jueves, 31 de julio de 2008

Trece




Pero como en toda historia siempre existen intervalos donde el relato se detiene, donde los sucesos acontecen a otro ritmo, donde la linealidad se rompe y comienza la multidemencionalidad.


La puerta azul se abre, sólo por un momento, un instante, y sin que nada salga, nada entre y nada pase vuelve a cerrarse. El ritual se repite y el atónito espectador observa callado esperando algo, la terca puerta vuelve a abrirse y cerrarse sin mostrar sus miserias. Este singular baile comienza a mostrar sus reglas y, de alguna manera, se establece una pequeña comunicación entre la puerta y el espectador. La primera repite su rítmica secuencia sin sentirse observada. A su vez el segundo encuentra en la obvia desidia una invitación, una de esas propuestas irrechazables, impostergables si se prefiere, pero siempre irrechazable. El espectador comienza el juego estableciendo reglas claras y sencillas que ambos respetan. En los cortos intervalos en los que la puerta se abre el espectador disfrutará de una secuencia un poco inconstante de imágenes, de sonidos, según el día de sabores y sobre todo de espejos. La Puerta, inmutable, hace una y otra vez caso omiso a las reglas del espectador para poder seguir abriéndose y cerrándose. El espectador, por el contrario, comienza a encariñarse con la puerta y le pone nombre, por la manija su color será Rosío. La puerta considera que abrirse y cerrarse esta bien por ahora, por lo que no responde a los repetidos llamados, algunos a los gritos, del acérrimo espectador. Rosío, Rosío, continúa, pero la puerta siquiera tiene la delicadeza de mostrarse conforme o disconforme con el nombre.


Pasados varios ratos el ritual agoniza al espectador que comienza también a ignorar a la puerta y se concentra en las imágenes que el mismo coloca en ese espacio imperfecto que se forma en su interior. Los fantasmas que brotan de las sombras de la puerta se vuelven cada vez más penetrantes, se llega cada vez más al profundo olvido de la memoria, se llega a donde el espectador no quiere que nadie llegue. Quizás por vergüenza, nadie lo sabe. Pero a cada vez estas mismas formas aparecen en intervalos más prolongados. La puerta se abre, nada pasa, se cierra. La puerta vuelve a abrirse, nada vuelve a pasar, y vuelve a cerrarse. El espectador primero se enoja con Rosío suponiendo que las formas tenían, al fin de cuentas, algo que ver con nuestra azul amiga, pero la puerta sigue firme en su posición, se cierra, se abre, se cierra, vuelve a abrirse y nada. El espectador ha consumado su enojo con la puerta y después de una larga recapitulación de los hechos recompone su cordura. Se sienta. Casi arrepentido por aprender a caminar usa uno de sus dedos para dibujar en el aire un suspiro de resignación.


En esos intervalos perceptivos, sin ningún aviso previo, una de esas ya incontables veces la puerta se abrió y no se cerró. Quedó desnuda, y el espectador miró la frente de lo más profundo, miró todo espacio contenido en ella, tristemente reconoció que seguía sin ver. A cada mirar del espectador borraba su memoria cada vez un poco más para perderse de de lo que debía encontrar, o por lo menos buscar. Perdido en su propia perplejidad fue absorbido por el vació de la puerta, en ese momento la puerta azul se cerró, el espectador se transformó en rehén de sus propios miedos.


Oscuros vacíos fueron suficientes para llamarlo de esa tristeza que brota de los estómagos para conquistar las gargantas, y de la garganta a la boca y de la boca a su grito, agudo y seco como un zumbido. Fue más que horror, fue la catástrofe hecha pánico.


Una lágrima seca escapó de su ojo lentamente antes de mirarlo. Cerca de su nariz le explicó que cada lunar es un sufrimiento. En este mismo espacio tu mirada ya había recorrido hasta el último de los rincones sin encontrar más que los ecos de tu propia existencia, por eso mismo, no hay motivo para llorar, en este lugar ganado al vació nada puede lastimarte, nada existe excepto el miedo al miedo.


El espectador preguntó a la lágrima como sería posible que ese 7miedo que puede correr por su sangre viniese de sí y no de la maldita y abundante oscuridad. La lágrima, serena y más calma, contestó que el vacío tiende a llenarse y que, de la misma manera que desde el exterior de la puerta había podido ver formas de las más propias pero las supo ajenas, de esa misma forma lo que se proyecta es el reflejo del adentro y lo que de afuera viene es la experimentación de lo vomitado. Este vació tan profundo como su miedo podía ser llenado por él mismo, con la diferencia que cuando quedamos sumergidos en la oscuridad ya no existe la opción de considerar a las formas que nos bailan en las orejas nopropias. La lágrima también explicó al en ese entonces tiritante espectador que no eran las formas en si las que podían provocarle horror, sino su incapacidad de ignorarlas. El espectador dejó de acobardarse solamente por un segundo para tratar de entender lo que la lágrima le decía. Terminó por decidirse y preguntó si estaba total y definitivamente segura de que aquellas cosas que el sentía a su alrededor, si aquellas formas indefinidas, aquellas presencias muy firmes en su incertidumbre, provenía de él mismo, y le explicó como pudo a la lágrima que ella debía estar muy segura para confirmar una cosa semejante ya que el asunto era sumamente serio como para andar diciendo cosas que no estuviesen debidamente contrastadas.


La respuesta sugirió que ella conocía perfectamente ese tipo de vacíos ya que de la oscuridad y el miedo provienen las lágrimas, y que sabía perfectamente que en ese tipo de lugares un poco húmedos solo podría encontrar su propia inexistencia. Pero la lágrima le advirtió al ya un poco más tranquilo espectador que su nobleza no le permitía transmitirle falsas seguridades por lo que debía aclararle que era muy probable que aquello que encuentre en ese mismo vacío sea mucho más peligroso que cualquier cosa externa.


El espectador se burlo de la lágrima sacando un pañuelo. Su miedo de hace un rato había sido por las arañas. La lágrima sonrió levemente y contuvo sus ganas de explicarle al espectador que aquellas mentiras no servían con las lágrimas porque todas ellas eran ya muy viejas y conocían mucho de mentiras, pero en lugar de eso le advirtió una última cosa. Con un tono firme pero dulce contó sobre las puertas azules, que eran de las peores que existían, que siempre permanecían calladas conociendo a las personas que dedicaban su tiempo a mirarlas. La lágrima le explicó que una vez que conocían hasta el más mínimo detalle del espectador en cuestión optaban o por cerrarse definitivamente y no volver a aparecer o por devorar a la persona que tanto conocían apropiándosela. Le dijo también que las puertas azules eran terriblemente desconsideradas para con sus huéspedes, y que si en ese viaje encontraba solamente arañas podría darse por afortunado. Hay que tener mucho cuidado en estos lugares, la gente se pierde muy fácil. Auque siempre aparezca una salida, en los viajes muy intensos, las formas que se expresan guardan secretos imposibles. El espectador preguntó cuales eran esos secretos. La lágrima le dijo que estaba por secarse. Y se seco.


El espectador se transformó en nómada, atravesó las sombras de su propio desierto y conoció, merced de la puerta azul, todas aquellas cosas que siempre permanecen mudas, que cuando hablan dicen cosas en otros lenguajes.


Una vez más se encontró sentado, y en el mismo lugar donde antes había una puerta azul. Miró buscando a Rosío para verla por última vez, como despedida ella se abrió tan azul como una pera en inverno.


El espectador cerró la ventana, vendió la casa y se mudó a un lugar sin vista al exterior. Al agente inmobiliario que le vendió su nuevo hogar le dijo -Estrictamente ninguna ventana se tiene que ver desde casa-

Catorce


No existe vacío mas grande que el de burbuja al reventar. Es por eso que practican la reticencia, son tan difíciles de conquistar que tornan esta insoportable vida demasiado corta. No tardan más de dos segundos en ser vistas y ya salieron corriendo por su extrema timidez. Para entablar una relación con ellas es necesario cumplir con una serie de requisitos siempre asequibles para almas ambiciosas.

Una vez una burbuja un poco más inquieta se sentó a leer, tuvo tanta suerte para la desgracia que el libro que tenía en manos la aburrió. Sin otra cosa mejor que hacer se decidió a entablar una larga charla que trataré de deformar en lo que más pueda para mantenerme fiel a lo que no pasó, así podré no ofender a la burbuja si es que alguna vez llegase e leer estas líneas.

