
Sin lugar a dudas al borde, a veces era un vaso, otras las ganas de ahorcarse, también podía ser un plato o un pañuelo, pero siempre en el límite. No sabía porque, pero siempre apoyaba las cosas en el mismo lugar.
Un día me pasó de compartir una mesa con una mujer que me lo hizo notar, pero de una forma muy especial. Había mucha gente, no mucha por el número, sino porque casi todos sobraban. Había cervezas, muchas cervezas, y en ese servirse y tomar el ritual se escondía entre una botella y un vaso que empezaba a presentarse queriendo caerse.
Sin violencia, casi sin notarlo, en uno de esos incontables tragos perdidos en una miseria, ella lo acomodó. Corrió mi vaso un poco más al medio. Lo noté sin que ella pueda notar que lo había notado. Tomé un poco más y lo volví a dejarlo en el borde de la mesa. Sin mirarme volvió a agarrarlo y lo dejó un poco más al medio, un poco menos cerca de caerse, de romperse en mil pedazos.
Su actitud primero me había parecido inocente, estúpida intolerancia, me pareció que ella no podía ver los límites, que era su problema y que me usaba para evidenciarlo, para expresarse. Me divertía la forma en que me acomodaba, suponía que las cosas tienen un lugar. La tercera vez fue muy con polleras de rallas a los costados y dos botones que se habían desabrochado, ella estaba hablando con alguien y casi por una interrupción volví a mi cerveza para dejarlo insultarla. Pero eso que yo consideré una interrupción para ella fue un suspiro.
Sin dejar de hablar acomodó mi vaso otra vez.
Era posible que lo estuviese haciendo sin tenerme en cuenta, en realidad ella parecía acomodar sus miedos más que el vértigo del vaso. Pensé que ya tenían una relación, que hasta podía quererlo, imaginé que le puso un nombre. En el fondo no era mi vaso ni su muerte, no soy un asesino. Me encantaría que me mires y por eso no puedo mirarte.
Volví a tomar y otra vez el borde. Esta vez me miró para acomodarlo. Ignorarla fue una gota larga en la axila. Yo estaba muy ocupado en comprenderla, pero si me veía espiarla se perdía el juego, la sinceridad. Mirar para otro lado era esconderse de la vergüenza, pero no quería evitarlo. Miraba para otro lado y seguía mirándola. Buscando en las sombras de sus movimientos, construyendo un puente invisible en la distancia.
Estaba tratando de darse cuenta si era con ella, buscaba mi provocación, creo que fue en ese momento que se excitó. Lo vi en el calambre de su pie derecho.
Era claro, yo siempre actuaba de la misma manera, para mi el lugar del vaso era siempre el mismo. Fue ante su actitud de acomodarme y lo que simplemente era ahora ya no estaba, auque siempre al borde y siempre el vaso el imperativo era otro, al que mandaba era otro. Y ella con esa mirada, con ese mirarme para entenderme, construyendo casas gigantes con trenes y varios sueños de compartir una de humedad.
Hubo un segundo entre nosotros y el mundo giró para otro lado, sufrimos por el final inevitable, un vaso más para que los fantasmas desaparezcan, solo faltaba un borde de una mesa y los mundos invisibles de la seducción quedarían desnudos.
Tomé mi vaso y todas mis esperanzas, lo vacié de un sorbo enorme y vacío lo dejé invitando al desequilibrio, tan al borde que debo reconocer que no estaba en su lugar. Perdí. Impaciente miré para otro lado, un cobarde usando una conversación para escapar, pensando su cara, esperando que me demuestre que igual lo iba a acomodar, que se reconociese, que me invite. Si ella decidía acomodarlo yo la miraba, hasta podía sonreír para darle a entender que la tocaba en cada borde. Pero nada de eso pasó, el vaso quedó inmóvil, muy al borde, fuera de su lugar. Lo sentí una traición.
Pensé volverme loco. Pensé y pensé solo para equivocarme. En el medio de mi desesperación me salvó una riza. Piedra libre a mis ganas y salud por tus hermosos pies.
No tuve alternativa, reconocí que desde el principio estaba escrita la derrota. Tomé el vaso y lo llené. Apoyarlo en la mesa y al medio fue un poco violento pero necesario.
Un segundo y la saliva dura corría por los codos. También sin mirarme, también mirándome sin verme. Entonces se lo tomó entero. Lo vacío. Por suerte, en lugar de acomodarlo, lo tiró contra la pared. Lo roto. El resto fue un silencio, el estremecimiento juntó las miradas, ella se acomodó el pelo atrás de sus orejas redondas, terminó su vaso y lo dejó justo en el borde. En su lugar.
Recién en ese momento pude sonreír. Bebí de su vaso para estar apurado, no fue necesario que lo rompa contra la pared, enseguida nos levantamos y nos fuimos. Amaba exquisitamente.
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