
Todavía no logro descubrir como hizo para entrar. De hecho el cuarto no sólo estaba cerrado con llave, sino que tenía todas las ventanas trabadas, las persianas bajas y hasta el canario afuera. De hecho se había ido, lo había sacado de su jaula y dejado en el patio para que pueda irse. Por supuesto su jaula había quedado adentro, sin la jaula la habitación no sería la misma.
La cuestión fue que ella apareció. Era una señora muy mayor, con protuberantes arrugas en la frente y un lunar bastante insignificante en alguna parte que no recuerdo. La pude observar perfectamente. Cuando me habló, supe después, desperté.
La anciana en cuestión estaba sentada en mi sillón y estaba muy entretenida dándole maíz al canario. Al principio la escena no me llamó la atención, pero claro, esto fue así porque no recordaba que el canario ya no estaba en su jaula.
Mi canario había estado con migo por muy poco tiempo, pero el trabajo que me llevó encontrar la jaula adecuada para que sea su hogar me hizo tener con él un vinculo personalísimo que era sumamente correspondido. El canario no cantaba, era muy cuidadoso con sus silencios y yo siempre respeté eso como una cualidad de cuidar.
La señora insistió en que el agua era fundamental para el canario, yo insistí en que no sabía quien era ni porque estaba llenando de agua el vasito de una jaula vacía, ella insistió en que yo insistía demasiado. Tuve que dejar de insistir porque ella tenía razón.
Fui a prepararme un té, tenía el estomago revuelto y me aconsejó que usase su pava, la que estaba sobre la estufa. Una vuelta por la arcada del pasillo de los sueños y la puse a calentar. El té no solo era muy rico, me alivió de inmediato. Una vez recuperado intenté volver a mi tarea de averiguar quien era esa señora que estaba sentada en mi sillón dándole de comer y beber a una jaula. Yo no recuerdo haberla dejado entrar y ella asintió con su cabeza. En ningún momento dejó de echar agua sobre el vasito de plástico para días de encierro. El agua desbordó el vasito, desbordó la jaula y finalmente mojó el piso. Cuando la señora se mojó los pies dejó de servir agua para iniciar una conversación.
Traté de retomar el principio de la cuestión. Le indiqué, cordialmente, que yo me había encerrado en aquel cuarto muy meticulosamente, que no era posible que ella estuviese ahí porque nadie había entrado ni salido.
Me preguntó si estaba seguro, lamentablemente tuve que volver a darle la razón. De hecho no recordaba que podía recordar. Los hechos eran algo así como entrar y un paréntesis, se cierra el paréntesis y otra vez yo en la habitación. Pero esta vez con una señora que insistía en ignorar que una jaula estaba vacía. Me preguntó que más recordaba y la pregunta fue como el frió atrás de las orejas. A pesar del miedo reconocí que no recordaba nada de nada, ni recordaba mi nombre, ni recordaba mi pasado, por un instante traté de recordarme, por suerte fue el mismo fracaso.
La señora me preguntó si a mi canario le gustaba el maíz y por algún motivo eso tampoco pude recordarlo. Aunque a ella eso no pareció importarle mucho, así como tampoco parecía importarle el hecho de que el canario no estuviese en la jaula. Primero colmó de maíz el tachito para la comida, después la jaula y cuando el maíz cayó al piso paró solo para volver a sentarse.
Sus movimientos parecían lentos pero ella insistía en que era bastante ágil. Lo repetía sin parar cuando tenía que sentarse, decía que a su edad es siempre bueno conservar la agilidad. Y eso cada vez que se paraba y volvía a sentarse.
Es muy notable como cada vez que recuperaba los ímpetus para preguntarle como había logrado entrar la anciana obviaba responderme. Así lo repitió con éxito varias veces, hasta que mi paciencia se vio colmada. Arremetí contra su persona sin cuidado en su ancianidad, pero a pesar de mi cólera se sostuvo en una posición de suma parsimonia.
Le expliqué que no tenía opción más que considerarla un producto de mi imaginación, y por ello no real.
Me dijo que ella era muy real. Que la realidad era siempre muy compleja y que estaba muy aburrida de que la simplifiquen de esa forma.
Me enojó que me evadiera siempre con tanta razón. En un esfuerzo descomunal cuidé la forma en la que me expresaba y reformule la oración. Le dije que ella dejaría de existir en cuanto yo dejase de prestarle atención, que ella no era una persona sino una proyección. Otra vez me gano. Dijo que si ese fuese el caso no tendría que preocuparme tanto por los como sobre su entrada sino sobre los porque. Me dijo que de cualquier forma tenía un canario muy simpático y obediente.
Dispuse que lo más sensato sería abrir las ventanas, el aire ausente siempre ayuda a la cordura. Y otra vez la tarea de descubrir los motivos de la anciana desconocida para entrar en mi cuarto. Fue curioso, pero mientras pensaba en esto, sin que yo lo diga ella lo escuchó.
Para burlarse me contestó. Simplemente había venido para despertarte. Atontado por la perplejidad le dije que si así era que ya había cumplido con su objetivo y que podía retirarse. Esa fue la primera y única vez en que me dio la razón. Me preguntó si podía venir a visitar a mi canario, le resultaba encantador. Mi silencio no cumplió con lo requerido, creo que intuyó mi respuesta. En cuanto pudiese elaborarla, sería un rotundo no. Pero optó por ignorarme y saludar al canario diciéndole que tenía que volver para seguir con esa conversación tan interesante sobre las regaderas.
La señora abrió la puerta y se retiró. Una vez en la calle recordó que todavía tenía que hacer las compras para el almuerzo, había usado toda la mañana en cumplir con el recado de despertarme, y la comida es la comida. Como estaba muy lejos de su casa eligió volver y dejar las compras para algún almacén del barrio. Si hacía todo al revés iba a tener que llevar las bolsas por muchas cuadras. A su edad eso no es muy recomendable.
Caminó por las calles a pesar del frió sin bufanda por esa vieja costumbre de creer tozudamente que la gente con bufanda no puede ser decente. Cuando estuvo a dos cuadras de su casa fue al almacén donde hacía las compras todos los días. La encargada del lugar la saludó con una sonrisa y le preguntó que necesitaba. No se fue muy conforme del lugar, no había podido conseguir los fideos de siempre, de esos, los que hacen tres rulos. Pero así y todo consideró que la salsa le quedaría estupenda. Con semejante salsa su plato quedaría igual de rico que el que había probado en el restaurante. Tuvo un motivo para no sentirse miserable.
Cuando entró a su casa notó que todo era un desorden, se propuso ordenarle a las cosas su lugar y después hacer la comida. Tenía tanto hambre que, por accidente, podía llegar a comerse su propia espalda.
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