
En una de esas épocas que existen fuera del tiempo existió un peregrino. Viajaba de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo vendiendo la maravilla más extravagante que cualquier habitante de cualquier lugar pudiese ver antes de su muerte. El peregrino vendía círculos de aire. Recorriendo el mundo solamente con su valija. En ese cofre mágico guardaba la más amplia colección de círculos de aire que alguna vez pudiesen existir en la historia y a un costado. Tenía círculos que empezaban en un punto y terminaban en el mismo punto donde habían empezado, tenía círculos de aire invisibles, tenia círculos que parecían cuadrados y otros con forma de triángulos. Tenia círculos de la felicidad, círculos de tristeza, tenia círculos tan grandes que una ciudad entera podía construirse dentro y círculos tan pequeños que no podía meterse dentro de ellos ni un alfiler.
Un día igual a todos los demás el peregrino entró en la perdida ciudad del invierno, la recorrió por horas y horas sin encontrar ni a una sola persona. Las calles estaban totalmente desoladas, vacías, lo único que había en la ciudad era frío, un frío estremecedor, un frío que no podía evitarse con mantas, que no podía superarse con fuego, un frío del que uno no puede esconderse en ningún lugar.
El peregrino recorrió la cuidad tantas veces que perdió la cuenta, perdió toda esperanza de vender sus círculos de aire y se fue. Con un poco de esa felicidad que en el fondo encubre la nostalgia descubrió que el frío de la ciudad todavía lo acompañaba por el camino, lo disfrutó por última vez, intento calentarse inútilmente una vez más y con su fracaso disfrutó la despedida. A medida que el peregrino se alejaba de la ciudad y el frío no desaparecía la pavura empezó a asolar su alma. Encaró su recorrido al pueblo de San Fermín, lugar en donde el habitante más joven debe acreditar 180 años de vida para ingresar. Salvando, por supuesto, a los que ingresan por comercio. Nuestro peregrino mostró sus maravillas a los cuidadores de la entrada de la ciudad y ellos no dudaron en permitirle el paso. Semejante secreto no puede faltar en San Fermín, aseguró uno de ellos.
Ya entre los habitantes del pueblo se preocupó. El frío no lo había abandonado en ningún momento y a pesar de la considerable distancia que separaba ambos destinos parecía que algo de la ciudad perduraba en su cuerpo.
Buscó un lugar donde alojarse, por supuesto un lugar con un hogar a leña, con una cama llena de frazadas, un lugar donde encontrar el calor perdido. Todos los consultados coincidieron que entre las dos posadas del pueblo sin lugar a dudas debería elegir la de Carmelina ya que ahí podría encontrar el hogar a leñas más grande del mundo. A pesar de los elogios de los lugareños el hogar no era tan grande. De hecho era sumamente común aunque era suficientemente bueno como para cumplir con su imposible tarea. El peregrino tomó todas las leñas y las puso a arder, tomó todas las frazadas y las tiró sobre la cama prolijamente, evitando que pueda escurrirse un poco de frío por algún lugar un poco olvidado, y, una vez que el horno estuvo en su punto máximo, se acostó con todo y ropa para esperar las gotas de lo humedad. Esperó primero con alegría, después con preocupación y por último con desquicio. A pesar de la impaciencia el calor nunca llegó. Desesperado fue a pedirle más leña a Carmelina y esta se la dio de muy buena gana, como era usual en esta ansianísima mujer.
Todos los leños fueron tirados juntos al horno y a pesar de que las llamas empezaron a cobrar dimensiones un poco desmesuradas el calor no apareció. El peregrino volvió a pedirle más leña a Carmelina, pero ella le explico que hasta el día de mañana no le enviarían más, que la leña que le había dado debería de alcanzar para varios días. Si así y todo no era suficiente con lo que tenía podía ofrecerle varios de sus leños personales, ella no los necesitaba. Así fue como obtuvo la madera necesaria para que el hogar rebalsase. Fue ese el segundo en el que el peregrino lloró de tristeza.
Una parte suya se había quedado atrapada en la ciudad de invierno.
Sin saber que hacer, y con uno de esos presentimientos desgarrantes, tuvo miedo de que jamás fuese a desaparecer el frío. Se imaginó tiritando por el resto de sus días y enloqueció. Empezó por tirar las sillas de maderas al fuego y siguió por la mesa. Como la cama era demasiado grande probó con un par de hachazos, la hizo ir a parar entera al fuego cuando pudo juntar todas las sábanas. Como todo eso falló se inventó la mejor idea de todas, la única solución. El peregrino supo que debía usar su círculo del calor eterno para crear el fuego más intenso, el de la inmortalidad.
Las llamas que surgieron del experimento eran inmensas, desbordaron el horno, subieron por las paredes, treparon por los techos y, ante su atónita mirada, empezaron a consumir todo el lugar. El peregrino no pudo hacer nada para evitar el incendio, en lo único que podía pensar era en quemarse vivo. Sólo pedía que el contacto directo con el fuego le sacarse el frío de las entrañas.
El incendio se propago rápidamente, y aunque el humo alertó a todos los habitantes de San Fermín, solo Carmelina llegó a tiempo para avisar a Don Facundo, el más joven y vigoroso de los ancianos. Este corrió a paso lento pero seguro hasta el lugar y llegó justo a tiempo para salvar al desmallado peregrino de una muerte segura.
Cuando este despertó lo primero en lo que pensó fue en sus círculos de aire y, como nunca soltaba su valija, notó enseguida que todavía estaban colgando de sus hombros. Lo segundo en lo que pensó fue en que tenía aun más frío que antes, si es que puede ser posible.
Fue en ese momento que le explicaron que el anciano del pueblo quería verlo. Todos dejaron la habitación caminando en silencio, dejando el lugar para la ceremonia. Cuando entró demostró guardar una de edad incalculable.
El peregrino le preguntó como se llamaba, su respuesta fue que era un antiguo. El peregrino le contó su historia y le dijo que había perdido toda esperanza en que el frío desapareciese. Le dijo que lo único que le quedaba era la muerte, la muerte más fría del mundo. El antiguo le dijo que tenía un mensaje eterno, un mensaje que le había sido confiado en los tiempos antes del tiempo y que ese mensaje tenía un solo destinatario. Le dijo que había recibido estrictas órdenes de no decir las palabras que iba a recitar más que a aquel que contuviese el invierno en su cuerpo.
Antes de revelarle tan prometedor mensaje le aclaró que había cometido un error. Le dijo que la muerte no podía liberarlo, que si estaba preso del frío de la ciudad de invierno tendría que soportarlo a pesar de los huesos, a pesar de su carne y más allá de su cuerpo. El invierno lo iba acompañar como un perro hambriento, por el resto de la eternidad. La muerte no salva a los que escapan dijo suavemente el antiguo.
El mensaje que le dio no puede ser repetido en estas líneas, el peregrino insistió en que solo sus oídos estaban preparados para escucharlo. Nunca me lo contó.
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