jueves, 31 de julio de 2008

Y otro quince


Era siempre a la mañana, cuando salía de mi casa y abría la primera puerta, después la segunda, doblaba la esquina y ahí estaba. En su hermoso puesto de flores. No sabría como explicarlo, después de todo eran solo dos segundos, tres y uno solo, en realidad era siempre el mismo momento y era el mismo porque el frío me lo hacia recordar, era siempre salir de casa con el pelo mojado. Estaba guardado en la tragedia de sentir que las orejas se me tenían que congelar y caer. Y siempre era el sufrimiento interrumpiéndose porque cuando doblaba la esquina estaba su hermoso puesto de flores, verde y con muchas patas largas. En ese momento no podía evitar levantar la cabeza, muy preocupado, orejas por todos lados y por eso miraba el piso. Lo miraba para que se caigan, para levantarlas. Pero dando la vuelta a la esquina de mi casa había un puesto de flores, uno igual a todos los demás, pero que tenía, sentada en esa sillita de patas largas, a una mujer tan hermosa que me embriagaba con el olvido. Era esa otra mañana, ya no me importaban las vueltas de las orejas por el resto de mi vida, dejaba de mirar lo pisado, dejaba de buscar lo que no se había caído, dejaba todo. Y siempre más que mirar buscaba, buscaba que se de cuenta que estaba pasando, que ya mis no importaba, que todo era para mi encontrar su mirada, encontrar sus ojos y verla aunque sea un segundo. Como de costumbre a la mañana ella estaba sentada, y de alguna manera misteriosa esperaba, esperaba que yo pase, esperaba también ese segundo, ese momento en el que yo la miraba y ella compartía mi alegría, y se que la compartía. Porque en sus ojos estaba también la espera de esa comunicación, eso que puede existir por fuera de cualquier palabra, ese compartirnos en el que no hace falta decir nada, hablábamos desde palabras innecesarias.


Las primeras veces era siempre pasar y mirarla, y ella hacía que trabajaba. Arreglando las flores y atendiendo a algún cliente y comprando café al vendedor ambulante. Un día del que recuerdo solo que era sábado fui a comprarle algo que no necesitaba, fui a inventarme una excusa. Antes de bajar me bañe el cuerpo y use ropa sin agujeros. Baje silbando una canción. Era un día frío a la tarde de una siesta. Cuando di la vuelta a la esquina saludé con educación distante. Su cara se conmovió en mis esperanzas y esa sonrisa preciosa que se dibujó me regaló vida por un mes.

Le pregunté si no tenía un cicatrizante para cactus, cosa muy difícil de conseguir en florerías especializadas y por lo tanto imposibles en el puesto de flores que quedaba a la vuelta de la esquina de mi casa. La estupidez de la pregunta funcionó. Aunque mis mentiras sobre el viento y el cactus que se rompía parecieron convencerla creo que decidió creerme. Se presentó, me dijo que no se llamaba María. Ese día cambio algo más que mi relación con ella. No pude evitar crear una escena, le pregunté donde podía conseguir el cicatrizante, ella me dijo que no sabia, yo le agradecí inmensamente, ella me saludó y yo me fui para la otra esquina y doble para el otro lado. Volví a mi casa. Esa tarde había hojas entrando por todas las ventanas

A la mañana del lunes el frío alcanzó mis pestañas. Sobraban motivos para temblar. Cuando salí a la calle supe que tenía que perder las orejas, que no había salida, que tendría que aprender a vivir sordo. Pero cuando di vuelta a la esquina, sin tener un segundo para dudarlo, mis orejas, mis futuros, mis pasados y mis penas se fueron junto con el frío. La saludé esperando una sonrisa, me preguntó si había encontrado el lugar que me había recomendado. Frente a la pregunta simulé una búsqueda, ella lo notó. Traté de explicarle que estaba así porque mi cactus había muerto. Esa fue la única vez que hablé hasta lo de la fuente. Ese día me dijo que era una lástima, me saludó y me fui.

A partir de ese lunes todas las vueltas a la esquina por la mañana significaron una esperanza, una forma de que las orejas no se me caigan, un lugar donde encontrar como perderme. Esa noche del lunes había tenido muchos problemas para pensar excusas, no sabía como hacer para hablarle y decirle que tenía una sonrisa realmente hermosa.

A la mañana del martes la vuelta a la esquina habló un calor, una ansiedad incontrolable, algunas ganas perdidas y un puesto de flores. Cuando pasé por el lugar me estaba esperando, en su lugar, acomodando el color amarillo. Buen día, que frío que hace esta mañana, y ella que por supuesto me contestó que el día estaba helado, que el frío era terrible. Chau. Nos vemos. Y eso fue todo.

A la vuelta de la esquina, desde ese martes, se repitió siempre un ritual escandaloso, siempre un saludo formal, demasiado formal, ella me veía llegar y me preguntaba como estaba, pero me lo preguntaba desde esa educación en la que se esta asumiendo un compromiso, una responsabilidad. Si claro, me saludaba es cierto, me preguntaba como estaba, eso también es cierto, pero yo no podía, a la que no se llamaba no le importaba saber que estaba muy contento por tener mis dos orejas en su lugar, a ella no le importaba saber que nunca existió el cactus, que nadie había muerto, que había miles de años guardados en una posibilidad. Nada de eso estaba en cada una de las mañanas a la vuelta de la esquina de mi casa, lo único que había en ese puesto de flores para mi era una conversación sobre el frío que hacia cada mañana. ¿Cómo estas? ¿Bien? Y la verdad que no, la verdad es que estoy muy triste por que hay muchas orejas que quieren caerse, ser libres ¿Entendés?, todas las orejas están cansadas de que los pelos les hagan de cortina, que las escondan, por eso están conjurando un plan siniestro con el frío para salir de las cabezas de la gente y limpiar ventanas. Esa si sería una conversación, pero quizás porque a la mañana yo no tengo humor suficiente para creerme o quizás porque no podía hacer otra cosa, las respuestas desfilaban idénticas todos los días, repetían bien pero con frío, hoy mejor el clima esta hermoso, y repetían aproximaciones y demás hostilidades sobre lo que puede sufrir el cuerpo por las diferencias térmicas de la calle.