Resultó que se presentó ante mí luciendo su juventud, cosa que para ella era decisiva en cuanto a su curiosidad por las cosas de los mundos que no eran estrictamente de burbujas. En una de esas ráfagas de desconcierto le pregunté si podía comentarme los motivos de ese extraño empeño que tenían en esquivar a las personas. Fue al principio que tuvo ganas de hablar, después un poco se le fueron. La charla apareció colgada de un árbol mucho más adelante. Con una pausada continuidad me contestó que mi comentario era como mínimo estúpido y que usaba este calificativo como el más suave que se le ocurrió ya que no quería ni herir los sentimientos de tan paciente muchacho ni faltar a la verdad (cosa que entre las burbujas es considerada como una falta gravísima). Me explicó que muy por el contrario a lo que yo había dicho las burbujas están siempre dispuestas a relacionarse con aquellos mundos externos a los suyos pero resulta que para ellas es muy difícil una comunicación plena, por esto es que optan por negarse, evitan perder el tiempo. Me explicó que toda burbuja que se precie de tal no podía morir sin antes haberse brindado por completo a un instante, pero que para eso era siempre necesaria una conciencia, ya que el tiempo era muy estricto en cuanto a los instantes que regala y es muy sabido que no hay instantes sin conciencia, ni conciencia sin una compulsión a desaparecer infinitas veces rechazada.

Es así como se tiene siempre presente al tiempo en su conjunto, explicó la burbuja, pero a pesar de los infinitos pedidos de instantes que el tiempo tiene, para regalar uno siempre exige un deseo y esto no es un capricho. Ante el deseo la conciencia se abstrae de su propia existencia y se concentra en el instante, consume su deseo sin satisfacerlo, lo exprime, y en ese continuo el tiempo se detiene, deja de ser considerado como un conjunto para desaparecer. El problema es que las conciencias, poco adiestradas en su mayoría, esto según confeso el propio tiempo, no están acostumbradas a negar su propia existencia, a superarse, en cuanto perciben el instante no hacen otra cosa que querer hacerlo durar. En la duración se pierde el foco del deseo y el tiempo vuelve a desdoblarse sobre su propia infinitud destruyendo el instante.

La burbuja me explicó que si el instante era suficientemente intenso, la conciencia desaparecía, el deseo quedaba suspendido y la burbuja aparecía como una ruptura general de las dimensiones del yo. La realización de la burbuja consiste, explicó con suma emoción y sentimiento, en capturar ese instante de deseo permanente en el que la conciencia desaparece y solo queda el ahora. Si la fascinación por la duración logra ser evitada, la conciencia se sostiene dentro de la burbuja pero, si la duración logra vencer es porque el deseo ha sido realizado logrando su satisfacción. El juego de la burbuja consiste en tratar de hacer entender a la conciencia que mientras insista en la duración nunca logrará salir del tiempo, nunca logrará negarse, es decir nunca. La burbuja se realiza como tal en cada instante, en esos que son eternos, esos que se sostienen por siempre y que sin embargo no duran ni un segundo. Dentro de esa burbuja todo aquello que existe es el placer desplegado. El goce. La clave es poder diferenciar el placer, que deviene de la continuidad en el deseo, de lo que es la satisfacción, que no es otra cosa que la consecuencia de la muerte del goce. Cuando la penumbra asoma nace de los cadáveres la conciencia para romper la burbuja notando que se ha existido. En ese fatal segundo surge la necesidad de hacer durar y, por lo tanto, la satisfacción. La muerte.

Entre el deseo y la satisfacción existe la misma distancia que entre el instante y la duración. El número exacto, para hacer el cálculo que permita determinar esa distancia, se llama tiempo. Entre el placer y la satisfacción existe el instinto innato de la conciencia por sobrevivir. Entre el placer y el goce existe una buena amistad. Es una lástima, concluyó la burbuja antes de retirarse.

Quince


Sin lugar a dudas al borde, a veces era un vaso, otras las ganas de ahorcarse, también podía ser un plato o un pañuelo, pero siempre en el límite. No sabía porque, pero siempre apoyaba las cosas en el mismo lugar.

Un día me pasó de compartir una mesa con una mujer que me lo hizo notar, pero de una forma muy especial. Había mucha gente, no mucha por el número, sino porque casi todos sobraban. Había cervezas, muchas cervezas, y en ese servirse y tomar el ritual se escondía entre una botella y un vaso que empezaba a presentarse queriendo caerse.

Sin violencia, casi sin notarlo, en uno de esos incontables tragos perdidos en una miseria, ella lo acomodó. Corrió mi vaso un poco más al medio. Lo noté sin que ella pueda notar que lo había notado. Tomé un poco más y lo volví a dejarlo en el borde de la mesa. Sin mirarme volvió a agarrarlo y lo dejó un poco más al medio, un poco menos cerca de caerse, de romperse en mil pedazos.

Su actitud primero me había parecido inocente, estúpida intolerancia, me pareció que ella no podía ver los límites, que era su problema y que me usaba para evidenciarlo, para expresarse. Me divertía la forma en que me acomodaba, suponía que las cosas tienen un lugar. La tercera vez fue muy con polleras de rallas a los costados y dos botones que se habían desabrochado, ella estaba hablando con alguien y casi por una interrupción volví a mi cerveza para dejarlo insultarla. Pero eso que yo consideré una interrupción para ella fue un suspiro.

Sin dejar de hablar acomodó mi vaso otra vez.

Era posible que lo estuviese haciendo sin tenerme en cuenta, en realidad ella parecía acomodar sus miedos más que el vértigo del vaso. Pensé que ya tenían una relación, que hasta podía quererlo, imaginé que le puso un nombre. En el fondo no era mi vaso ni su muerte, no soy un asesino. Me encantaría que me mires y por eso no puedo mirarte.

Volví a tomar y otra vez el borde. Esta vez me miró para acomodarlo. Ignorarla fue una gota larga en la axila. Yo estaba muy ocupado en comprenderla, pero si me veía espiarla se perdía el juego, la sinceridad. Mirar para otro lado era esconderse de la vergüenza, pero no quería evitarlo. Miraba para otro lado y seguía mirándola. Buscando en las sombras de sus movimientos, construyendo un puente invisible en la distancia.

Estaba tratando de darse cuenta si era con ella, buscaba mi provocación, creo que fue en ese momento que se excitó. Lo vi en el calambre de su pie derecho.

Era claro, yo siempre actuaba de la misma manera, para mi el lugar del vaso era siempre el mismo. Fue ante su actitud de acomodarme y lo que simplemente era ahora ya no estaba, auque siempre al borde y siempre el vaso el imperativo era otro, al que mandaba era otro. Y ella con esa mirada, con ese mirarme para entenderme, construyendo casas gigantes con trenes y varios sueños de compartir una de humedad.

Hubo un segundo entre nosotros y el mundo giró para otro lado, sufrimos por el final inevitable, un vaso más para que los fantasmas desaparezcan, solo faltaba un borde de una mesa y los mundos invisibles de la seducción quedarían desnudos.

Tomé mi vaso y todas mis esperanzas, lo vacié de un sorbo enorme y vacío lo dejé invitando al desequilibrio, tan al borde que debo reconocer que no estaba en su lugar. Perdí. Impaciente miré para otro lado, un cobarde usando una conversación para escapar, pensando su cara, esperando que me demuestre que igual lo iba a acomodar, que se reconociese, que me invite. Si ella decidía acomodarlo yo la miraba, hasta podía sonreír para darle a entender que la tocaba en cada borde. Pero nada de eso pasó, el vaso quedó inmóvil, muy al borde, fuera de su lugar. Lo sentí una traición.

Pensé volverme loco. Pensé y pensé solo para equivocarme. En el medio de mi desesperación me salvó una riza. Piedra libre a mis ganas y salud por tus hermosos pies.

No tuve alternativa, reconocí que desde el principio estaba escrita la derrota. Tomé el vaso y lo llené. Apoyarlo en la mesa y al medio fue un poco violento pero necesario.

Un segundo y la saliva dura corría por los codos. También sin mirarme, también mirándome sin verme. Entonces se lo tomó entero. Lo vacío. Por suerte, en lugar de acomodarlo, lo tiró contra la pared. Lo roto. El resto fue un silencio, el estremecimiento juntó las miradas, ella se acomodó el pelo atrás de sus orejas redondas, terminó su vaso y lo dejó justo en el borde. En su lugar.

Recién en ese momento pude sonreír. Bebí de su vaso para estar apurado, no fue necesario que lo rompa contra la pared, enseguida nos levantamos y nos fuimos. Amaba exquisitamente.

