jueves, 31 de julio de 2008

Diecisiete


Cualquier otro representa un soporte para la ficción. En tanto soportes permanecen siempre en un estado de suspensión; existen, interactúan, refuerzan, pero siempre desde una distancia prudente. Cuando estas distancias se suprimen la interacción se introyecta y la ficción se transforma en delirio.
La primera etapa de este conjunto de eventos dislocadores se denomina interaccionismo. Este periodo esta comprendido por el espacio que separa el advenimiento de las primeras voces de la realidad y el nacimiento de la respuesta. Este espacio esta compuesto por varias capas consecutivas unidas por una progresión de autismo autoexpresado a un exterior interno. El otro como uno mismo supone a lo externo como ficción, esta situación es superada y transfigurada. Ahora la ficción es la unidad del Yo y el mundo un imposible.

La primera etapa involucra la experimentación del oído. Por lo general las realidades largamente somnolientas empiezan por expresar cuestiones cotidianas desde una perspectiva que siempre implica una lectura que invierte las relaciones entre narcisismo y masoquismo. Las presencias se visten de comentarios que alternan interpretaciones complementarias a la identidad e interpretaciones que contienen el germen mismo de lo que el Yo considera el principio de su negación.
La segunda etapa involucra el reconocimiento de la naturaleza exterior de las voces como una proyección autonegada. El convencimiento proviene de la experiencia exterior siempre presente. En este sentido las presencias son aquellos simulacros de conversación definidos como murmullos siempre lejanos que son el disparador de la ficción.
La tercera es la etapa fundamental. Al contrario de lo que la lógica incitaría a suponer el discurso de las voces se atenúa por completo. Deja sus niveles habituales de ficción y se instala al nivel más cotidiano de la rutina. Esta estrategia implica un fuerte sentido de turbación ya que es realmente difícil poder reconocer la ficción. La presencia en esta etapa es contundente y absoluta. Cada una de las acciones del Yo tiene un eco que interpreta, cada lectura se convierte en una entidad que, por sí misma, se enajena de la mera imaginación convirtiéndose en una serie de fábulas que recrean situaciones desde diferentes lugares y perspectivas.
A estas alturas lo que otrora fuese la simple imaginación como forma de evasión de la realidad encuentra en las voces un canal de sujeción de sus propias fuerzas. La supresión del límite entre la ficción exterior y la ficción proyectada como exterior se hace flexible. A pesar de que muchos suponen una objetivación de la ficción la cuestión es mucho más simple. En ningún momento existen voces reales, ni imágenes reales, ni tampoco aparecen personas reales, ni existe ningún tipo de manifestación estrictamente sensorial, no existe ningún tipo de alucinación. La ficción se actúa a si misma como una liberación de las interpretaciones. Las lecturas de la realidad se transforman en un canal que distribuye los miedos, las verdades, las incertidumbres y otras tantas cosas a un nivel de conciencia realmente insoportable.
La cuarta y última etapa consiste en el nacimiento de la respuesta. Una vez que la impregnación de la voz ha logrado abarcar la totalidad de la construcción del mundo comienza a desvanecerse el límite expandiendo las capacidades del delirio hasta lo imposible. Aquellas voces son ya un punto de referencia constante, su interpretación de los hechos angustia y emociona a un punto tal que logran ejercer un monopolio efectivo de los placeres y displaceres. En otras palabras, previo al nacimiento de la respuesta los estímulos de las voces son la única fuente de felicidad y de tristeza, las voces dominan el estado espiritual del Yo obligándolo a generar situaciones con predispociones adecuadas para que las voces transmitan o generen interpretación placenteras.
En un primer momento la respuesta nace como eventual, pero con el correr de las interacciones la respuesta es la única fuente de interpretaciones placenteras. Las voces se tornan cada vez más hostiles, sus lecturas reconstruyen realidades constantemente intolerables y la respuesta se transforma en obligación. Cuando el Yo responde la interacción con las voces genera la posibilidad del placer, pero esta posibilidad se hace cada vez más tenue, más difícil, más imposible, y uno queda simplemente en la respuesta, simplemente en la interacción con sus propias interpretaciones de la ficción que ha constituido como identidad. Al final se termina generando un círculo de encierro. La relación mimética es invertida, el mundo es fijado como proyección del Yo, la realidad es la ficción de las decisiones canalizadoras de la angustia.
