jueves, 31 de julio de 2008

Trece




Pero como en toda historia siempre existen intervalos donde el relato se detiene, donde los sucesos acontecen a otro ritmo, donde la linealidad se rompe y comienza la multidemencionalidad.


La puerta azul se abre, sólo por un momento, un instante, y sin que nada salga, nada entre y nada pase vuelve a cerrarse. El ritual se repite y el atónito espectador observa callado esperando algo, la terca puerta vuelve a abrirse y cerrarse sin mostrar sus miserias. Este singular baile comienza a mostrar sus reglas y, de alguna manera, se establece una pequeña comunicación entre la puerta y el espectador. La primera repite su rítmica secuencia sin sentirse observada. A su vez el segundo encuentra en la obvia desidia una invitación, una de esas propuestas irrechazables, impostergables si se prefiere, pero siempre irrechazable. El espectador comienza el juego estableciendo reglas claras y sencillas que ambos respetan. En los cortos intervalos en los que la puerta se abre el espectador disfrutará de una secuencia un poco inconstante de imágenes, de sonidos, según el día de sabores y sobre todo de espejos. La Puerta, inmutable, hace una y otra vez caso omiso a las reglas del espectador para poder seguir abriéndose y cerrándose. El espectador, por el contrario, comienza a encariñarse con la puerta y le pone nombre, por la manija su color será Rosío. La puerta considera que abrirse y cerrarse esta bien por ahora, por lo que no responde a los repetidos llamados, algunos a los gritos, del acérrimo espectador. Rosío, Rosío, continúa, pero la puerta siquiera tiene la delicadeza de mostrarse conforme o disconforme con el nombre.


Pasados varios ratos el ritual agoniza al espectador que comienza también a ignorar a la puerta y se concentra en las imágenes que el mismo coloca en ese espacio imperfecto que se forma en su interior. Los fantasmas que brotan de las sombras de la puerta se vuelven cada vez más penetrantes, se llega cada vez más al profundo olvido de la memoria, se llega a donde el espectador no quiere que nadie llegue. Quizás por vergüenza, nadie lo sabe. Pero a cada vez estas mismas formas aparecen en intervalos más prolongados. La puerta se abre, nada pasa, se cierra. La puerta vuelve a abrirse, nada vuelve a pasar, y vuelve a cerrarse. El espectador primero se enoja con Rosío suponiendo que las formas tenían, al fin de cuentas, algo que ver con nuestra azul amiga, pero la puerta sigue firme en su posición, se cierra, se abre, se cierra, vuelve a abrirse y nada. El espectador ha consumado su enojo con la puerta y después de una larga recapitulación de los hechos recompone su cordura. Se sienta. Casi arrepentido por aprender a caminar usa uno de sus dedos para dibujar en el aire un suspiro de resignación.


En esos intervalos perceptivos, sin ningún aviso previo, una de esas ya incontables veces la puerta se abrió y no se cerró. Quedó desnuda, y el espectador miró la frente de lo más profundo, miró todo espacio contenido en ella, tristemente reconoció que seguía sin ver. A cada mirar del espectador borraba su memoria cada vez un poco más para perderse de de lo que debía encontrar, o por lo menos buscar. Perdido en su propia perplejidad fue absorbido por el vació de la puerta, en ese momento la puerta azul se cerró, el espectador se transformó en rehén de sus propios miedos.


Oscuros vacíos fueron suficientes para llamarlo de esa tristeza que brota de los estómagos para conquistar las gargantas, y de la garganta a la boca y de la boca a su grito, agudo y seco como un zumbido. Fue más que horror, fue la catástrofe hecha pánico.


Una lágrima seca escapó de su ojo lentamente antes de mirarlo. Cerca de su nariz le explicó que cada lunar es un sufrimiento. En este mismo espacio tu mirada ya había recorrido hasta el último de los rincones sin encontrar más que los ecos de tu propia existencia, por eso mismo, no hay motivo para llorar, en este lugar ganado al vació nada puede lastimarte, nada existe excepto el miedo al miedo.


