
No existe vacío mas grande que el de burbuja al reventar. Es por eso que practican la reticencia, son tan difíciles de conquistar que tornan esta insoportable vida demasiado corta. No tardan más de dos segundos en ser vistas y ya salieron corriendo por su extrema timidez. Para entablar una relación con ellas es necesario cumplir con una serie de requisitos siempre asequibles para almas ambiciosas.
Una vez una burbuja un poco más inquieta se sentó a leer, tuvo tanta suerte para la desgracia que el libro que tenía en manos la aburrió. Sin otra cosa mejor que hacer se decidió a entablar una larga charla que trataré de deformar en lo que más pueda para mantenerme fiel a lo que no pasó, así podré no ofender a la burbuja si es que alguna vez llegase e leer estas líneas.
Resultó que se presentó ante mí luciendo su juventud, cosa que para ella era decisiva en cuanto a su curiosidad por las cosas de los mundos que no eran estrictamente de burbujas. En una de esas ráfagas de desconcierto le pregunté si podía comentarme los motivos de ese extraño empeño que tenían en esquivar a las personas. Fue al principio que tuvo ganas de hablar, después un poco se le fueron. La charla apareció colgada de un árbol mucho más adelante. Con una pausada continuidad me contestó que mi comentario era como mínimo estúpido y que usaba este calificativo como el más suave que se le ocurrió ya que no quería ni herir los sentimientos de tan paciente muchacho ni faltar a la verdad (cosa que entre las burbujas es considerada como una falta gravísima). Me explicó que muy por el contrario a lo que yo había dicho las burbujas están siempre dispuestas a relacionarse con aquellos mundos externos a los suyos pero resulta que para ellas es muy difícil una comunicación plena, por esto es que optan por negarse, evitan perder el tiempo. Me explicó que toda burbuja que se precie de tal no podía morir sin antes haberse brindado por completo a un instante, pero que para eso era siempre necesaria una conciencia, ya que el tiempo era muy estricto en cuanto a los instantes que regala y es muy sabido que no hay instantes sin conciencia, ni conciencia sin una compulsión a desaparecer infinitas veces rechazada.
Es así como se tiene siempre presente al tiempo en su conjunto, explicó la burbuja, pero a pesar de los infinitos pedidos de instantes que el tiempo tiene, para regalar uno siempre exige un deseo y esto no es un capricho. Ante el deseo la conciencia se abstrae de su propia existencia y se concentra en el instante, consume su deseo sin satisfacerlo, lo exprime, y en ese continuo el tiempo se detiene, deja de ser considerado como un conjunto para desaparecer. El problema es que las conciencias, poco adiestradas en su mayoría, esto según confeso el propio tiempo, no están acostumbradas a negar su propia existencia, a superarse, en cuanto perciben el instante no hacen otra cosa que querer hacerlo durar. En la duración se pierde el foco del deseo y el tiempo vuelve a desdoblarse sobre su propia infinitud destruyendo el instante.
La burbuja me explicó que si el instante era suficientemente intenso, la conciencia desaparecía, el deseo quedaba suspendido y la burbuja aparecía como una ruptura general de las dimensiones del yo. La realización de la burbuja consiste, explicó con suma emoción y sentimiento, en capturar ese instante de deseo permanente en el que la conciencia desaparece y solo queda el ahora. Si la fascinación por la duración logra ser evitada, la conciencia se sostiene dentro de la burbuja pero, si la duración logra vencer es porque el deseo ha sido realizado logrando su satisfacción. El juego de la burbuja consiste en tratar de hacer entender a la conciencia que mientras insista en la duración nunca logrará salir del tiempo, nunca logrará negarse, es decir nunca. La burbuja se realiza como tal en cada instante, en esos que son eternos, esos que se sostienen por siempre y que sin embargo no duran ni un segundo. Dentro de esa burbuja todo aquello que existe es el placer desplegado. El goce. La clave es poder diferenciar el placer, que deviene de la continuidad en el deseo, de lo que es la satisfacción, que no es otra cosa que la consecuencia de la muerte del goce. Cuando la penumbra asoma nace de los cadáveres la conciencia para romper la burbuja notando que se ha existido. En ese fatal segundo surge la necesidad de hacer durar y, por lo tanto, la satisfacción. La muerte.
Entre el deseo y la satisfacción existe la misma distancia que entre el instante y la duración. El número exacto, para hacer el cálculo que permita determinar esa distancia, se llama tiempo. Entre el placer y la satisfacción existe el instinto innato de la conciencia por sobrevivir. Entre el placer y el goce existe una buena amistad. Es una lástima, concluyó la burbuja antes de retirarse.
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