Y otro quince


Era siempre a la mañana, cuando salía de mi casa y abría la primera puerta, después la segunda, doblaba la esquina y ahí estaba. En su hermoso puesto de flores. No sabría como explicarlo, después de todo eran solo dos segundos, tres y uno solo, en realidad era siempre el mismo momento y era el mismo porque el frío me lo hacia recordar, era siempre salir de casa con el pelo mojado. Estaba guardado en la tragedia de sentir que las orejas se me tenían que congelar y caer. Y siempre era el sufrimiento interrumpiéndose porque cuando doblaba la esquina estaba su hermoso puesto de flores, verde y con muchas patas largas. En ese momento no podía evitar levantar la cabeza, muy preocupado, orejas por todos lados y por eso miraba el piso. Lo miraba para que se caigan, para levantarlas. Pero dando la vuelta a la esquina de mi casa había un puesto de flores, uno igual a todos los demás, pero que tenía, sentada en esa sillita de patas largas, a una mujer tan hermosa que me embriagaba con el olvido. Era esa otra mañana, ya no me importaban las vueltas de las orejas por el resto de mi vida, dejaba de mirar lo pisado, dejaba de buscar lo que no se había caído, dejaba todo. Y siempre más que mirar buscaba, buscaba que se de cuenta que estaba pasando, que ya mis no importaba, que todo era para mi encontrar su mirada, encontrar sus ojos y verla aunque sea un segundo. Como de costumbre a la mañana ella estaba sentada, y de alguna manera misteriosa esperaba, esperaba que yo pase, esperaba también ese segundo, ese momento en el que yo la miraba y ella compartía mi alegría, y se que la compartía. Porque en sus ojos estaba también la espera de esa comunicación, eso que puede existir por fuera de cualquier palabra, ese compartirnos en el que no hace falta decir nada, hablábamos desde palabras innecesarias.


Las primeras veces era siempre pasar y mirarla, y ella hacía que trabajaba. Arreglando las flores y atendiendo a algún cliente y comprando café al vendedor ambulante. Un día del que recuerdo solo que era sábado fui a comprarle algo que no necesitaba, fui a inventarme una excusa. Antes de bajar me bañe el cuerpo y use ropa sin agujeros. Baje silbando una canción. Era un día frío a la tarde de una siesta. Cuando di la vuelta a la esquina saludé con educación distante. Su cara se conmovió en mis esperanzas y esa sonrisa preciosa que se dibujó me regaló vida por un mes.

Le pregunté si no tenía un cicatrizante para cactus, cosa muy difícil de conseguir en florerías especializadas y por lo tanto imposibles en el puesto de flores que quedaba a la vuelta de la esquina de mi casa. La estupidez de la pregunta funcionó. Aunque mis mentiras sobre el viento y el cactus que se rompía parecieron convencerla creo que decidió creerme. Se presentó, me dijo que no se llamaba María. Ese día cambio algo más que mi relación con ella. No pude evitar crear una escena, le pregunté donde podía conseguir el cicatrizante, ella me dijo que no sabia, yo le agradecí inmensamente, ella me saludó y yo me fui para la otra esquina y doble para el otro lado. Volví a mi casa. Esa tarde había hojas entrando por todas las ventanas

A la mañana del lunes el frío alcanzó mis pestañas. Sobraban motivos para temblar. Cuando salí a la calle supe que tenía que perder las orejas, que no había salida, que tendría que aprender a vivir sordo. Pero cuando di vuelta a la esquina, sin tener un segundo para dudarlo, mis orejas, mis futuros, mis pasados y mis penas se fueron junto con el frío. La saludé esperando una sonrisa, me preguntó si había encontrado el lugar que me había recomendado. Frente a la pregunta simulé una búsqueda, ella lo notó. Traté de explicarle que estaba así porque mi cactus había muerto. Esa fue la única vez que hablé hasta lo de la fuente. Ese día me dijo que era una lástima, me saludó y me fui.

A partir de ese lunes todas las vueltas a la esquina por la mañana significaron una esperanza, una forma de que las orejas no se me caigan, un lugar donde encontrar como perderme. Esa noche del lunes había tenido muchos problemas para pensar excusas, no sabía como hacer para hablarle y decirle que tenía una sonrisa realmente hermosa.

A la mañana del martes la vuelta a la esquina habló un calor, una ansiedad incontrolable, algunas ganas perdidas y un puesto de flores. Cuando pasé por el lugar me estaba esperando, en su lugar, acomodando el color amarillo. Buen día, que frío que hace esta mañana, y ella que por supuesto me contestó que el día estaba helado, que el frío era terrible. Chau. Nos vemos. Y eso fue todo.

A la vuelta de la esquina, desde ese martes, se repitió siempre un ritual escandaloso, siempre un saludo formal, demasiado formal, ella me veía llegar y me preguntaba como estaba, pero me lo preguntaba desde esa educación en la que se esta asumiendo un compromiso, una responsabilidad. Si claro, me saludaba es cierto, me preguntaba como estaba, eso también es cierto, pero yo no podía, a la que no se llamaba no le importaba saber que estaba muy contento por tener mis dos orejas en su lugar, a ella no le importaba saber que nunca existió el cactus, que nadie había muerto, que había miles de años guardados en una posibilidad. Nada de eso estaba en cada una de las mañanas a la vuelta de la esquina de mi casa, lo único que había en ese puesto de flores para mi era una conversación sobre el frío que hacia cada mañana. ¿Cómo estas? ¿Bien? Y la verdad que no, la verdad es que estoy muy triste por que hay muchas orejas que quieren caerse, ser libres ¿Entendés?, todas las orejas están cansadas de que los pelos les hagan de cortina, que las escondan, por eso están conjurando un plan siniestro con el frío para salir de las cabezas de la gente y limpiar ventanas. Esa si sería una conversación, pero quizás porque a la mañana yo no tengo humor suficiente para creerme o quizás porque no podía hacer otra cosa, las respuestas desfilaban idénticas todos los días, repetían bien pero con frío, hoy mejor el clima esta hermoso, y repetían aproximaciones y demás hostilidades sobre lo que puede sufrir el cuerpo por las diferencias térmicas de la calle.

Y después del clima era caminar siete cuadras, siete cuadras siempre tibias, siempre con ese mismo sabor al primer cigarrillo de la mañana, siempre con la pregunta que se caía de mis ideas. ¿Y si un día realmente le digo que estoy mal?, que estoy triste porque tengo una sonrisa por día y con eso no me alcanza. Y todo eso duraba lo que dura un cigarrillo con el estomago vacío, duraba siete cuadras antes del subte.

Iba y venia por las sombras de la capital, pero el ir era muy diferente del venir. En el ir estaba siempre inmodificable esa desconexión, ese saber que ya no podía pensar más en el puesto de flores que quedaba a la vuelta de la esquina de mi casa, en el ir, en esas largas estaciones en las que se recorren distancias que no se ven, lo que había era una desconexión con todo lo que podía afirmar era mío. Y cuando cruzaba la escalera mecánica salía limpio, sin pensamientos, sin cabeza, el subte de ida era una garantía de eficiencia laboral por ocho horas. En ese viaje que podía ser por todo el país en tres estaciones yo me deshacía de todas las sonrisas del mundo, me ponía en blanco, y cuando subía la escalera solo me ocupaba en mi trabajo.

La vuelta era otra cosa. Varias veces llegué a pensar que la magia del subte estaba escondida en sus molinetes, sutilmente. Pensaba que dejaban pasar solo una parte de mis personas y a las otras las guardaban. Las devolvían a mi cuerpo a la vuelta. El caso era que, en ese volver, mi mirada estaba siempre fija en el maravilloso piso del subte, en ese piso que se mueve aunque lo veamos quieto, pisado por más personas de las que yo conozco pero que cuando lo miro esta siempre vacío. En ese mismo piso uno puede rastrear las huellas de las almas que lo pisaron, se puede ver el polvo que quedó y que, de alguna manera, sigue en el mismo lugar, pero de otra forma. Entonces las tres estaciones pasan, y es otra vez la escalera y otra vez el molinete mágico que devuelve lo que robo. Entre la ida y la vuelta hay una luz de diferencia, en la ida la escalera me lleva al día, en la vuelta la escalera me devuelve a la noche, a dormir para encontrar otra conversación sobre el frío.

Y como siempre la respuesta fue en una fuente. Un día domingo del que no recuerdo la fecha estaba tratando de hacer como que disfrutaba del sol, del calor de una tarde. Mi excusa para estar en la fuente apoyado era un libro que me gustó mucho, pero del que no recuerdo el nombre ni el tema. Lo que si puedo recordar es que ese día la que no se llamaba María me cruzó. Ahora ella recibía la sonrisa de regalo, una profundidad y ya no era necesario hacer pasar todo el domingo, el lunes se adelantaba y quizás con sorpresas encantadoras.