Y después del clima era caminar siete cuadras, siete cuadras siempre tibias, siempre con ese mismo sabor al primer cigarrillo de la mañana, siempre con la pregunta que se caía de mis ideas. ¿Y si un día realmente le digo que estoy mal?, que estoy triste porque tengo una sonrisa por día y con eso no me alcanza. Y todo eso duraba lo que dura un cigarrillo con el estomago vacío, duraba siete cuadras antes del subte.

Iba y venia por las sombras de la capital, pero el ir era muy diferente del venir. En el ir estaba siempre inmodificable esa desconexión, ese saber que ya no podía pensar más en el puesto de flores que quedaba a la vuelta de la esquina de mi casa, en el ir, en esas largas estaciones en las que se recorren distancias que no se ven, lo que había era una desconexión con todo lo que podía afirmar era mío. Y cuando cruzaba la escalera mecánica salía limpio, sin pensamientos, sin cabeza, el subte de ida era una garantía de eficiencia laboral por ocho horas. En ese viaje que podía ser por todo el país en tres estaciones yo me deshacía de todas las sonrisas del mundo, me ponía en blanco, y cuando subía la escalera solo me ocupaba en mi trabajo.

La vuelta era otra cosa. Varias veces llegué a pensar que la magia del subte estaba escondida en sus molinetes, sutilmente. Pensaba que dejaban pasar solo una parte de mis personas y a las otras las guardaban. Las devolvían a mi cuerpo a la vuelta. El caso era que, en ese volver, mi mirada estaba siempre fija en el maravilloso piso del subte, en ese piso que se mueve aunque lo veamos quieto, pisado por más personas de las que yo conozco pero que cuando lo miro esta siempre vacío. En ese mismo piso uno puede rastrear las huellas de las almas que lo pisaron, se puede ver el polvo que quedó y que, de alguna manera, sigue en el mismo lugar, pero de otra forma. Entonces las tres estaciones pasan, y es otra vez la escalera y otra vez el molinete mágico que devuelve lo que robo. Entre la ida y la vuelta hay una luz de diferencia, en la ida la escalera me lleva al día, en la vuelta la escalera me devuelve a la noche, a dormir para encontrar otra conversación sobre el frío.

Y como siempre la respuesta fue en una fuente. Un día domingo del que no recuerdo la fecha estaba tratando de hacer como que disfrutaba del sol, del calor de una tarde. Mi excusa para estar en la fuente apoyado era un libro que me gustó mucho, pero del que no recuerdo el nombre ni el tema. Lo que si puedo recordar es que ese día la que no se llamaba María me cruzó. Ahora ella recibía la sonrisa de regalo, una profundidad y ya no era necesario hacer pasar todo el domingo, el lunes se adelantaba y quizás con sorpresas encantadoras.

Por supuesto le pregunté como estaba. Ya no podía preguntarle otra cosa. No sabia como. Pero su respuesta, tan maravillosa y perfecta, me dejó un cuento de regalo. Sin decir una palabra, sin siquiera intentar mover sus labios para armar una sonrisa se largó a llorar desconsoladamente. Se tiró al lado mío con su frente sobre las rodillas. Tenía medias rojas.

Cuando levantó su cabeza sus ojos pudieron mirarme desde el otro lado de las lágrimas. Me preguntó que como iba a estar, y claro, muy mal, por supuesto que muy mal, como quería que este si era primavera. Se había terminado el frío, ya no iba a hacer más frío, y ahora ¿De que podíamos hablar a la mañana? Era terrible, la relación con mi hermosa florista se terminaba y no había nada que yo pudiese hacer contra esta desgracia astrológica.

¿Vos no te das cuenta no? Me preguntó indignada. Todos los días vuelvo en el subte con vos y te cruzo, te miro mirar el piso, y te veo no mirar a nadie, no notar que existe un mundo. Y todos los días en el subte, cuando vos volvés para tu casa, yo pienso en saludarte, en ir y preguntarte, en sacarme la duda. Claro que el cicatrizante no era para el cactus, vos no tenés ningún cactus. Y también decime la verdad, el cicatrizante era para tus orejas, que se caían ¿no?, se querían ir, por el frío y los pelos de cortina. Y te miró en el subte, mirando el piso, y nunca me animo a ir y saludarte, porque a la mañana no se puede, y el calor es otra cosa. Siempre pienso que debería ir y sacarme la duda, pero tampoco es el subte. Es el calor. Si no hay clima en el subte, es todo artificial, y sin clima ¿De que te iba a hablar? ¿Vos me entedés lo que estoy diciendo? Todos los días me aguantaba y ahora, ahora que es primavera, ahora que ya no hay más frío ¿Qué voy a hacer sin vos?


A veces cuando recuerdo el incidente de la fuente pienso que no le contesté porque tuve miedo, también considero como alternativa que ella no me dio tiempo, de hecho salió corriendo después de hacer la última pregunta. El lunes que siguió al domingo de la fuente el puesto estaba cerrado.

Yo sigo igual, no piensen que soy una persona de voluntad flexible, sigo con mis principios inmutables, firmes como el primer día. Sigo acá, en el calor del verano, esperando el frío otra vez, esperando el otoño que me devuelva, en el puesto que está a la vuelta de la esquina de mi casa, una conversación sobre el frío a la mañana.

No hay comentarios: