lunes, 30 de junio de 2008

Siete


Estaba en lo más profundo de una fosa repleta de agua. Era una asfixia insoportable, cada gramo del aire que salía de mi boca era un poco de vida que se me escapaba. El agua peleaba por ocupar mis pulmones, por inundar mis venas. Quería secarme la sangre. Traté de nadar a la superficie, cada brazada más fuerte que la otra, cada patada tenía la desesperación del mundo cuando se derrumba sobre los hombros de un eunuco. Pero la superficie no llegaba, el aire se escurría fiera fuerza de lo inevitable y los músculos cansados me trataban de convencer de que todo estaba perdido. La desesperación de mi voluntad estaba siendo castigada por la fatiga de mi cuerpo, fue como un duelo entre mis ganas de seguir viviendo y la necesidad de paz. El resultado hubiese sido otro, pero lo vi, inalcanzablemente lejos estaban las dos lunas de mi salvación. Eran más luminosas que el mismo sol, encandilaron la cruz de mi tumba y me obligaban a alcanzarlas, a respirar. Con el poco aire que me quedaba en los pulmones haciéndose burbujas me escapé, nunca en mi vida desee tan fervientemente algo como llegar a ver ese relieve, mis manos como remos tiraban ríos de agua para atrás impulsándome a velocidades siderales. Las lunas me llamaban, en su canto estaba el hechizo de la vida y yo me abrazaba a mi última esperanza. El abismo se transformó en un charco y todas las orillas del mundo corrieron como oxigeno por mis pulmones. En cuanto pude sacar la cabeza una pendiente recorrió todo mi cuerpo en caudales volcánicos como un reflejo del triunfo que dejaba sobre mi sensibilidad ese sabor dulce al paladar de perder lo que se estuvo deseando por años. Fue una bocanada de aire y se me permitió ver en toda su plenitud la belleza magnifica de las dos lunas. Centellantes, brillantes, hermosas, me hablaban, me cantaban, me decían –Ricardo, Ricardo, despertate. Ricardo, Ricardo-

El chancho estaba sentado al lado de Ricardo Singusto. La inpulcra saliva del animal había logrado sacarlo del desmayo y cuando éste pudo ver que sus hermosas lunas no eran más que los ojos del asesino toda su cara sufrió una expresión de perplejidad que se transformó en asco para terminar siendo un profundo dolor por la ausencia interminable de una mujer. Ricardo sintió que había muerto con ella. Sacó el agua del abismo que tenía sobre la cara y se incorporó. Estaba decidido a tener una severa conversación con aquel chancho.

Ricardito se puso muy contento cuando su amo despertó, después de todo había estado tirado en el piso como por tres horas y, por ende, el no había comido nada como por tres horas. Así que cuando Singusto estuvo listo el chancho empezó a dar vueltas a su alrededor en clara señal de alegría –Que bueno, que bueno, Ricardo se despertó, Ricardo esta despierto y ya es hora de comer. Que bueno, realmente es muy bueno que te levantes, por tu salud Ricardo, no es bueno estar así acostado en el piso, hay muchas víboras por esta zona, yo lo sé porque me comí como una entera y además tenés que saber que ahora ya no tenés paredes para que no pasen, acordate que me comí tu casa. Pero todo eso ya no importa, lo único realmente importante ahora es comer. Yo propongo que nos vallamos de este lugar lleno de cosas feas a un lugar donde existan más manjares, es decir más mujeres. Dado que a vos no te puedo comer, y que por otra parte pareces tener la carne muy flaca, propongo que visitemos muchas mujeres. No te creas que soy exquisito, por el hambre que tengo en este momento me comería la casa de tu vecino si es por tener un aperitivo, pero me parece que, ya que nada nos detiene, es bueno pensar en grande. Así que, según lo que acabamos de conversar, sería bueno ir a comernos primero a tu vecino, a su casa, a todo lo que tengamos allá al alcance y después si, con el estómago apaciguado, hacer un viajecito a un lugar más poblado. Claro que si estamos muy lejos vamos a tener que hacer algunas paradas, pero esto no es problema, seguramente algo va a aparecer.-

Ricardo, en un ataque que mezclaba un poco de vómito y un poco de asco, se tiró contra el chancho para ahorcarlo, pero Ricardito lo tiró por los aires como tres metros solamente con un movimiento de su cabeza. Un poco pensativo trató de comprender la tontería que Ricardo había hecho.

-Vos no podés matarme. Primero porque no sabrías como, pero más importante todavía, porque ahora somos una sola persona. Vos tenés que alimentarme y yo no puedo comer nada que vos no me des. Pero si vos no me alimentas yo voy a empezar a comerme a mi mismo y eso sería tu propia muerte.-

Ricardo no creía en nada de lo que estaba pasando, ni siquiera en que el chancho pudiese hablar, aunque él mismo lo estaba escuchando. Así y todo fueron cayendo la impotencia y el desconcierto.