El espectador preguntó a la lágrima como sería posible que ese 7miedo que puede correr por su sangre viniese de sí y no de la maldita y abundante oscuridad. La lágrima, serena y más calma, contestó que el vacío tiende a llenarse y que, de la misma manera que desde el exterior de la puerta había podido ver formas de las más propias pero las supo ajenas, de esa misma forma lo que se proyecta es el reflejo del adentro y lo que de afuera viene es la experimentación de lo vomitado. Este vació tan profundo como su miedo podía ser llenado por él mismo, con la diferencia que cuando quedamos sumergidos en la oscuridad ya no existe la opción de considerar a las formas que nos bailan en las orejas nopropias. La lágrima también explicó al en ese entonces tiritante espectador que no eran las formas en si las que podían provocarle horror, sino su incapacidad de ignorarlas. El espectador dejó de acobardarse solamente por un segundo para tratar de entender lo que la lágrima le decía. Terminó por decidirse y preguntó si estaba total y definitivamente segura de que aquellas cosas que el sentía a su alrededor, si aquellas formas indefinidas, aquellas presencias muy firmes en su incertidumbre, provenía de él mismo, y le explicó como pudo a la lágrima que ella debía estar muy segura para confirmar una cosa semejante ya que el asunto era sumamente serio como para andar diciendo cosas que no estuviesen debidamente contrastadas.


La respuesta sugirió que ella conocía perfectamente ese tipo de vacíos ya que de la oscuridad y el miedo provienen las lágrimas, y que sabía perfectamente que en ese tipo de lugares un poco húmedos solo podría encontrar su propia inexistencia. Pero la lágrima le advirtió al ya un poco más tranquilo espectador que su nobleza no le permitía transmitirle falsas seguridades por lo que debía aclararle que era muy probable que aquello que encuentre en ese mismo vacío sea mucho más peligroso que cualquier cosa externa.


El espectador se burlo de la lágrima sacando un pañuelo. Su miedo de hace un rato había sido por las arañas. La lágrima sonrió levemente y contuvo sus ganas de explicarle al espectador que aquellas mentiras no servían con las lágrimas porque todas ellas eran ya muy viejas y conocían mucho de mentiras, pero en lugar de eso le advirtió una última cosa. Con un tono firme pero dulce contó sobre las puertas azules, que eran de las peores que existían, que siempre permanecían calladas conociendo a las personas que dedicaban su tiempo a mirarlas. La lágrima le explicó que una vez que conocían hasta el más mínimo detalle del espectador en cuestión optaban o por cerrarse definitivamente y no volver a aparecer o por devorar a la persona que tanto conocían apropiándosela. Le dijo también que las puertas azules eran terriblemente desconsideradas para con sus huéspedes, y que si en ese viaje encontraba solamente arañas podría darse por afortunado. Hay que tener mucho cuidado en estos lugares, la gente se pierde muy fácil. Auque siempre aparezca una salida, en los viajes muy intensos, las formas que se expresan guardan secretos imposibles. El espectador preguntó cuales eran esos secretos. La lágrima le dijo que estaba por secarse. Y se seco.


El espectador se transformó en nómada, atravesó las sombras de su propio desierto y conoció, merced de la puerta azul, todas aquellas cosas que siempre permanecen mudas, que cuando hablan dicen cosas en otros lenguajes.


Una vez más se encontró sentado, y en el mismo lugar donde antes había una puerta azul. Miró buscando a Rosío para verla por última vez, como despedida ella se abrió tan azul como una pera en inverno.


El espectador cerró la ventana, vendió la casa y se mudó a un lugar sin vista al exterior. Al agente inmobiliario que le vendió su nuevo hogar le dijo -Estrictamente ninguna ventana se tiene que ver desde casa-

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