Por supuesto le pregunté como estaba. Ya no podía preguntarle otra cosa. No sabia como. Pero su respuesta, tan maravillosa y perfecta, me dejó un cuento de regalo. Sin decir una palabra, sin siquiera intentar mover sus labios para armar una sonrisa se largó a llorar desconsoladamente. Se tiró al lado mío con su frente sobre las rodillas. Tenía medias rojas.

Cuando levantó su cabeza sus ojos pudieron mirarme desde el otro lado de las lágrimas. Me preguntó que como iba a estar, y claro, muy mal, por supuesto que muy mal, como quería que este si era primavera. Se había terminado el frío, ya no iba a hacer más frío, y ahora ¿De que podíamos hablar a la mañana? Era terrible, la relación con mi hermosa florista se terminaba y no había nada que yo pudiese hacer contra esta desgracia astrológica.

¿Vos no te das cuenta no? Me preguntó indignada. Todos los días vuelvo en el subte con vos y te cruzo, te miro mirar el piso, y te veo no mirar a nadie, no notar que existe un mundo. Y todos los días en el subte, cuando vos volvés para tu casa, yo pienso en saludarte, en ir y preguntarte, en sacarme la duda. Claro que el cicatrizante no era para el cactus, vos no tenés ningún cactus. Y también decime la verdad, el cicatrizante era para tus orejas, que se caían ¿no?, se querían ir, por el frío y los pelos de cortina. Y te miró en el subte, mirando el piso, y nunca me animo a ir y saludarte, porque a la mañana no se puede, y el calor es otra cosa. Siempre pienso que debería ir y sacarme la duda, pero tampoco es el subte. Es el calor. Si no hay clima en el subte, es todo artificial, y sin clima ¿De que te iba a hablar? ¿Vos me entedés lo que estoy diciendo? Todos los días me aguantaba y ahora, ahora que es primavera, ahora que ya no hay más frío ¿Qué voy a hacer sin vos?


A veces cuando recuerdo el incidente de la fuente pienso que no le contesté porque tuve miedo, también considero como alternativa que ella no me dio tiempo, de hecho salió corriendo después de hacer la última pregunta. El lunes que siguió al domingo de la fuente el puesto estaba cerrado.

Yo sigo igual, no piensen que soy una persona de voluntad flexible, sigo con mis principios inmutables, firmes como el primer día. Sigo acá, en el calor del verano, esperando el frío otra vez, esperando el otoño que me devuelva, en el puesto que está a la vuelta de la esquina de mi casa, una conversación sobre el frío a la mañana.

Dieciseis


Un día noté que tenía una marquita en la palma de la mano derecha. En realidad más que una vuelta era una ondulación, casi ínfima, pero que nunca había estado, y que ahora aparecía ahí. Como mirándome. Siendo parte de mi mano.

Al principio lo tomé como algo normal, simplemente por considerarla transitoria. Se saca y se pone me decía. Pero con el pasar de los días la marca se fue haciendo toda una entidad. La irrupción violenta y totalmente irrespetuosa de semejante calaña empezó a preocuparme.

La preocupación se transformó rápidamente en odio.

Ante la acción existe necesariamente un escenario. En ese lugar transfigurado el actor decide el contexto enmarcando en una coherencia de sentido. Por este método cada acción posee proyectada sobre sí misma la historia-vida como forma de fijación del mundo-cárcel.

Arranqué meticulosamente hasta los menos mínimos rastros de su existencia, llegué a sacarme partes de piel para asegurarme que no quedara algo de esa cosa. Despertar fue la sorpresa y mi mano.

Estaba más larga y más fea.

El espanto que sentí al ver la prepotencia de la cosa en todo su esplendor después de mis cuatro horas cuarenta y siete minutos de operación fue las barreras y las vías de una estación de tren que no veo hace mucho.

Me puse a rascarme, arañarme y lastimarla. Fue una actitud que, para un supuesto espectador, hubiese sido casi una obsesición. Espero a la luz de estas explicaciones se pueda entender que fue más una forma de autodefensa frente a una invasión.

Dentro de la fenomenológica realidad el actor interviene queriendo alguna modificación o deseando ratificar algo, de esa manera actúa y genera un estímulo que desencadenará en un nuevo posicionamiento ante su propia historia. A medida que las acciones se repiten el autor ha logrado, o bien consolidarse o bien no lo ha logrado. En el primer caso el actor esta contento en el segundo no.

Finalizada la amputación vi como, en las narices de mi incrédula presencia, la cosa recuperó su fuerza con una elegancia inusitada. Esta vez fue triangular, y su aspecto, lleno de textura y secreciones. Explotó.

En ese mismo instante empecé a preocuparme.

Sentí que nunca la podría sacar de la palma derecha de mi mano, y que todo intento no conseguiría más que ampliar su tamaño y proyectar a las nubes los niveles de inmundicia.

Totalmente fuera de mis cabales rasqué contra la pared sus partes prominentes hasta el punto de hacer brotar sangre, pero la rapidez con la que su tamaño volvió a aumentar hizo que el color de mi cara fuese parecido a ese naranja de mano abierta a la mitad y destino incierto.

La forma en la que cada acción se relaciona con la historia que la sostiene proyecta sobre la idea de futuro sus propias ausencias. De esta manera las interacciones con el mundo tendientes a fijarlo reafirman una posición interpretativa que funciona como base para la acción de representación de lo inexistente. La irrealidad del futuro se desforma oponiéndose como realidad por esta misma necesidad del actor de solucionar su límite corporal y su incapacidad de aceptarse incompleto.

La repetición de las derrotas, que a estas alturas eran incuestionables, me propuso la ignorancia. Lo más curioso del relato fue que, en una actitud muy infantil, la cosa en cuestión decidió crecer más de tamaño reclamando que volviese al inútil juego de sacarla, crecer, sacarla, crecer.

Inmundicia.

Por mi parte permanecí estoico en no prestarle atención, y todo esto a pesar de la progresiva complicación del uso mismo de la mano debido a tamaños y figuras tridimensionales. A la hora de, por ejemplo, cortar mi comida, tenía que agarrar el tenedor con mucho cuidado de no apoyar el mango sobre la cosa, sin esa necesaria paranoia territorial la cosa suponía que estaba intentando jugar con ella y aumentaba.

Me miraba dormir.

Viendo que la estrategia de crecer no obtenía los rindes deseados la cosa optó por secretar una sustancia de un color rojo que despedía un olor bastante sedante, muy adictivo por cierto. Reconozco que la secreción, bautizada como juguito rojo, dio sus resultados y mejoró bastante mi relación con la cosa. Por las noches, cuando se me hacía un poco difícil dormir, bastaba con rascarla un poquito para que suelte, increíblemente, cantidades exactas de jugo. Así sucedía la dulce entrega. Todas las noches. En otras oportunidades, por ejemplo antes de necesitar concentración, rascaba la cosa y la cantidad era mucho menor.

Focalización.

Cada actor construye su propia memoria para permitirse aceptar un futuro y un mundo, es la memoria el lugar donde se aloja la tragedia ya que allí es donde escondemos el permiso para afirmar un sentido en cada acción. La representación de la memoria obliga a limitar la realidad al mundo, nos obliga a limitarnos a lo posible. Sin memoria dejamos de existir como actor, las acciones se transforman en devenir y el mundo en realidad potencialmente infinita. La limitación corporal ahora es asumida como una ficción de la conciencia, y el escenario es retransfigurado a una percepción ampliada que soluciona en continuidad gastronómica la dicotomía memoria-realidad. La fagocitación es mutua y reversible, el tiempo deja de desplegarse para afuera, se pliega en sí y para si
empre.

El problema apareció de pantalones cortos. Fue un buen día por la mañana, después del desayuno, la cosa empezó a largar otro. Este ya no era el delicioso jugo rojo sino algo mucho menos dotado de cualidades. Entre sus muchos malditos defectos era amarillo.

Quizás por una cualidad intrínseca del color, quizás por algún enojo, el nuevo juguito amarillo no dejo de salir.

Nunca.

Diecisiete


Cualquier otro representa un soporte para la ficción. En tanto soportes permanecen siempre en un estado de suspensión; existen, interactúan, refuerzan, pero siempre desde una distancia prudente. Cuando estas distancias se suprimen la interacción se introyecta y la ficción se transforma en delirio.
La primera etapa de este conjunto de eventos dislocadores se denomina interaccionismo. Este periodo esta comprendido por el espacio que separa el advenimiento de las primeras voces de la realidad y el nacimiento de la respuesta. Este espacio esta compuesto por varias capas consecutivas unidas por una progresión de autismo autoexpresado a un exterior interno. El otro como uno mismo supone a lo externo como ficción, esta situación es superada y transfigurada. Ahora la ficción es la unidad del Yo y el mundo un imposible.