-Por mi matate de hambre, comete entero, mordete los huevos si querés, pero yo no te voy a dejar comer ni a una hormiga más, no me importa que me muera por eso, todo lo que tenía en este mundo esta adentro tuyo, te lo comiste, ahora ya no tengo nada, así que por mi hace lo que quieras-
-Me parece que no estás entendiendo muy bien. Como yo ya te lo explique, vos y yo somos una sola persona. Vos, en tu ingenuidad, me acabas de dar permiso para que yo me coma a mi mismo. Eso es bueno para mi porque me da una alternativa, pero eso, para mi, no es una salida. Si yo me como tengo una gran ventaja, me deshago de vos, que sos lo único que me impide comerme todo lo que yo quiera. Pero voy a tener un gran problema, un problema enorme. Vos te morís pero tu cuerpo no. Mi cuerpo se transformaría en el tuyo, yo pasaría a ocupar tu forma y tu cuerpo que, en realidad, no es ningún lujo. La verdad es que la forma humana no me gusta en lo más mínimo, pero las cuestiones estéticas no son importantes, acá lo importante es que tu cuerpo no comió la pelotita azul, así que no aguantaría ni a media persona sin descomponerse. Y lo peor de todo es que, si llego a poder hacer entrar una persona, tu cuerpo empezaría a engordar y hasta reventaría, de eso estoy seguro. En este maravilloso cuerpo no tengo ese problema porque come y come y no engorda. A pesar de mis cálculos parece que no puedo comer todo lo que quiero, los tomates me cayeron bastante mal y las maderas también, pero así y todo las pude digerir sin problema. Tu cuerpo, mucho más delicado, no soportaría cosas como un picaporte. Es demasiado sensible.
-Para para para, todo esto es absurdo, ¿Cómo se que estas diciendo la verdad? No tiene el más mínimo sentido para mi todo lo que me estás contando. Por otra parte no tengo ni un sólo motivo para creerte, en lo que a mi respecta sos nada más que una bestia que habla, un asesino, el asesino de mi mujer, de Regina. Y te digo más, por mi podes irte a la reputísima madre que te recontra reparió, chancho hijo de un camión de putas. Morite de hambre, a mi no me importa. Comete a vos mismo, tu propia mierda si querés. A mi me da lo mismo. Yo me voy. –
El insulto, tan desde lo profundo de su dolor, undió a Ricardo en una pena cayada. Fue como ese desahogo que nos devolve a las sombras.

Pero el chancho no le permitió disfrutar del olvido. Cuando escuchó las palabras de Ricardo se quedó pasmado. Realmente estaba ofendido. A veces cuando una persona es herida en sus sentimientos hace cosas que no son muy prácticas, pero las hace porque el odio no escucha motivos. El chancho hizo lo que pudo y se dejó llevar por la ira. Miró todo su cuerpo como buscando, hasta que encontró. Así que Ricardito se pegó un soberano tarascón en uno de sus dedos de la pata de adelante. El chancho no sufrió dolor. Pero Ricardo si, y empezó a sangrar descontroladamente al mismo tiempo que notaba que no tenía más su dedo índice en la mano derecha.

Trató por los siguientes minutos de vendarse la mano, pero no había nada a su alrededor, el chancho no había dejado ni un pedazo de papel sin devorar. Se tapaba la herida, pero no conseguía evitar que la sangre siguiese saliendo. Estaba bastante pálido y a punto de desmayarse cuando el chancho se apiado de él. Realmente se arrepintió de lo que había hecho.
- Vení Ricardo, vení. Yo te voy a explicar como funciona esto. Vos ves la sangre en tu mano, pero no es ahí donde esta la herida. La herida esta en mi pata y no en la tuya.-
Entonces el chancho se lamió dos o tres veces el hueco donde faltaba un dedo y Ricardo paró de sangrar. Al chancho le creció el dedo que le faltaba a Ricardo, y hasta la uña tenía la misma mugre. Esto nunca fue explicado por Ricardito, pero según pensó Ricardo su saliva tenía capacidades curativas sobre su cuerpo. Se quedó sentado en el piso, mirando el dedo que no tenía, como si ese dedo condensase todo lo que había perdido. Vio que su dedo ahora estaba en otra mano, en realidad se imaginó a su hermosa Regina siendo descompuesta por los ácidos gástricos de Ricardito. Una lágrima más y ya perdí la cuenta. Muy pensativo Ricardo miraba al animal, a pesar de todo no podía dejar de sentir cierto agradecimiento por esa actitud. Algo en el tono del chancho, su cara, por un segundo se le cruzó la idea, una bestia no tiene culpas. Las reglas del juego estaban escritas. El solo comía, no tenía dominio de su apetito. Hasta llegó a sentir lástima. Pero eran todas impresiones apresuradas y por ahora su única opción era ganar tiempo.

-Gracias- Y un silencio. -¿Tenés hambre?-
-Claro que tengo hambre, me muero de hambre de hecho.- Y una riza de alegría.
-Bueno, podés comerte al vecino. Pero sólo a las personas, ni toques la casa ni la camioneta que ahí vamos a dormir y a viajar.- (la camioneta del vecino era más grande y más linda que la del propio Ricardo).

El chancho saltaba de la felicidad, su cola se estiraba mientras salía corriendo para la granja vecina. Aunque estaba bastante lejos la distancia fue recorrida sólo en un instante. En un grito de agonía todo se había terminado. La escena no había durado más de cinco minutos. Cansado y con el cuerpo sufriendo su alma Ricardo Singusto hizo un gran esfuerzo por pararse y caminar a su nuevo hogar. Estaba destrozado, pero como la situación lo desbordaba no pensaba en otra cosa que descansar, por ahora le convenía dormir un poco y esperar hasta el otro día. Por el momento debía creer en todo lo que el chancho decía. Tendría que ir a ver al barbudo, él tendría algún tipo de explicación para todo esto. Cuando llegó a su nueva casa encontró al chancho que lamía la sangre del piso. Ni un rastro de muerte había en todo el lugar. Sólo el hocico de la bestia repleto de sangre, con aliento a carne. Con su lengua que pasaba una y otra vez. Húmedamente.

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