
En la ciudad de Ciudadbuena hay una leyenda sobre el hombre espejo. Cuentan las ancianas del lugar que sus abuelas contaban que en una época ya remota había una persona que vivía en la vieja y hermosa casa abandonada, en lo que hoy se llama las ruinas del hombre espejo. Hoy por hoy la casa esta destruida, las rejas están oxidadas, los vidrios rotos por los piedrazos que fueron tirando generaciones y generaciones de niños, el pasto esta tan crecido que los habitantes de ciudadbuena gustan en echarle la culpa a la casa por las recientes serpientes que aparecieron, claro que los más cuerdos recuerdan que las serpientes aparecieron en la fábrica de escarpines que queda considerablemente lejos de la casa del hombre espejo y que, considerando el tamaño de las serpientes, es poco probable que nadie notase su presencia cuando cruzaban la ciudad. Es muy probable que las serpientes se arrastren de noche, y también es probable que puedan haber evitado pasar por la puerta de la casa de doña Beatriz, mujer de setenta y dos años que no duerme hace veinticinco veranos por la muerte de su quinto y último hijo en un accidente con una máquina de cortar pasto. Doña Beatriz seguramente habría notado las serpientes, está pegada a la ventana de su casa y no deja pasar detalle de lo que ocurre en esa corta sección de la ciudad.
De todas las muertes de los hijos de doña Beatriz la que más la atormentó fue la del quinto y último, un muchacho bastante gordo que fue bautizado como Eusebio pero que todos afirman se llamaba Maria de las Azucenas, nombre muy femenino que lo hizo acreedor del apodo de Nacido. El gordo, como lo llamaban en la casa de venta de zapatos donde trabajó cuatro de sus treinta años, solía juntarse a tomar una copa de vino todos los días en la única cantina de la cuidad, la cantina de Manolo.
Don Manolo era un español sumamente viejo, llegó al país a los treinta años y los que lo conocían en ese entonces dicen que ya era viejo. Cuando llegó no tenía un solo conocido en el país, no tenía un solo pariente, en realidad lo que si tenía era una formula especial para preparar vino que le había enseñado su abuelo en una perdida ciudad del norte del país europeo. Cuentan que eligió la cuidad porque dijo que con el nombre de ciudadbuena solo podría esperarse que cosas buenas le pasasen, jamás se arrepintió de su decisión. La cantina fue rápidamente bendecida por la diosa fortuna, como no había nada en ese estilo en aquella ciudad rápidamente los lugareños empezaron a visitarlo para ver de qué se trataba ese asunto del vino de las montañas de Galicia. Inmediatamente fueron todos seducidos por los encantos del vino mágico que preparaba el viejo. Entre los más fanáticos estaba Isidoro Rompiente quien tenía gran fama de bebedor por su afición al coñac, no tardó más de dos semanas en hacerse parte de la decoración de la cantina, quien entrase sabia que si miraba sobre la barra, en el último asiento, a cualquier hora, escuchando la retirada de Bonaparte, lo encontraría con un vaso de vino o un vaso de coñac, según si la hora fuese par o impar. Después del tercer mes Isidoro pudo concretar su deseo de mudarse lo más cerca posible del lugar. Se mudó al depósito de la cantina donde muy ingeniosamente pudo acomodar un colchón, una estufa para el frío, un ventilador para el calor y una radio para escuchar el programa de las tres de la tarde. El colchón tan a medida le fue robado a una persona horrible.
El vendedor de colchones de la ciudad era un hombre sumamente avaro y de una reputación en la que no voy a detenerme por ser impropia de la maravillosa ciudad de ciudadbuena, como castigo a tan horrible personaje no mencionare su nombre. Al lado de la tienda de colchones estaba la casa de Matilde Centurión, señora quien, a demás de tener constantes peleas con el vendedor de colchones, hacía unas tartas de ciruela realmente increíbles, tan ricas, pero tan ricas, que todo aquel que las probaba no podía dejar de enamorarse de ella. En los tiempos actuales de tanta especialización y diversificación es impensable lo que ocurrió en aquel entonces, pero Matilde tuvo por mucho tiempo una empresa muy lucrativa que solamente hacia tartas de ciruela. El único inconveniente que tenían las tartas era que provocaban un gran daño al tercer diente de la parte superior de la parte derecha de la parte de la boca de todos los que comían la tarta. Es cierto, la única dentista de ciudadbuena era la hermana de Matilde, la dra. Gregoria Centurión. Muchos empezaron a sospechar de esta misteriosa casualidad, pero
Josefina tuvo muchos problemas con su madre, pero ella un buen día murió y la relación mejoró bastante, Josefina le llevaba flores una vez por mes y ella la insultaba mucho menos. La madre de josefina tenía dos casas, una de ellas estaba en la parte menos poblada de la ciudad y la otra en la parte céntrica. Ella vivía en la parte urbanizada, en la parte de la ciudad donde vivía la gente importante, decía que una mujer de su altura no podía sino vivir en esa parte de ciudadbuena y la madre de Josefina realmente tenia mucha altura, de hecho tenía que agacharse para pasar por las puertas. La verdad es que ciudadbuena en esa época no era muy grande, en realidad la madre de Josefina vivía en la única zona medianamente poblada de la ciudad. La otra casa que tenía era pequeña, y le trajo muchos dolores de cabezas. Cuando su mejor amiga de la infancia se quedó sin casa por culpa de un incendio ella le dijo que podría alquilarle su casa en aquellos inhóspitos rincones de la ciudad ya que nunca podría vivir allí con su altura. El gesto fue valorado como correspondía, como estilaba hacer la gente en ciudadbuena, pero su amiga hizo que se escapaba de esa casa, no soportó a su nuevo vecino más que por tres meses. Las circunstancias de aquel abandono aun hoy son misteriosas.