La primera etapa involucra la experimentación del oído. Por lo general las realidades largamente somnolientas empiezan por expresar cuestiones cotidianas desde una perspectiva que siempre implica una lectura que invierte las relaciones entre narcisismo y masoquismo. Las presencias se visten de comentarios que alternan interpretaciones complementarias a la identidad e interpretaciones que contienen el germen mismo de lo que el Yo considera el principio de su negación.
La segunda etapa involucra el reconocimiento de la naturaleza exterior de las voces como una proyección autonegada. El convencimiento proviene de la experiencia exterior siempre presente. En este sentido las presencias son aquellos simulacros de conversación definidos como murmullos siempre lejanos que son el disparador de la ficción.
La tercera es la etapa fundamental. Al contrario de lo que la lógica incitaría a suponer el discurso de las voces se atenúa por completo. Deja sus niveles habituales de ficción y se instala al nivel más cotidiano de la rutina. Esta estrategia implica un fuerte sentido de turbación ya que es realmente difícil poder reconocer la ficción. La presencia en esta etapa es contundente y absoluta. Cada una de las acciones del Yo tiene un eco que interpreta, cada lectura se convierte en una entidad que, por sí misma, se enajena de la mera imaginación convirtiéndose en una serie de fábulas que recrean situaciones desde diferentes lugares y perspectivas.
A estas alturas lo que otrora fuese la simple imaginación como forma de evasión de la realidad encuentra en las voces un canal de sujeción de sus propias fuerzas. La supresión del límite entre la ficción exterior y la ficción proyectada como exterior se hace flexible. A pesar de que muchos suponen una objetivación de la ficción la cuestión es mucho más simple. En ningún momento existen voces reales, ni imágenes reales, ni tampoco aparecen personas reales, ni existe ningún tipo de manifestación estrictamente sensorial, no existe ningún tipo de alucinación. La ficción se actúa a si misma como una liberación de las interpretaciones. Las lecturas de la realidad se transforman en un canal que distribuye los miedos, las verdades, las incertidumbres y otras tantas cosas a un nivel de conciencia realmente insoportable.
La cuarta y última etapa consiste en el nacimiento de la respuesta. Una vez que la impregnación de la voz ha logrado abarcar la totalidad de la construcción del mundo comienza a desvanecerse el límite expandiendo las capacidades del delirio hasta lo imposible. Aquellas voces son ya un punto de referencia constante, su interpretación de los hechos angustia y emociona a un punto tal que logran ejercer un monopolio efectivo de los placeres y displaceres. En otras palabras, previo al nacimiento de la respuesta los estímulos de las voces son la única fuente de felicidad y de tristeza, las voces dominan el estado espiritual del Yo obligándolo a generar situaciones con predispociones adecuadas para que las voces transmitan o generen interpretación placenteras.
En un primer momento la respuesta nace como eventual, pero con el correr de las interacciones la respuesta es la única fuente de interpretaciones placenteras. Las voces se tornan cada vez más hostiles, sus lecturas reconstruyen realidades constantemente intolerables y la respuesta se transforma en obligación. Cuando el Yo responde la interacción con las voces genera la posibilidad del placer, pero esta posibilidad se hace cada vez más tenue, más difícil, más imposible, y uno queda simplemente en la respuesta, simplemente en la interacción con sus propias interpretaciones de la ficción que ha constituido como identidad. Al final se termina generando un círculo de encierro. La relación mimética es invertida, el mundo es fijado como proyección del Yo, la realidad es la ficción de las decisiones canalizadoras de la angustia.
El acto de hablar implica intrínsecamente una explisitación del ser. Toda forma de expresión dice algo, le habla a un espectador presente o ausente y las formas de habla son infinitas y toman formas muy diferentes según el caso. Con todo aquello que se dice el sujeto recupera aquello que es siendo y lo expresa a través de la recuperación de todo aquello que es comprendido. En otras palabras, cada acto de expresión implica una comprensión del siendo que permite la expresión que, a su vez, supone siempre una comprensión del mundo. La expresión recupera el ser, el ser recupera lo comprendido, lo comprendido recupera el mundo y el mundo es el principio que permite al sujeto expresarse. Esto se repite así hasta el infinito, y es el círculo que permite que la reflexión sobre uno mismo sea la fuente de todo aquello que expresamos. Este círculo existencial es el devenir del ser. Todo aquello que decimos es una posibilidad del ser, es una forma, entre muchas otras, en la que el ser se expresa. Por esto mismo cada acción implica un conocimiento del ser. El ser no puede ser negado mientras exista la necesidad de expresarse ya que toda expresión del ser recupera su existencia fenomenológica. Su devenir como mundo.
Por otra parte las identidades son el refugio del ser. Las identidades son aquellos metaconceptos que agrupan las interpretaciones mediante las cuales el sujeto comprende el mundo y lo construye. Sin identidades el sujeto no puede categorizar el mundo y sin esta categorización no existe comprensión y, por ende, el sujeto no puede expresarse ni intentar conocerse.
Toda identidad se define por diferencia y queda constituida por la negación de lo que no contiene. Esta función excluyente del límite se caracteriza por no existir según principios objetivos de lo real; la identidad queda siempre configurada como una decisión que define el conjunto de lo interno y lo que queda negado y como externo.
Toda decisión es una forma de expresión del ser. Cuando el sujeto se encuentra frente a un problema imposible, como lo es el cierre de su identidad, tiene que decidirse para generar la necesidad conocerse a si mismo y expresar aquello que para él es. Cada decisión es una construcción del mundo como devenir, la repetición de decisiones no problematizadas pliegan la ficción del Yo a lo socialmente establecido. La negación de la identidad propia es el principio para negar la identidad establecida del mundo.
Para liberlarlo es necesario ejercer la última de las libertades.
Pero como para conocerse a si mismo, y expresarse en consecuencia, se necesita expresar aquello que ha sido conceptualizado del mundo, y como no hay conceptualización posible sin identidad, estamos en presencia del segundo circulo.
Detrás de todo esto se esconde la pregunta que aborda la cuestión del ser y su necesidad de expresarse. Si recuperamos este concepto de expresión que comprende el conocimiento de uno mismo, el hacer al ser hablar cumple un rol central. Este circulo representa la necesidad misma del ser de expresarse, y demuestra que, lejos de ser casual, el círculo es la forma misma en la que el ser encuentra la justificación de su identidad. El ser se expresa porque necesita conocerse, se conoce porque necesita comprender, se comprende porque necesita decidir, decide porque necesita una identidad, necesita una identidad porque necesita conocerse, y otra vez, así hasta el infinito.
El ser en tanto devenir se constituye y define como el sentido de la existencia proyectado sobre lo que no existe, porque el sujeto es conciente de su finitud, y en tanto sujeto que dejará de ser necesita definirse para trascenderse. Toda expresión recupera este círculo existencial para que el sujeto sujetado a su identidad decida quien es al sufrir la intrascendencia y quien es al merecer la eternidad. El tiempo se impone al ser. El tiempo, violentamente, demuestra su existencia, y el ser sufre, para no sufrir se inventa.
Conocerse es inventarse.
El ser se conoce a sí mismo y de esa forma conoce su límite, el tiempo lo enfrenta a su potencia como ser que no existe. La forma circular del conocimiento del ser es una sínica forma que el sujeto utiliza para recorrer siempre el mismo camino, para hacer siempre de ese camino un camino distinto, en definitiva, para morir caminando. El sujeto teme a la muerte porque lo enfrenta a la disolución de la ficción del yo, lo deja sin identidad, sin necesidad de expresarse y, sobre todo, lo obliga a asumir la innecesariedad del círculo existencial. Sin el círculo no hay existencia, desde el círculo la existencia es absurda. Desde la circularidad el devenir se libera. Ya no existe ficción ni límite.
La muerte obliga al sujeto a conocerse, al conocerse el ser conoce su finitud, su finitud lo enfrenta a la muerte. Este es tercer círculo.
Pero el círculo puede ser roto. El sujeto debe noser, debe dejar de expresarse, debe dejar de conocer, debe dejar de conceptualizar, debe aceptar su finitud, en definitiva debe morirse.
La nada es la contemplación de la totalidad de las potenciales expresiones de lo real. En esa nada el único orden es el caos. La nada no es el principio anterior al ser y tampoco su negación. Inmersos en esta totalidad absoluta la identidad del ser desaparece, el problema del límite se anula por una cuestión fáctica, no hay posibilidad de que exista algo por fuera de este conjunto absoluto. Sugerirle al ser que anule su identidad y que se sumerja en la plena contemplación de la realidad es solucionar su problema existencial, es acabar con su agonía, con su pena, es acabar con todo lo miserable que hay en el ser. La nada es el principio que supone la superación de la angustia del ser.
Es en la realidad donde el ser encuentra el pleno conocimiento de su existencia, es en la contemplación de su pertenencia al todo que desaparece la necesidad de expresarse porque las expresiones se liberan al infinito. El problema de la verdad queda resuelto en un instante de verdad absoluta. Todas las expresiones encuentran su realización en la nada. Nada es negado, todo es afirmado y aceptado desde su real naturaleza, la realidad asume su forma de fábula, las interpretaciones ya no compiten por el dominio sobre el sentido, el poder es anulado en la más absoluta de las anarquías.
El problema insuperable es que la contemplación de la realidad absoluta, la contemplación de la nada, dura solo una burbuja, un instante de intensidad absoluta en el que la duración deja de ser un problema porque la totalidad del tiempo queda comprendido en la profundidad de la experiencia contemplativa. Por fuera de la burbuja el ser reconstruye sus miserias y el todo vuelve a aparecer como una realidad siempre imperfecta, inacabada, limitada en la práctica.
La cuestión clave de eternizar la burbuja es el mismo problema de la duración cuya presencia supone, mediante la reconstrucción de la realidad expresada en términos temporales, la anulación misma de la condición de posibilidad de la burbuja.
Existen diferentes formas de centración que permiten distintos estados mediante los cuales, por lapsos variables de tiempo, es posible la creación de burbujas y la contemplación. Pero en todas estas técnicas la burbuja termina rompiéndose con la ruptura del mirar no mediado. El cuerpo funciona como límite.
La mediación de la existencia puede ser rota por la contemplación absoluta de la realidad. Mientras significante y significado permanecen como entidades diferentes es siempre necesario algún tipo de lenguaje que permita la creación de un mensaje que sirva de puente entre estos momentos divorciados. Esta distancia es la que genera la separación sensitiva de la realidad y la percepción. Por más destacado o abundante que sea el lenguaje este no puede evitar amputar la intensidad de la experiencia, por lo que el lenguaje es un atenuador de la experiencia. A través de las palabras se termina construyendo un mundo en el que se alojan el conjunto normado de las relaciones posibles entre los objetos y los sentidos amputando, fijándonos a parámetros de calificación arbitrarios las formas de experimentar la realidad. Este es el cuarto círculo. Desde la nada como realidad absoluta y directa esa distancia queda anulada y multiplicada al infinito como una relación constante con los objetos no fijados. La realidad se transforma en un gran texto en blanco.
El concepto de expresión supone la superación de la interpretación. Supone la anulación de una perspectiva privilegiada para determinar la relación entre un objeto y su sentido, supone, en otras palabras, que sea el objeto mismo el que nos hable y el ser el que escuche. Desde el objeto nacen expresiones y estas son todas las que infinitamente son posibles. Pero desde el mirar del ser se captan sólo aquellas que son posibles de capturar por las categorías del conocimiento. En la nada estas expresiones se liberan y se devuelve a la realidad la capacidad de generar sus propias formas, se permite que el ser deje de funcionar como limitador para desbordarse con la experimentación infinita. El lenguaje, inútil, es abandonado por la percepción directa del objeto mundo en sus infinitas formas.
El caos como principio ordenador permite la liberación del deseo y permite la superación del estado de necesidad permanente. La necesidad sirve al ser como guía para una existencia opaca. Superadas las limitaciones del lenguaje, el objeto se realiza infinitamente y los significados quedan abiertos a más posibilidades de las que pueden ser necesitadas, la abundancia permite encontrar en lugar de buscar, permite que exista aquello que deseamos que exista. El goce ya no surge desde el ser como una forma de expresión de su existencia sino como una realidad que abarca el todo en su relación consigo mismo. El todo absoluto, caóticamente ordenado, se divierte en su propia inexistencia y desea más allá de sus capacidades generando un estado de jovialidad permanente. Un movimiento arbitrario en un espacio inexistente.
Esta realidad esta allí, expectante, pacientemente esperando a ser experimentada.
Pero otra vez nos obliga a negar nuestra propia existencia, nos invita a salir del círculo existencial para halagarnos con sus infinitas bondades.
Hay un sólo camino para romper ese círculo.
Hay un sólo camino para esta experiencia directa.
Existe sólo un error permanente.
No existir.

