo que el padre de Regina había hecho y se había prometido pagarle de alguna forma. Lo único que se le exigía era que aprenda a cuidar a Regina. Estaban hablando el mismo idioma.

Así fue como el señor Aceituna tuvo la excusa perfecta para presentarle a Juan Bautista, conocido suyo de muchos años. Con él Ricardo hizo varios negocios. Muchos buenos, otros no tanto. Pero Ricardo era un tipo muy agradecido, así que cuando Juan Bautista le preguntó si tenía espacio en su granja para engordarle un chancho él le contesto que si era necesario usaba la cocina misma como chiquero. Y le dijo más, le dijo que le pondría de nombre a su chancho Ricardito en señal de que lo querría y cuidaría como a un hijo. Eso si, ya en broma, Ricardo Singusto le prometió no encariñarse demasiado con el animal por miedo a no querer matarlo más tarde.

Pero no todo fue color de rosas en la relación de Juan Bautista y Ricardo. Ese mismo año Juan le trajo un negocio muy grande a Ricardo de exportación de tulipanes. Juan Bautista ponía la materia prima, los contactos y los clientes, Ricardo solo tenía que encargarse de hacer crecer los tulipanes. Auque muy trabajador Ricardo era también muy displicente y poco ordenado. Así que no prestó atención un día y le hecho un matabichos en lugar de agua a gran parte de la cosecha, cuando lo notó era ya demasiado tarde. A pesar de todos los esfuerzos que hizo la cosecha terminó siendo la mitad de lo esperado y Juan Bautista quedó muy mal con sus clientes.
Este mismo diez de enero, en aquella misma esquina, Ricardo volvía de su reunión. Como para romper el hielo Juan Bautista le preguntó como estaba el chancho, Ricardo le contesto, preocupado por los tulipanes, que estaba flaco, la respuesta fue seca y distante, Juan bautista se sintió bastante incomodo por esto. Encima de todo tuvo que escuchar que la cosecha de tulipanes había salido muy mal, fue un castillo de cartas, cagada tras cagada pero prolijamente apiladas. Aquella reunión resultó bastante violenta, indirectamente violenta, y Ricardo rogaba que no se le cruce nadie, estaba seguro que el pobre infeliz que le diga hola a Ricardo se iba a tener que tragar un innecesario andate a la concha de tu hermana. O la reconcha de tu hermana si era medio feo.

En ese momento todo esto le parecía muy importante y justificación suficiente para estar con cara de perro. Pero todo esto quedó ninguneado y olvidado. Enterrado bajo una historia que cacheteo las pobres mejillas de Ricardo hasta que se le cayeron todos los dientes.

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