
Hay que festejar al caracol que nos presentó la lentitud. Nos mostró que yendo despacio a cualquier lado podemos inducir a los dedos cósmicos a que nos levanten y lleven a canteros elevados donde crezcan plantas de frutos sagrados. Hay un hombre fuera de este mundo que tiene una llave. Dice que pudo irse y ahora quiere volver. Algún día una tortuga verde de caparazón a cuadros querrá ser mantel. El invierno tiene bolitas amarillas.
En medio de una discusión sobre domingos alguien trae a colación las pastas con brúcula. Otro le contesta que mejor es la madera de un sauce. Pero a mí me queda mejor la idea de un puchero de caracol. Una bolsa gigante y dos guantes. Recorremos el barro buscando hasta que logramos poder, y los ponemos en una olla. Las casas vaciadas serán el hogar de las fantasías. Viscosos y algo amargos, el cartílago representa la ausencia de la velocidad. En una especie de torbellino arqueado sobre su propia espalda una bailarina de pies hermosos por lo pequeño me enseña el aroma de la felicidad. ¿Tengo olor a pie? Por supuesto que si, el más hermoso olor que un pie puede tener es el olor a un pie. El dedo gordo del pie, el tobillo del pie y el arco doblado que es condimento de todo lo que pica en este mundo.
¡Cómo voy a extrañar a mi caracol! Y yo que pensé que era mi dedo. Hay que tomarse las pelusas del ombligo y tirarlas al viento, para que se junten con los panaderos y fecunden los suelos áridos de estas mesetas.
Y que ni siquiera sea pensado por un segundo. Los hilos de este juego no pueden ser tomados. Hay que dejar que se muevan a su propio ritmo. Hay que encontrar en el devenir una idea sin cabeza. Hay que dejar de calcular y aprender a esperar. Esa es la sabiduría que se obtiene con el puchero de caracol. Tiene una casa que da vueltas sobre sí misma, empieza para terminar y termina para salir al balcón. Hermoso balcón. Abandonado balcón. Vení, no te vayas, quedate arriba mío y abrazame. Nada importa.
El caracol no se pone triste porque falta mucho. Aprende a seguir siendo un poco agrio y un poco dulce. Dice que queda bien con zanahorias y que le gusta el roquefort, dice que es la única comida azul del mundo que conoce. Hace platos de comida que nunca probé y escribió una canción hermosa que no quiero escuchar pero que es mía para siempre.
El puchero sabe que se va a enfriar en la mesa esperando que alguien lo coma. Sabe también que van a salir a caminar las paredes por las calles y que él va a seguir esperando, sentado en esa silla cuadrada en la que alguna vez se acostó un ombligo y una espalda.
A partir de hoy, y por un rato muy corto, voy a ser el hombre más feliz del mundo, tengo música y creo en la magia. Pera mañana tengo pensado usar una escoba como pincel y salir a dibujar duendes en las ventanas. Un libro entero sobre ventanas. Y un pastel que se enfría en la estufa. Tengo que usar la palabra chimenea, a veces tiene miedo y también junta mugre.
Hay que hacer volver a la metáfora estúpida. A esa que parece que está hablando de otra cosa, a esa que no habla de nada en especial y que significa una tristeza guardada en una lágrima guardada en una bolsa guardada en una caja cerrada con un beso. Era un regalo que también quemé.
Hoy voy a quemar el sol. Quiero que sea gris para sonreírle a la etiqueta y comer, en una cuchara de madera, un hermoso puchero. Siempre de caracol.
En medio de una discusión sobre domingos alguien trae a colación las pastas con brúcula. Otro le contesta que mejor es la madera de un sauce. Pero a mí me queda mejor la idea de un puchero de caracol. Una bolsa gigante y dos guantes. Recorremos el barro buscando hasta que logramos poder, y los ponemos en una olla. Las casas vaciadas serán el hogar de las fantasías. Viscosos y algo amargos, el cartílago representa la ausencia de la velocidad. En una especie de torbellino arqueado sobre su propia espalda una bailarina de pies hermosos por lo pequeño me enseña el aroma de la felicidad. ¿Tengo olor a pie? Por supuesto que si, el más hermoso olor que un pie puede tener es el olor a un pie. El dedo gordo del pie, el tobillo del pie y el arco doblado que es condimento de todo lo que pica en este mundo.
¡Cómo voy a extrañar a mi caracol! Y yo que pensé que era mi dedo. Hay que tomarse las pelusas del ombligo y tirarlas al viento, para que se junten con los panaderos y fecunden los suelos áridos de estas mesetas.
Y que ni siquiera sea pensado por un segundo. Los hilos de este juego no pueden ser tomados. Hay que dejar que se muevan a su propio ritmo. Hay que encontrar en el devenir una idea sin cabeza. Hay que dejar de calcular y aprender a esperar. Esa es la sabiduría que se obtiene con el puchero de caracol. Tiene una casa que da vueltas sobre sí misma, empieza para terminar y termina para salir al balcón. Hermoso balcón. Abandonado balcón. Vení, no te vayas, quedate arriba mío y abrazame. Nada importa.
El caracol no se pone triste porque falta mucho. Aprende a seguir siendo un poco agrio y un poco dulce. Dice que queda bien con zanahorias y que le gusta el roquefort, dice que es la única comida azul del mundo que conoce. Hace platos de comida que nunca probé y escribió una canción hermosa que no quiero escuchar pero que es mía para siempre.
El puchero sabe que se va a enfriar en la mesa esperando que alguien lo coma. Sabe también que van a salir a caminar las paredes por las calles y que él va a seguir esperando, sentado en esa silla cuadrada en la que alguna vez se acostó un ombligo y una espalda.
A partir de hoy, y por un rato muy corto, voy a ser el hombre más feliz del mundo, tengo música y creo en la magia. Pera mañana tengo pensado usar una escoba como pincel y salir a dibujar duendes en las ventanas. Un libro entero sobre ventanas. Y un pastel que se enfría en la estufa. Tengo que usar la palabra chimenea, a veces tiene miedo y también junta mugre.
Hay que hacer volver a la metáfora estúpida. A esa que parece que está hablando de otra cosa, a esa que no habla de nada en especial y que significa una tristeza guardada en una lágrima guardada en una bolsa guardada en una caja cerrada con un beso. Era un regalo que también quemé.
Hoy voy a quemar el sol. Quiero que sea gris para sonreírle a la etiqueta y comer, en una cuchara de madera, un hermoso puchero. Siempre de caracol.
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