Dieciocho


En la ciudad de Ciudadbuena hay una leyenda sobre el hombre espejo. Cuentan las ancianas del lugar que sus abuelas contaban que en una época ya remota había una persona que vivía en la vieja y hermosa casa abandonada, en lo que hoy se llama las ruinas del hombre espejo. Hoy por hoy la casa esta destruida, las rejas están oxidadas, los vidrios rotos por los piedrazos que fueron tirando generaciones y generaciones de niños, el pasto esta tan crecido que los habitantes de ciudadbuena gustan en echarle la culpa a la casa por las recientes serpientes que aparecieron, claro que los más cuerdos recuerdan que las serpientes aparecieron en la fábrica de escarpines que queda considerablemente lejos de la casa del hombre espejo y que, considerando el tamaño de las serpientes, es poco probable que nadie notase su presencia cuando cruzaban la ciudad. Es muy probable que las serpientes se arrastren de noche, y también es probable que puedan haber evitado pasar por la puerta de la casa de doña Beatriz, mujer de setenta y dos años que no duerme hace veinticinco veranos por la muerte de su quinto y último hijo en un accidente con una máquina de cortar pasto. Doña Beatriz seguramente habría notado las serpientes, está pegada a la ventana de su casa y no deja pasar detalle de lo que ocurre en esa corta sección de la ciudad.

De todas las muertes de los hijos de doña Beatriz la que más la atormentó fue la del quinto y último, un muchacho bastante gordo que fue bautizado como Eusebio pero que todos afirman se llamaba Maria de las Azucenas, nombre muy femenino que lo hizo acreedor del apodo de Nacido. El gordo, como lo llamaban en la casa de venta de zapatos donde trabajó cuatro de sus treinta años, solía juntarse a tomar una copa de vino todos los días en la única cantina de la cuidad, la cantina de Manolo.

Don Manolo era un español sumamente viejo, llegó al país a los treinta años y los que lo conocían en ese entonces dicen que ya era viejo. Cuando llegó no tenía un solo conocido en el país, no tenía un solo pariente, en realidad lo que si tenía era una formula especial para preparar vino que le había enseñado su abuelo en una perdida ciudad del norte del país europeo. Cuentan que eligió la cuidad porque dijo que con el nombre de ciudadbuena solo podría esperarse que cosas buenas le pasasen, jamás se arrepintió de su decisión. La cantina fue rápidamente bendecida por la diosa fortuna, como no había nada en ese estilo en aquella ciudad rápidamente los lugareños empezaron a visitarlo para ver de qué se trataba ese asunto del vino de las montañas de Galicia. Inmediatamente fueron todos seducidos por los encantos del vino mágico que preparaba el viejo. Entre los más fanáticos estaba Isidoro Rompiente quien tenía gran fama de bebedor por su afición al coñac, no tardó más de dos semanas en hacerse parte de la decoración de la cantina, quien entrase sabia que si miraba sobre la barra, en el último asiento, a cualquier hora, escuchando la retirada de Bonaparte, lo encontraría con un vaso de vino o un vaso de coñac, según si la hora fuese par o impar. Después del tercer mes Isidoro pudo concretar su deseo de mudarse lo más cerca posible del lugar. Se mudó al depósito de la cantina donde muy ingeniosamente pudo acomodar un colchón, una estufa para el frío, un ventilador para el calor y una radio para escuchar el programa de las tres de la tarde. El colchón tan a medida le fue robado a una persona horrible.

El vendedor de colchones de la ciudad era un hombre sumamente avaro y de una reputación en la que no voy a detenerme por ser impropia de la maravillosa ciudad de ciudadbuena, como castigo a tan horrible personaje no mencionare su nombre. Al lado de la tienda de colchones estaba la casa de Matilde Centurión, señora quien, a demás de tener constantes peleas con el vendedor de colchones, hacía unas tartas de ciruela realmente increíbles, tan ricas, pero tan ricas, que todo aquel que las probaba no podía dejar de enamorarse de ella. En los tiempos actuales de tanta especialización y diversificación es impensable lo que ocurrió en aquel entonces, pero Matilde tuvo por mucho tiempo una empresa muy lucrativa que solamente hacia tartas de ciruela. El único inconveniente que tenían las tartas era que provocaban un gran daño al tercer diente de la parte superior de la parte derecha de la parte de la boca de todos los que comían la tarta. Es cierto, la única dentista de ciudadbuena era la hermana de Matilde, la dra. Gregoria Centurión. Muchos empezaron a sospechar de esta misteriosa casualidad, pero la Dra. Centurión dejó la profesión y se casó con Josefina quien, por su acomodada posición económica, le propuso que deje de trabajar. Ella aceptó. Un tiempo después la fábrica de tartas de ciruelas cerró.