El acto de hablar implica intrínsecamente una explisitación del ser. Toda forma de expresión dice algo, le habla a un espectador presente o ausente y las formas de habla son infinitas y toman formas muy diferentes según el caso. Con todo aquello que se dice el sujeto recupera aquello que es siendo y lo expresa a través de la recuperación de todo aquello que es comprendido. En otras palabras, cada acto de expresión implica una comprensión del siendo que permite la expresión que, a su vez, supone siempre una comprensión del mundo. La expresión recupera el ser, el ser recupera lo comprendido, lo comprendido recupera el mundo y el mundo es el principio que permite al sujeto expresarse. Esto se repite así hasta el infinito, y es el círculo que permite que la reflexión sobre uno mismo sea la fuente de todo aquello que expresamos. Este círculo existencial es el devenir del ser. Todo aquello que decimos es una posibilidad del ser, es una forma, entre muchas otras, en la que el ser se expresa. Por esto mismo cada acción implica un conocimiento del ser. El ser no puede ser negado mientras exista la necesidad de expresarse ya que toda expresión del ser recupera su existencia fenomenológica. Su devenir como mundo.
Por otra parte las identidades son el refugio del ser. Las identidades son aquellos metaconceptos que agrupan las interpretaciones mediante las cuales el sujeto comprende el mundo y lo construye. Sin identidades el sujeto no puede categorizar el mundo y sin esta categorización no existe comprensión y, por ende, el sujeto no puede expresarse ni intentar conocerse.
Toda identidad se define por diferencia y queda constituida por la negación de lo que no contiene. Esta función excluyente del límite se caracteriza por no existir según principios objetivos de lo real; la identidad queda siempre configurada como una decisión que define el conjunto de lo interno y lo que queda negado y como externo.
Toda decisión es una forma de expresión del ser. Cuando el sujeto se encuentra frente a un problema imposible, como lo es el cierre de su identidad, tiene que decidirse para generar la necesidad conocerse a si mismo y expresar aquello que para él es. Cada decisión es una construcción del mundo como devenir, la repetición de decisiones no problematizadas pliegan la ficción del Yo a lo socialmente establecido. La negación de la identidad propia es el principio para negar la identidad establecida del mundo.
Para liberlarlo es necesario ejercer la última de las libertades.
Pero como para conocerse a si mismo, y expresarse en consecuencia, se necesita expresar aquello que ha sido conceptualizado del mundo, y como no hay conceptualización posible sin identidad, estamos en presencia del segundo circulo.
Detrás de todo esto se esconde la pregunta que aborda la cuestión del ser y su necesidad de expresarse. Si recuperamos este concepto de expresión que comprende el conocimiento de uno mismo, el hacer al ser hablar cumple un rol central. Este circulo representa la necesidad misma del ser de expresarse, y demuestra que, lejos de ser casual, el círculo es la forma misma en la que el ser encuentra la justificación de su identidad. El ser se expresa porque necesita conocerse, se conoce porque necesita comprender, se comprende porque necesita decidir, decide porque necesita una identidad, necesita una identidad porque necesita conocerse, y otra vez, así hasta el infinito.
El ser en tanto devenir se constituye y define como el sentido de la existencia proyectado sobre lo que no existe, porque el sujeto es conciente de su finitud, y en tanto sujeto que dejará de ser necesita definirse para trascenderse. Toda expresión recupera este círculo existencial para que el sujeto sujetado a su identidad decida quien es al sufrir la intrascendencia y quien es al merecer la eternidad. El tiempo se impone al ser. El tiempo, violentamente, demuestra su existencia, y el ser sufre, para no sufrir se inventa.
Conocerse es inventarse.
El ser se conoce a sí mismo y de esa forma conoce su límite, el tiempo lo enfrenta a su potencia como ser que no existe. La forma circular del conocimiento del ser es una sínica forma que el sujeto utiliza para recorrer siempre el mismo camino, para hacer siempre de ese camino un camino distinto, en definitiva, para morir caminando. El sujeto teme a la muerte porque lo enfrenta a la disolución de la ficción del yo, lo deja sin identidad, sin necesidad de expresarse y, sobre todo, lo obliga a asumir la innecesariedad del círculo existencial. Sin el círculo no hay existencia, desde el círculo la existencia es absurda. Desde la circularidad el devenir se libera. Ya no existe ficción ni límite.
La muerte obliga al sujeto a conocerse, al conocerse el ser conoce su finitud, su finitud lo enfrenta a la muerte. Este es tercer círculo.
Pero el círculo puede ser roto. El sujeto debe noser, debe dejar de expresarse, debe dejar de conocer, debe dejar de conceptualizar, debe aceptar su finitud, en definitiva debe morirse.
