lunes, 30 de junio de 2008

Seis


Ese día Regina se levantó muy contenta. Para ella Ricardo era un regalo del cielo, jamás habría podido encontrarlo. En sus fantasías himalayicas, en sus viajes por alfombras voladoras, no hubiera podido crear una persona como él. A veces cuando una persona imagina lo que quiere comete ciertos errores deseando una salsa de mariscos cuando el pescado hace que se le hinche la lengua.

Pero la realidad en ocasiones es generosa, y lo fue con Regina. Ricardo Singusto no es lo que ella imaginaba, pero era lo que a ella le hacía bien. A pesar de todo esto cuando Ricardo tenía que viajar a la Capital o a otra parte Regina procuraba sacarse los zapatos, después los pantalones, la remera y las medias para por último desatarse el pelo. Sólo de esta forma disfrutaba de su soledad desnuda, y esto le producía un erizamiento epidérmico que le dejaba la piel esperando, dispuesta a captar los susurros de los vientos.

Esa noche cuando Ricardo salió Regina se desnudó. Estaba sentada en la puerta de la casa leyendo un libro sobre meteorología. En la granja había una armonía sonora que siempre le gustaba mucho. Mientras que en la ciudad los sonidos aparecían por todas partes de una forma muy ordenada, repitiendo todos sus límites, en el campo parecía que eran absorbidos por una gran boca que los iba vomitando progresivamente componiendo una canción invisible. En la ciudad sólo hay ruido decía Ricardo, y Regina lo recordaba. Esa misma noche, cuando el agua se enfrió, Regina miró por mucho tiempo el sembrado y escuchó como el viento movía las cosas, fue un hormigueo anónimo en el olor de sus pelos. Escuchó los pequeños sonidos que se escapan y pensó que la luna estaba muy grande y demasiado cerca.

No era una mujer muy constante para leer, más que otra cosa hacía el intento por los continuos pedidos de Ricardo, pero por lo general iba leyendo capítulos salteados para engañarlo, como él se dejaba mentir los dos se reían. Aquel libro de meteorología le parecía muy importante, en el campo hay que saber cuando va a llover, pero la idea de que nadie en los alrededores leía y que todos sabían cuando llovía la hizo distraerse diez minutos después de empezarlo. Desnuda como estaba salió a caminar por la inmensidad de la noche.

Caminó como por tres horas, pisó pasto, rocío y piedras, se pegó la punta del dedo gordo contra una advertencia. Tenía sangre. Después se fue a dormir, pero no en su cama, sino en el sillón del living. En aquel lugar había un ventanal muy grande que fue dejado abierto previo girar el sillón, se podría decir que prácticamente se estaba durmiendo afuera de sus adentros. Corría mucho viento y tuvo que taparse con una frazada, Regina durmió esa noche como nunca en la vida. No soñó.

Por supuesto, como en toda granja que se precie de ser tal, Ricardo y Regina habían comprado un gallo. No había en la casa ni relojes ni espejos, pero si un gallo. Le pusieron Juanito y los dos se pusieron muy triste un mes después cuando lo regalaron a un vecino porque los despertaba muy temprano. Prometieron visitarlo y nunca cumplieron. Así que la pareja aprendió a levantarse con la luz del amanecer, a veces con el calor del medio día y a veces con las ganas de ir al baño que siempre tenía Ricardo por las tardes. Eso si, todos los días se levantaban.
Esa mañana Regina se despertó muy temprano. Como a las diez y media de la mañana. Era diez de enero y había un sol enorme que hacia que la tierra refracte mucho calor. Regina estaba muy contenta, pero había algo que no estaba bien. Encontró el sabor de la incertidumbre cuando vio el chiquero.
La cerca que la pareja había preparado como cerco parecía haber desaparecido sin dejar rastros, el chancho corrió con la misma suerte.

Regina no se puso nerviosa, pero se puso a buscarlo. Debería haber tenido una profunda intriga, una cerca no desaparece así porque si de la noche a la mañana, pero no fue el caso. Regina miró lo que no estaba y comenzó el ritual de la búsqueda como invocación de todo lo perdido. Esta vez fue innecesario.
Sentado, en la entrada de la casa, estaba Ricardito. La miraba con ojos graves y fijamente. Seguramente hubiera sido muy prudente prestar atención al chancho, había desaparecido misteriosamente, había reaparecido misteriosamente y la miraba relamiéndose los labios. Pero, otra vez, no fue el caso. Solamente hubo una mirada, un –A, apareciste- y nada más. Regina pasó por el umbral de la puerta pensando en que habría que hacer un nuevo corral o ubicarlo en otro lugar. Le pasó por al lado y le tocó la cabeza en señal de empatía con el desarraigo.

Regina se sentó desnuda en el sillón con los pies arriba de la mesa. Pensaba en hacer mate para desayunar. Entonces notó que el chancho seguía en el umbral de la puerta mirándola y relamiéndose. Como entendiendo hizo que le hablaba.
-¿Estas triste ricardito? Quedate tranquilo, no te vamos a comer. Estás muy flaco todavía. Seguramente tu dueño, al escuchar que no te alimentamos bien va a pedir pasarte a buscar. Te queda poco tiempo acá. Vení, ¿Querés un biscochito? Esta medio duro porque tiene como dos días. Pero a vos eso no te importa ¿no?-
Entonces Regina le ofreció a Ricardito el biscochito estirando la mano más allá de sus sombras.