Josefina tuvo muchos problemas con su madre, pero ella un buen día murió y la relación mejoró bastante, Josefina le llevaba flores una vez por mes y ella la insultaba mucho menos. La madre de josefina tenía dos casas, una de ellas estaba en la parte menos poblada de la ciudad y la otra en la parte céntrica. Ella vivía en la parte urbanizada, en la parte de la ciudad donde vivía la gente importante, decía que una mujer de su altura no podía sino vivir en esa parte de ciudadbuena y la madre de Josefina realmente tenia mucha altura, de hecho tenía que agacharse para pasar por las puertas. La verdad es que ciudadbuena en esa época no era muy grande, en realidad la madre de Josefina vivía en la única zona medianamente poblada de la ciudad. La otra casa que tenía era pequeña, y le trajo muchos dolores de cabezas. Cuando su mejor amiga de la infancia se quedó sin casa por culpa de un incendio ella le dijo que podría alquilarle su casa en aquellos inhóspitos rincones de la ciudad ya que nunca podría vivir allí con su altura. El gesto fue valorado como correspondía, como estilaba hacer la gente en ciudadbuena, pero su amiga hizo que se escapaba de esa casa, no soportó a su nuevo vecino más que por tres meses. Las circunstancias de aquel abandono aun hoy son misteriosas.

En la casa que tenía la misma puerta pero un dueño muy raro vivía una persona a la que todos en ciudadbuena le tenían miedo. De esa persona no se conocía ni su pasado ni su futuro, ni su nombre ni a su madre, de ése solo se supo una cosa, se chupaba el alma de la gente.

La historia empezó un día frío, un día en el que el todo estaba muy nublado y era preferible quedarse en cama. Ese día un desconocido compró la casa más linda de la zona más fea de la ciudad más buena. En algún momento el arquitecto Esperanza soñó con hacer crecer la urbanización de la zona y, como amaba profundamente ciudadbuena, se decidió a construir una hermosa casa en las periferias. Pensó que si él se arriesgaba muchos seguirían sus pasos y todo empezaría a crecer en torno a la casa que él construiría. En el fondo el arquitecto era un revolucionario, pero como les suele pasar a los revolucionarios la suerte no lo acompañó. La hermosa casa que había construido llevó a la urbanización, pero las casas que se construyeron en aquella zona no eran ni por asomo tan bellas como la que había construido Esperanza. Por supuesto que en ciudadbuena no existía gente pobre y gente rica, de hecho aunque había gente más prospera el lugar tenía sus propios ritmos, y no había mucho espacio para el derroche. La diferencia que había entre los dos sectores de la ciudad se reforzó definitivamente, por casualidad, gracias al hombre espejo. La parte en la que vivió perdió su belleza y con los años solo empeoró, la otra parte de la ciudad aun conserva su toque de distinción. Otros, los menos, dicen que siempre todo es al revés.

Cuando vendió la casa el arquitecto Esperanza dijo al hombre espejo que su casa sería la más bella de toda la ciudad y el hombre espejo parecía muy entusiasmado con la idea. Cuando el arquitecto le hablaba el hombre espejo le contestaba como si fuese un profundo conocedor de la arquitectura y de la belleza. El arquitecto se llevó una impresión muy buena de su comprador, pensó que era el indicado para valorar y apreciar su hermosa construcción.

Todos en el pueblo hablaban del nuevo vecino, pero nadie tenía excusa para conocerlo en profundidad. A pesar de su compromiso con la circulación de información el arquitecto no podía dar detalles del nuevo, de hecho se sorprendió mucho cuando se dio cuenta que no tenía ni su nombre, que no sabía nada de él.

Cuando le preguntaban por el comprador de aquella casa tan hermosa solo decía que aquel hombre sabía mucho de arquitectura y de belleza, y nada más. Si esto hubiese pasado en épocas como esta, donde la modernidad hubiese impuesto títulos de propiedad, escribanos, contadores, abogados, etnólogos, grafólogos, traductores y sobre todo un buen podólogo para hacer la operación de transferencia de titularidad del inmueble, hoy por hoy, se sabría mucho más del hombre espejo. Los hábitos de aquellas épocas en ciudadbuena sin dudas contribuyeron a generar la leyenda.

La primera persona que tuvo contacto con el nuevo propietario de la hermosa casa que había construido Esperanza era la amiga de la madre de Josefina, la señora Silvia. Ella era una persona con mucha mala suerte, y todo el tiempo renegaba de sus desgracias. Cuando se puso a hablar con el hombre espejo se sintió muy cómoda, no solo porque sabía escuchar muy bien sino porque parecía entender perfectamente lo que era ser un desgraciado de nacimiento, de hecho contó varias historias de conocidos que tenían problemas similares a los de Silvia, personas que también eran desgraciadas, pero todas ellas eran personas que nadie conocía. Llamó mucho la atención de Silvia que el hombre espejo nunca contase historias personales pero siempre tuviese historias de otras personas. Cuando Silvia trataba de sacarle información sobre su pasado el hombre espejo se empecinaba en contestarle con evasivas, con historias de conocidos. Un día Silvia le preguntó al hombre espejo cual era su nombre. Nunca se supo que le contestó pero Silvia desapareció de la ciudad misteriosamente.

Los pocos que habían tenido trato con el hombre espejo contaban cosas muy diferentes sobre su persona. El Señor Basilio, dueño del único almacén de la parte menos poblada de la ciudad, contaba que era un tipo muy escueto en sus conversaciones. Claro que esto también podía ser porque el mismo Basilio era escueto en sus conversaciones. Doña Susana, vegetariana de profesión, contaba que aquel simpático caballero solía tener un gran conocimiento sobre verduras, pero también se sorprendió cuando se dio cuenta que no sabía su nombre.

Con la misteriosa desaparición de Silvia los rumores empezaron a circular a velocidades escalofriantes. Las variadas historias sobre el habitante de la casa que había construido Esperanza, la falta de certezas sobre su nombre y en especial el descubrimiento que agrego el profesor Ernesto hicieron de esta historia una leyenda.

Diecinueve


Llega un momento en el que nos encontramos frente a la perspectiva de nuestra vida como aquello que va a pasar, todo lo que va a ocurrir se plantea como una decisión que hay que tomar, como una realidad de la que hay que hacerse cargo, el futuro entero se nos plantea como una promesa. En tal sentido nuestra vida y destino son el resultado de lo que hoy afirmemos que será mañana. La promesa se articula como la necesidad de hacer perdurar en el tiempo aquello que hoy somos. Prometemos futuros porque afirmamos que mañana afirmaremos lo mismo que estamos afirmando hoy.

Hoy digo que mañana diré lo mismo que hoy, y así seguimos, caminamos tras eso que se llama sentido, pero ya no sobre una acción determinada sino sobre el conjunto de acciones presentes y futuras. Seguimos caminando en función del sentido que le asignamos al conjunto de nuestra vida, creamos un sentido sobre nuestro futuro y sobre ese futuro generamos un destino, generamos una distancia entre el hoy y el hoy que todavía no llegó, generamos un lugar al que debemos ir, pero sobre todo, lo más importante de todo esto, es que generamos una expectativa sobre nosotros mismos que nos permite seguir. El sentido que asignamos a nuestras vidas es el lugar virtual al que debemos arribar en algún futuro en función de lo que hoy consideramos que deberá ser mañana, y en esa ficción aparece creado, producto de la distancia entre lo que hoy soy y lo que deberé ser mañana, un camino que obliga a ser transitado.

Este camino tiene una función fundamental en la existencia de las personas. Frente a lo incierto del futuro, frente a lo que todavía no es, se fabrica una incertidumbre, y esa incertidumbre es usada, el camino se apropia del hoy, lo hace aparecer como un producto de ese transitarlo. Es una angustia especial, profunda, uno de esos sentimientos que desgarran el alma, el cuerpo y la mente. Esa angustia aparenta ser el producto de nuestras incertidumbres sobre nosotros mismos. Aquí nuestro gran secreto, esa angustia de mil caras, ese desgarro que se viste de todos los colores no es el resultado de nuestra relación con el camino que elegimos, muy por el contrario, es el resultado de una seguridad, de la única realidad, la única verdad siempre sabida pero por todos igualmente negada, la única cosa que irremediablemente vendrá del futuro es la muerte, el fin de la promesa.

