jueves, 31 de julio de 2008

Dieciseis


Un día noté que tenía una marquita en la palma de la mano derecha. En realidad más que una vuelta era una ondulación, casi ínfima, pero que nunca había estado, y que ahora aparecía ahí. Como mirándome. Siendo parte de mi mano.

Al principio lo tomé como algo normal, simplemente por considerarla transitoria. Se saca y se pone me decía. Pero con el pasar de los días la marca se fue haciendo toda una entidad. La irrupción violenta y totalmente irrespetuosa de semejante calaña empezó a preocuparme.

La preocupación se transformó rápidamente en odio.

Ante la acción existe necesariamente un escenario. En ese lugar transfigurado el actor decide el contexto enmarcando en una coherencia de sentido. Por este método cada acción posee proyectada sobre sí misma la historia-vida como forma de fijación del mundo-cárcel.

Arranqué meticulosamente hasta los menos mínimos rastros de su existencia, llegué a sacarme partes de piel para asegurarme que no quedara algo de esa cosa. Despertar fue la sorpresa y mi mano.

Estaba más larga y más fea.

El espanto que sentí al ver la prepotencia de la cosa en todo su esplendor después de mis cuatro horas cuarenta y siete minutos de operación fue las barreras y las vías de una estación de tren que no veo hace mucho.

Me puse a rascarme, arañarme y lastimarla. Fue una actitud que, para un supuesto espectador, hubiese sido casi una obsesición. Espero a la luz de estas explicaciones se pueda entender que fue más una forma de autodefensa frente a una invasión.

Dentro de la fenomenológica realidad el actor interviene queriendo alguna modificación o deseando ratificar algo, de esa manera actúa y genera un estímulo que desencadenará en un nuevo posicionamiento ante su propia historia. A medida que las acciones se repiten el autor ha logrado, o bien consolidarse o bien no lo ha logrado. En el primer caso el actor esta contento en el segundo no.

Finalizada la amputación vi como, en las narices de mi incrédula presencia, la cosa recuperó su fuerza con una elegancia inusitada. Esta vez fue triangular, y su aspecto, lleno de textura y secreciones. Explotó.

En ese mismo instante empecé a preocuparme.

Sentí que nunca la podría sacar de la palma derecha de mi mano, y que todo intento no conseguiría más que ampliar su tamaño y proyectar a las nubes los niveles de inmundicia.

Totalmente fuera de mis cabales rasqué contra la pared sus partes prominentes hasta el punto de hacer brotar sangre, pero la rapidez con la que su tamaño volvió a aumentar hizo que el color de mi cara fuese parecido a ese naranja de mano abierta a la mitad y destino incierto.

La forma en la que cada acción se relaciona con la historia que la sostiene proyecta sobre la idea de futuro sus propias ausencias. De esta manera las interacciones con el mundo tendientes a fijarlo reafirman una posición interpretativa que funciona como base para la acción de representación de lo inexistente. La irrealidad del futuro se desforma oponiéndose como realidad por esta misma necesidad del actor de solucionar su límite corporal y su incapacidad de aceptarse incompleto.

La repetición de las derrotas, que a estas alturas eran incuestionables, me propuso la ignorancia. Lo más curioso del relato fue que, en una actitud muy infantil, la cosa en cuestión decidió crecer más de tamaño reclamando que volviese al inútil juego de sacarla, crecer, sacarla, crecer.

Inmundicia.

Por mi parte permanecí estoico en no prestarle atención, y todo esto a pesar de la progresiva complicación del uso mismo de la mano debido a tamaños y figuras tridimensionales. A la hora de, por ejemplo, cortar mi comida, tenía que agarrar el tenedor con mucho cuidado de no apoyar el mango sobre la cosa, sin esa necesaria paranoia territorial la cosa suponía que estaba intentando jugar con ella y aumentaba.

Me miraba dormir.

Viendo que la estrategia de crecer no obtenía los rindes deseados la cosa optó por secretar una sustancia de un color rojo que despedía un olor bastante sedante, muy adictivo por cierto. Reconozco que la secreción, bautizada como juguito rojo, dio sus resultados y mejoró bastante mi relación con la cosa. Por las noches, cuando se me hacía un poco difícil dormir, bastaba con rascarla un poquito para que suelte, increíblemente, cantidades exactas de jugo. Así sucedía la dulce entrega. Todas las noches. En otras oportunidades, por ejemplo antes de necesitar concentración, rascaba la cosa y la cantidad era mucho menor.

Focalización.

Cada actor construye su propia memoria para permitirse aceptar un futuro y un mundo, es la memoria el lugar donde se aloja la tragedia ya que allí es donde escondemos el permiso para afirmar un sentido en cada acción. La representación de la memoria obliga a limitar la realidad al mundo, nos obliga a limitarnos a lo posible. Sin memoria dejamos de existir como actor, las acciones se transforman en devenir y el mundo en realidad potencialmente infinita. La limitación corporal ahora es asumida como una ficción de la conciencia, y el escenario es retransfigurado a una percepción ampliada que soluciona en continuidad gastronómica la dicotomía memoria-realidad. La fagocitación es mutua y reversible, el tiempo deja de desplegarse para afuera, se pliega en sí y para si
empre.

El problema apareció de pantalones cortos. Fue un buen día por la mañana, después del desayuno, la cosa empezó a largar otro. Este ya no era el delicioso jugo rojo sino algo mucho menos dotado de cualidades. Entre sus muchos malditos defectos era amarillo.

Quizás por una cualidad intrínseca del color, quizás por algún enojo, el nuevo juguito amarillo no dejo de salir.

Nunca.

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