El chancho, muy pensativo, no dejaba de mirarle los ojos, siquiera prestó atención al ofrecimiento. Se levantó del suelo y estiró su arremolinada colita. El tirabuzón se hizo recto y después tirabuzón. Eso, en lenguaje de ricardito, significaba que estaba listo para comer.
Pero esta vez no era cualquier plato, era la hermosa Regina la que estaba sentada con la mano extendida hacia él. Disfruto en no apurarse. Sin dejar de mirarla, sin dejar de no prestar atención al biscocho, caminó a su alrededor. Regina, queriendo alimentarlo se paró, saltó el sillón y se puso en cuclillas para estar a la altura del animal.

En ese momento la belleza de Regina fue insoportable. Desnuda, ahí enfrente, sonriente e inocente. Estaba todo listo.
Comprándose a la victima se acercó y tomó primero el bizcochito. Mientras lo comía Regina le acariciaba la cabeza. El chancho se relamió pensando en la entrega y apoyó el hocico en las rodillas de la dama. Las rodillas estaban juntas, el hocico en el medio, y las caricias empezaron a ser con las dos manos. Ricardito empezó lentamente a lamer las piernas a la altura de los muslos y después un poco más arriba.
Mientras el chancho subía sobre las piernas de la dama mirando el techo, Regina hablaba sola.
-Vos sabes que yo, cuando era chica tenía un gatito, y la lengua que tenía era muy áspera, por eso no me animaba mucho. A parte, tenía mucho miedo a las enfermedades, pero igual, cuando estaba sola a veces el también me daba besos como los tuyos. Claro que tu lengua es más suave, y tus besos-

Mientras hablaba las rodillas perdían las ganas de tocarse. Ricardito siguió acercándose, amaba lo agridulce. Empezó con pequeños sorbos a devorar la humedad de su sexo, ella estaba muda de placer.

Sin quererlo se dejó caer, la cola estaba en el piso y los tobillos muy apretados. La espalda estaba apoyada en el sillón y las dos manos rodeaban la cabeza de ricardito, metiéndola cada vez más adentro.
Regina estaba con los labios apretados y tanto el seño como los ojos estaban fruncidos. Respiraba profundamente, a cada vez que la lengua subía su cuerpo se inundaba con excitación.
Era muy desde abajo y lo abarcaba todo, no existen las distancias o los rincones para la lengua de un chancho. Los movimientos fueron cada vez más intensos, no en velocidad sino en colores. El placer se hizo ruido. Las manos de Regina no pudieron evitar apretar las orejas del chancho, las apretaban con fuerza y hacia adentro. Cada vez más a dentro, clavándole las uñas, la sangre, tirando de la vida.

Fue entonteces que largó todo el aire de una vez, en un grito sordo, mientras metía el chancho la lengua, mientras Regina y el hocico, mientras la luna miraba en silencio.

Cuando terminó el chancho se alejó. Dio dos pasos para atrás y se quedó mirando a Regina, con el hocico humedecido, relamiendo la inmensidad del sabor del orgasmo de una mujer. Ella jugaba con sus dedos, tocándose, esperando que no termine, tratando de grabarlo con humo en su memoria. Una luz en su ojo izquierdo la mostró insaciable, no tardó en llamar al chancho con un gesto para que la haga sonreír un poco más. Saco otro biscochito.

Ricardito se relamió el hocico, esta vez no pensaba en por los restos de Regina que todavía colgaban de sus pelos. Como un oráculo infalible la saliva empezó a brotar en cantidades continentales. La lengua ya no podía contenerse.

Se la estaba comiendo con el pensamiento. Ella agarró al chancho y dio con el la vuelta al sillón. Se sentó para estar más cómoda, abrió las piernas entregándose. Ricardito avanzó lentamente. Hizo el camino como de memoria. Cuando llegó al lugar más dulce de una mujer, de una mordida, se comió todos sus amores.

Ella gritó del espanto mientras el chancho chupaba los restos de sangre metidos entre sus dientes. Las piernas de la dama ahora empezaban en su ombligo. Con la mano en la herida Regina se levantó con los ojos desorbitados, no podía pensar en nada por el dolor. Instintivamente se subió al sillón cayéndose para atrás.

Arrastrándose por el suelo trataba de alejarse, la seguían en pausas que congelaban los segundos, con los ojos fijos en los rastros de su muerte. Ella empezó paralizarse, ya no tenía uñas, ya no tenía aliento. Lo único que podía ver era sangre, su sangre, un hocico y una lengua. Ricardito se puso a lamer del piso el surco rojo que marcaba el escape de la ingenuidad. Ella quedó con la espalda contra la pared, con la mano tratando, mirando esa misma lengua y pensando en los sueños que abandonaba para siempre.

Cuando Ricardito terminó con el piso miró a la dama, fueron esos ojos los que destiñeron las paredes. Se abalanzó sobre con violencia y el chancho se hizo bestia. Ni un grito tuvo lugar. Regina trató de pararlo, pero él tenía una fuerza sobrehumana, parecía pesar cinco toneladas. El esfuerzo de sus brazos fue insuficiente, fueron cuatro lágrimas en los ojos. Se comió un hermoso tobillo y después el otro. Trató de arrastrarse, pero una inmensidad atrapó su pierna y la sacudió tirándola contra la pared. De un salto Ricardito se fue sobre la comida.

Primero por las piernas, después por los brazos, Regina solo trataba de sufrir pero no podía. Entonces el chancho la miró a los ojos, se vieron por última vez. Ricardito siguió por el estomago y dio muerte a la dama. Cuando terminó con su cuerpo bebió del piso y las paredes toda la sangre derramada con una goce repúgnate. Después se comió la casa y las plantas. Se lo comió todo.

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