jueves, 31 de julio de 2008

Diecinueve


Llega un momento en el que nos encontramos frente a la perspectiva de nuestra vida como aquello que va a pasar, todo lo que va a ocurrir se plantea como una decisión que hay que tomar, como una realidad de la que hay que hacerse cargo, el futuro entero se nos plantea como una promesa. En tal sentido nuestra vida y destino son el resultado de lo que hoy afirmemos que será mañana. La promesa se articula como la necesidad de hacer perdurar en el tiempo aquello que hoy somos. Prometemos futuros porque afirmamos que mañana afirmaremos lo mismo que estamos afirmando hoy.

Hoy digo que mañana diré lo mismo que hoy, y así seguimos, caminamos tras eso que se llama sentido, pero ya no sobre una acción determinada sino sobre el conjunto de acciones presentes y futuras. Seguimos caminando en función del sentido que le asignamos al conjunto de nuestra vida, creamos un sentido sobre nuestro futuro y sobre ese futuro generamos un destino, generamos una distancia entre el hoy y el hoy que todavía no llegó, generamos un lugar al que debemos ir, pero sobre todo, lo más importante de todo esto, es que generamos una expectativa sobre nosotros mismos que nos permite seguir. El sentido que asignamos a nuestras vidas es el lugar virtual al que debemos arribar en algún futuro en función de lo que hoy consideramos que deberá ser mañana, y en esa ficción aparece creado, producto de la distancia entre lo que hoy soy y lo que deberé ser mañana, un camino que obliga a ser transitado.

Este camino tiene una función fundamental en la existencia de las personas. Frente a lo incierto del futuro, frente a lo que todavía no es, se fabrica una incertidumbre, y esa incertidumbre es usada, el camino se apropia del hoy, lo hace aparecer como un producto de ese transitarlo. Es una angustia especial, profunda, uno de esos sentimientos que desgarran el alma, el cuerpo y la mente. Esa angustia aparenta ser el producto de nuestras incertidumbres sobre nosotros mismos. Aquí nuestro gran secreto, esa angustia de mil caras, ese desgarro que se viste de todos los colores no es el resultado de nuestra relación con el camino que elegimos, muy por el contrario, es el resultado de una seguridad, de la única realidad, la única verdad siempre sabida pero por todos igualmente negada, la única cosa que irremediablemente vendrá del futuro es la muerte, el fin de la promesa.

Todas nuestras promesas generadoras de fracasos o éxitos, todos los caminos que tengamos que recorrer, y en su conjunto todas nuestras incertidumbres sobre el futuro tienen una única función, esconder la única certeza que tenemos sobre lo que vendrá, generar un camino para proyectar nuestra angustia sobre las incertidumbres para encubrir su verdadera naturaleza. Si el camino de la vida irremediablemente conduce a un destino no tenemos otra opción que sufrir por esa lenta agonía de la que no podemos escapar.

Frente a esa angustia por la muerte el ser de hoy ha creado una forma de protección para no adelantar el final. Esa protección es la generación de espacios intermedios, de objetivos medianos que cumplen en obstruir la percepción del final anunciado generando un camino. La muerte es una realidad a futuro, pero en la creación de futuros cercanos la atención se pierde y distrae, generando entretenimientos que hacen olvidar la angustia o por lo menos nos permiten disfrazarla. Estos espacios intermedios no tienen la contundencia del espacio final, y la distancia que los separa del presente siempre es distinta según el caso.

Desde un hoy real a un mañana equis distante existe la promesa de que ese mañana será lo que hoy deseo que sea, y de esa manera la vida tiene objetivos logrables que nos invitan a seguir actuando, son principios plegables que guían nuestra acción inmediata a un mundo intermedio y así nos permite evitar la percepción del conjunto del camino.

Los objetivos intermedios que guían nuestras acciones presentes son placebos, son irrealidades que nos dopan, que nos hacen olvidar una realidad que nos genera una angustia insoportable.

La cuestión es también complicada cuando centramos la atención sobre esos espacios intermedios y descubrimos que son configurados también como un soporte de la identidad. Quiero ser mañana lo que hoy deseo ser, deseo hoy lo que no tengo, el deseo es la presencia de una ausencia dicen, pero ese mañana nunca llega, no porque no consigamos satisfacer ese deseo, sino porque esa ausencia es insalvable, existirá siempre como vacío. Lo que pueda ser mañana puede ser igual a lo que hoy anhelo. Pero cuando ese hoy futuro represente la realización del ayer, el hoy mutará generando nuevos vacíos, nuevas distancias.