La nada es la contemplación de la totalidad de las potenciales expresiones de lo real. En esa nada el único orden es el caos. La nada no es el principio anterior al ser y tampoco su negación. Inmersos en esta totalidad absoluta la identidad del ser desaparece, el problema del límite se anula por una cuestión fáctica, no hay posibilidad de que exista algo por fuera de este conjunto absoluto. Sugerirle al ser que anule su identidad y que se sumerja en la plena contemplación de la realidad es solucionar su problema existencial, es acabar con su agonía, con su pena, es acabar con todo lo miserable que hay en el ser. La nada es el principio que supone la superación de la angustia del ser.
Es en la realidad donde el ser encuentra el pleno conocimiento de su existencia, es en la contemplación de su pertenencia al todo que desaparece la necesidad de expresarse porque las expresiones se liberan al infinito. El problema de la verdad queda resuelto en un instante de verdad absoluta. Todas las expresiones encuentran su realización en la nada. Nada es negado, todo es afirmado y aceptado desde su real naturaleza, la realidad asume su forma de fábula, las interpretaciones ya no compiten por el dominio sobre el sentido, el poder es anulado en la más absoluta de las anarquías.
El problema insuperable es que la contemplación de la realidad absoluta, la contemplación de la nada, dura solo una burbuja, un instante de intensidad absoluta en el que la duración deja de ser un problema porque la totalidad del tiempo queda comprendido en la profundidad de la experiencia contemplativa. Por fuera de la burbuja el ser reconstruye sus miserias y el todo vuelve a aparecer como una realidad siempre imperfecta, inacabada, limitada en la práctica.
La cuestión clave de eternizar la burbuja es el mismo problema de la duración cuya presencia supone, mediante la reconstrucción de la realidad expresada en términos temporales, la anulación misma de la condición de posibilidad de la burbuja.
Existen diferentes formas de centración que permiten distintos estados mediante los cuales, por lapsos variables de tiempo, es posible la creación de burbujas y la contemplación. Pero en todas estas técnicas la burbuja termina rompiéndose con la ruptura del mirar no mediado. El cuerpo funciona como límite.
La mediación de la existencia puede ser rota por la contemplación absoluta de la realidad. Mientras significante y significado permanecen como entidades diferentes es siempre necesario algún tipo de lenguaje que permita la creación de un mensaje que sirva de puente entre estos momentos divorciados. Esta distancia es la que genera la separación sensitiva de la realidad y la percepción. Por más destacado o abundante que sea el lenguaje este no puede evitar amputar la intensidad de la experiencia, por lo que el lenguaje es un atenuador de la experiencia. A través de las palabras se termina construyendo un mundo en el que se alojan el conjunto normado de las relaciones posibles entre los objetos y los sentidos amputando, fijándonos a parámetros de calificación arbitrarios las formas de experimentar la realidad. Este es el cuarto círculo. Desde la nada como realidad absoluta y directa esa distancia queda anulada y multiplicada al infinito como una relación constante con los objetos no fijados. La realidad se transforma en un gran texto en blanco.
El concepto de expresión supone la superación de la interpretación. Supone la anulación de una perspectiva privilegiada para determinar la relación entre un objeto y su sentido, supone, en otras palabras, que sea el objeto mismo el que nos hable y el ser el que escuche. Desde el objeto nacen expresiones y estas son todas las que infinitamente son posibles. Pero desde el mirar del ser se captan sólo aquellas que son posibles de capturar por las categorías del conocimiento. En la nada estas expresiones se liberan y se devuelve a la realidad la capacidad de generar sus propias formas, se permite que el ser deje de funcionar como limitador para desbordarse con la experimentación infinita. El lenguaje, inútil, es abandonado por la percepción directa del objeto mundo en sus infinitas formas.
El caos como principio ordenador permite la liberación del deseo y permite la superación del estado de necesidad permanente. La necesidad sirve al ser como guía para una existencia opaca. Superadas las limitaciones del lenguaje, el objeto se realiza infinitamente y los significados quedan abiertos a más posibilidades de las que pueden ser necesitadas, la abundancia permite encontrar en lugar de buscar, permite que exista aquello que deseamos que exista. El goce ya no surge desde el ser como una forma de expresión de su existencia sino como una realidad que abarca el todo en su relación consigo mismo. El todo absoluto, caóticamente ordenado, se divierte en su propia inexistencia y desea más allá de sus capacidades generando un estado de jovialidad permanente. Un movimiento arbitrario en un espacio inexistente.
Esta realidad esta allí, expectante, pacientemente esperando a ser experimentada.
Pero otra vez nos obliga a negar nuestra propia existencia, nos invita a salir del círculo existencial para halagarnos con sus infinitas bondades.
Hay un sólo camino para romper ese círculo.
Hay un sólo camino para esta experiencia directa.
Existe sólo un error permanente.
No existir.

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