En la casa que tenía la misma puerta pero un dueño muy raro vivía una persona a la que todos en ciudadbuena le tenían miedo. De esa persona no se conocía ni su pasado ni su futuro, ni su nombre ni a su madre, de ése solo se supo una cosa, se chupaba el alma de la gente.
La historia empezó un día frío, un día en el que el todo estaba muy nublado y era preferible quedarse en cama. Ese día un desconocido compró la casa más linda de la zona más fea de la ciudad más buena. En algún momento el arquitecto Esperanza soñó con hacer crecer la urbanización de la zona y, como amaba profundamente ciudadbuena, se decidió a construir una hermosa casa en las periferias. Pensó que si él se arriesgaba muchos seguirían sus pasos y todo empezaría a crecer en torno a la casa que él construiría. En el fondo el arquitecto era un revolucionario, pero como les suele pasar a los revolucionarios la suerte no lo acompañó. La hermosa casa que había construido llevó a la urbanización, pero las casas que se construyeron en aquella zona no eran ni por asomo tan bellas como la que había construido Esperanza. Por supuesto que en ciudadbuena no existía gente pobre y gente rica, de hecho aunque había gente más prospera el lugar tenía sus propios ritmos, y no había mucho espacio para el derroche. La diferencia que había entre los dos sectores de la ciudad se reforzó definitivamente, por casualidad, gracias al hombre espejo. La parte en la que vivió perdió su belleza y con los años solo empeoró, la otra parte de la ciudad aun conserva su toque de distinción. Otros, los menos, dicen que siempre todo es al revés.
Cuando vendió la casa el arquitecto Esperanza dijo al hombre espejo que su casa sería la más bella de toda la ciudad y el hombre espejo parecía muy entusiasmado con la idea. Cuando el arquitecto le hablaba el hombre espejo le contestaba como si fuese un profundo conocedor de la arquitectura y de la belleza. El arquitecto se llevó una impresión muy buena de su comprador, pensó que era el indicado para valorar y apreciar su hermosa construcción.
Todos en el pueblo hablaban del nuevo vecino, pero nadie tenía excusa para conocerlo en profundidad. A pesar de su compromiso con la circulación de información el arquitecto no podía dar detalles del nuevo, de hecho se sorprendió mucho cuando se dio cuenta que no tenía ni su nombre, que no sabía nada de él.
Cuando le preguntaban por el comprador de aquella casa tan hermosa solo decía que aquel hombre sabía mucho de arquitectura y de belleza, y nada más. Si esto hubiese pasado en épocas como esta, donde la modernidad hubiese impuesto títulos de propiedad, escribanos, contadores, abogados, etnólogos, grafólogos, traductores y sobre todo un buen podólogo para hacer la operación de transferencia de titularidad del inmueble, hoy por hoy, se sabría mucho más del hombre espejo. Los hábitos de aquellas épocas en ciudadbuena sin dudas contribuyeron a generar la leyenda.
La primera persona que tuvo contacto con el nuevo propietario de la hermosa casa que había construido Esperanza era la amiga de la madre de Josefina, la señora Silvia. Ella era una persona con mucha mala suerte, y todo el tiempo renegaba de sus desgracias. Cuando se puso a hablar con el hombre espejo se sintió muy cómoda, no solo porque sabía escuchar muy bien sino porque parecía entender perfectamente lo que era ser un desgraciado de nacimiento, de hecho contó varias historias de conocidos que tenían problemas similares a los de Silvia, personas que también eran desgraciadas, pero todas ellas eran personas que nadie conocía. Llamó mucho la atención de Silvia que el hombre espejo nunca contase historias personales pero siempre tuviese historias de otras personas. Cuando Silvia trataba de sacarle información sobre su pasado el hombre espejo se empecinaba en contestarle con evasivas, con historias de conocidos. Un día Silvia le preguntó al hombre espejo cual era su nombre. Nunca se supo que le contestó pero Silvia desapareció de la ciudad misteriosamente.
Los pocos que habían tenido trato con el hombre espejo contaban cosas muy diferentes sobre su persona. El Señor Basilio, dueño del único almacén de la parte menos poblada de la ciudad, contaba que era un tipo muy escueto en sus conversaciones. Claro que esto también podía ser porque el mismo Basilio era escueto en sus conversaciones. Doña Susana, vegetariana de profesión, contaba que aquel simpático caballero solía tener un gran conocimiento sobre verduras, pero también se sorprendió cuando se dio cuenta que no sabía su nombre.
Con la misteriosa desaparición de Silvia los rumores empezaron a circular a velocidades escalofriantes. Las variadas historias sobre el habitante de la casa que había construido Esperanza, la falta de certezas sobre su nombre y en especial el descubrimiento que agrego el profesor Ernesto hicieron de esta historia una leyenda.
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