Ese objetivo a veces también es inalcanzable, y eso lleva a la resignación, y eso se llama acostumbrarse, y eso es tratar de contentarse con lo que hay por que cualquier mañana, por más distante que sea a nuestro mañana ideal, es igualmente útil para cumplir con el fin para el que fue creado. Lo ridículo de la cuestión es que frente a la frustración, y el consecuente renacimiento de la angustia, la lectura que se impone es que la angustia es producto del fracaso. En cierto sentido el fracaso en llegar a los espacios intermedios es responsable por la angustia, pero no porque el fracaso la genere sino porque el fracaso derriba el muro que la tapa obligando al replanteo sobre el lugar donde debemos ubicar esos mañanas, y nos obliga a replantearnos cual será la nueva forma con la que inventaremos las paredes. ¿Cual será la realidad de esas promesas? Nos obligamos a volver a construir nuevos caminos, sólo para poder seguir caminando.

Una vez me dijeron que no importa quien, lo que todo mundo desea es éxito, no importa en que, pero todo mundo quiere éxito en algo. Algunos recorren sus caminos sin resignaciones, sin fracasos, otros fracasan pero se adaptan bastante bien, otros directamente nunca llegan a ningún lado, los niveles de éxito conseguibles son variados, lo único que permanece constante es que no importa con cuanto éxito encaramos nuestros objetivos, siempre el éxito será insuficiente.

Necesitamos siempre querer, necesitamos siempre estar a la búsqueda de algo, necesitamos siempre un lugar a donde querer ir, porque en esas construcciones de caminos a lugares ubicados en tiempos siempre futuros encontramos nuestro motivo para seguir existiendo.

En este estado de búsqueda es muy probable que encontremos formas falsas, estrictamente, solo encontraremos irrealidades, más allá del éxito como forma máxima de la irrealidad, el lugar al que deseamos llegar es siempre falso, es siempre una mentira existencial que carga de sentido nuestro recorrernos.

Hubo infinitas mentiras que se construyeron para tapar esta realidad, estas van desde la consideración de un espíritu universal que se realiza con el devenir de cada una de sus etapas hasta la construcción de realidades religiosas. Párrafo aparte una pequeña consideración sobre la primera de estas ficciones. Es muy común afirmar que la justificación de la existencia deviene de sus obras o acciones, de su contribución a la sociedad y con ello a la historia, que en la utilización de nuestra existencia para lograr realizar el espíritu de nuestra época encontramos algo que nos trasciende, encontramos una historia que nos necesita, que necesita de cada una de nuestras existencias para dar con su propio devenir. Lo que se intentó construir fue una forma de sentido que diera un poco de coherencia a la acción, una ficción de continuidad, una idea de linealidad progresiva que nos permitiese dormir tranquilos. Sobre estas ideas no tengo más que destacar su profundo valor como literatura.

No importa cuanto empeño le pongamos, la angustia siempre estará en el mismo lugar, y es inevitable sufrirla si pretendemos engañarnos para no sentir su presencia. Hasta el placer es producto de nuestras necesidades de evasión, el placer aparece mediado por el gusto y el gusto por la identidad y la identidad por el sentido que justifica nuestra propia existencia.

Solo en el mundo infinito y multiexpresivo encontramos paz, para poder contemplar el todo es necesario superar la mediación del sujeto, es necesario mirar por fuera de la propia existencia. El mundo esta ahí esperándonos, y solo nos acaricia cuando aprendemos a mirarlo. Pero cuando nos encuentra se apropia de nosotros, nos libera, nos contiene como una expresión más, como una parte del todo, nos hace percibir todo para superarse, para ser nada y con ello arrasa nuestra propia existencia.

Para poder acceder a una contemplación plena del mundo debemos primero depurarnos de nuestras fábulas y permitirnos existir más allá del tiempo. La única vida real es la vida en la intensidad del momento, en la realidad del ahora y esa vida es imposible, es irreal salvo en las burbujas de intensidad creadas por la contemplación no mediada de la realidad, por la interacción directa con el mundo. El mundo es debajo de nuestros pies. Hasta que pensamos en moverlos.

Es una cuestión de asumir nuestra existencia, asumir nuestra muerte y hacernos realidad presente. Aunque la presencia de la angustia es inevitable, es necesario encontrar una forma de generar una burbuja permanente, un eterno ahora que permita una existencia enteramente intensa. Es necesario reencontrarnos con la realidad. Solo en esa realidad completa, expresiva, caótica, solo en la realidad como un todo, solo en la nada podemos recuperar la intensidad de lo que nos desborda, solo superándonos como barrera a la percepción del mundo podemos acceder a ese noser, a esa puerta de acceso a la realidad no medida. En ese mundo al que sólo se puede acceder cuando se dejan las limitaciones de la existencia, cuando se supera el posicionamiento frente a las expresiones del objeto, cuando se puede observar el todo y pertenecerle permitiendo la anulación del sujeto como condición de posibilidad de la nada. En ese mismo mundo existe lo que no puede ser buscado, solo en ese mundo esta lo que debe ser encontrado, sólo en ese mundo infinito esta todo y en realidad nada. A ese mundo pertenezco. Es irónico, mi única pertenencia exige no pertenecer. Exige noser.

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