Todas nuestras promesas generadoras de fracasos o éxitos, todos los caminos que tengamos que recorrer, y en su conjunto todas nuestras incertidumbres sobre el futuro tienen una única función, esconder la única certeza que tenemos sobre lo que vendrá, generar un camino para proyectar nuestra angustia sobre las incertidumbres para encubrir su verdadera naturaleza. Si el camino de la vida irremediablemente conduce a un destino no tenemos otra opción que sufrir por esa lenta agonía de la que no podemos escapar.

Frente a esa angustia por la muerte el ser de hoy ha creado una forma de protección para no adelantar el final. Esa protección es la generación de espacios intermedios, de objetivos medianos que cumplen en obstruir la percepción del final anunciado generando un camino. La muerte es una realidad a futuro, pero en la creación de futuros cercanos la atención se pierde y distrae, generando entretenimientos que hacen olvidar la angustia o por lo menos nos permiten disfrazarla. Estos espacios intermedios no tienen la contundencia del espacio final, y la distancia que los separa del presente siempre es distinta según el caso.

Desde un hoy real a un mañana equis distante existe la promesa de que ese mañana será lo que hoy deseo que sea, y de esa manera la vida tiene objetivos logrables que nos invitan a seguir actuando, son principios plegables que guían nuestra acción inmediata a un mundo intermedio y así nos permite evitar la percepción del conjunto del camino.

Los objetivos intermedios que guían nuestras acciones presentes son placebos, son irrealidades que nos dopan, que nos hacen olvidar una realidad que nos genera una angustia insoportable.

La cuestión es también complicada cuando centramos la atención sobre esos espacios intermedios y descubrimos que son configurados también como un soporte de la identidad. Quiero ser mañana lo que hoy deseo ser, deseo hoy lo que no tengo, el deseo es la presencia de una ausencia dicen, pero ese mañana nunca llega, no porque no consigamos satisfacer ese deseo, sino porque esa ausencia es insalvable, existirá siempre como vacío. Lo que pueda ser mañana puede ser igual a lo que hoy anhelo. Pero cuando ese hoy futuro represente la realización del ayer, el hoy mutará generando nuevos vacíos, nuevas distancias.

Ese objetivo a veces también es inalcanzable, y eso lleva a la resignación, y eso se llama acostumbrarse, y eso es tratar de contentarse con lo que hay por que cualquier mañana, por más distante que sea a nuestro mañana ideal, es igualmente útil para cumplir con el fin para el que fue creado. Lo ridículo de la cuestión es que frente a la frustración, y el consecuente renacimiento de la angustia, la lectura que se impone es que la angustia es producto del fracaso. En cierto sentido el fracaso en llegar a los espacios intermedios es responsable por la angustia, pero no porque el fracaso la genere sino porque el fracaso derriba el muro que la tapa obligando al replanteo sobre el lugar donde debemos ubicar esos mañanas, y nos obliga a replantearnos cual será la nueva forma con la que inventaremos las paredes. ¿Cual será la realidad de esas promesas? Nos obligamos a volver a construir nuevos caminos, sólo para poder seguir caminando.

Una vez me dijeron que no importa quien, lo que todo mundo desea es éxito, no importa en que, pero todo mundo quiere éxito en algo. Algunos recorren sus caminos sin resignaciones, sin fracasos, otros fracasan pero se adaptan bastante bien, otros directamente nunca llegan a ningún lado, los niveles de éxito conseguibles son variados, lo único que permanece constante es que no importa con cuanto éxito encaramos nuestros objetivos, siempre el éxito será insuficiente.

Necesitamos siempre querer, necesitamos siempre estar a la búsqueda de algo, necesitamos siempre un lugar a donde querer ir, porque en esas construcciones de caminos a lugares ubicados en tiempos siempre futuros encontramos nuestro motivo para seguir existiendo.

En este estado de búsqueda es muy probable que encontremos formas falsas, estrictamente, solo encontraremos irrealidades, más allá del éxito como forma máxima de la irrealidad, el lugar al que deseamos llegar es siempre falso, es siempre una mentira existencial que carga de sentido nuestro recorrernos.

Hubo infinitas mentiras que se construyeron para tapar esta realidad, estas van desde la consideración de un espíritu universal que se realiza con el devenir de cada una de sus etapas hasta la construcción de realidades religiosas. Párrafo aparte una pequeña consideración sobre la primera de estas ficciones. Es muy común afirmar que la justificación de la existencia deviene de sus obras o acciones, de su contribución a la sociedad y con ello a la historia, que en la utilización de nuestra existencia para lograr realizar el espíritu de nuestra época encontramos algo que nos trasciende, encontramos una historia que nos necesita, que necesita de cada una de nuestras existencias para dar con su propio devenir. Lo que se intentó construir fue una forma de sentido que diera un poco de coherencia a la acción, una ficción de continuidad, una idea de linealidad progresiva que nos permitiese dormir tranquilos. Sobre estas ideas no tengo más que destacar su profundo valor como literatura.

No importa cuanto empeño le pongamos, la angustia siempre estará en el mismo lugar, y es inevitable sufrirla si pretendemos engañarnos para no sentir su presencia. Hasta el placer es producto de nuestras necesidades de evasión, el placer aparece mediado por el gusto y el gusto por la identidad y la identidad por el sentido que justifica nuestra propia existencia.

Solo en el mundo infinito y multiexpresivo encontramos paz, para poder contemplar el todo es necesario superar la mediación del sujeto, es necesario mirar por fuera de la propia existencia. El mundo esta ahí esperándonos, y solo nos acaricia cuando aprendemos a mirarlo. Pero cuando nos encuentra se apropia de nosotros, nos libera, nos contiene como una expresión más, como una parte del todo, nos hace percibir todo para superarse, para ser nada y con ello arrasa nuestra propia existencia.

Para poder acceder a una contemplación plena del mundo debemos primero depurarnos de nuestras fábulas y permitirnos existir más allá del tiempo. La única vida real es la vida en la intensidad del momento, en la realidad del ahora y esa vida es imposible, es irreal salvo en las burbujas de intensidad creadas por la contemplación no mediada de la realidad, por la interacción directa con el mundo. El mundo es debajo de nuestros pies. Hasta que pensamos en moverlos.

Es una cuestión de asumir nuestra existencia, asumir nuestra muerte y hacernos realidad presente. Aunque la presencia de la angustia es inevitable, es necesario encontrar una forma de generar una burbuja permanente, un eterno ahora que permita una existencia enteramente intensa. Es necesario reencontrarnos con la realidad. Solo en esa realidad completa, expresiva, caótica, solo en la realidad como un todo, solo en la nada podemos recuperar la intensidad de lo que nos desborda, solo superándonos como barrera a la percepción del mundo podemos acceder a ese noser, a esa puerta de acceso a la realidad no medida. En ese mundo al que sólo se puede acceder cuando se dejan las limitaciones de la existencia, cuando se supera el posicionamiento frente a las expresiones del objeto, cuando se puede observar el todo y pertenecerle permitiendo la anulación del sujeto como condición de posibilidad de la nada. En ese mismo mundo existe lo que no puede ser buscado, solo en ese mundo esta lo que debe ser encontrado, sólo en ese mundo infinito esta todo y en realidad nada. A ese mundo pertenezco. Es irónico, mi única pertenencia exige no pertenecer. Exige noser.

Veinte


Existe un gran cilindro. Sube hasta el infinito, termina en el mismo lugar que empieza, no es un círculo sino una columna. Este cilindro es un vacío en el medio del universo. Dentro de él nada existe, pero desde su interior se puede llegar hasta todo lugar existente y aun no existen también. Con la primer mirada podemos ver que las paredes del cilindro son lisas, con la segunda mirada podemos apreciar que en gran parte de sus paredes existen puertas ocultas. Con la tercer mirada podemos descubrir que hay ventanas que no permiten ver a través de ellas. En la cuarta mirada podemos descubrir que todo el cilindro esta cubierto por puertas y ventanas, pero ni en la quinta ni en la sexta mirada podemos descubrir que hay detrás de estos portales. Esta es la historia de la séptima mirada.

Una puerta se abre, es una puerta marrón de una madera muy gruesa, dice algo en un lenguaje intraducible y todo comienza. Entonces es el turno de una ventana, el segundo portal se abre, queda abierto y en silencio. Esta ventana quedará abierta hasta el final de la conversación.

Numero tres, una puerta verde color pasto se abre. De su interior sale una voz que habla muy pausada, - multipersonalidad, incapacidad de jerarquizar identidades-. La puerta queda abierta callada. Un silencio atraviesa el cilindro entero y vuelve a la puerta verde color pasto que dice entonces – mil identidades son al mismo tiempo, para evitar el poder en el actuar hay que empezar por evitar la dominación de los fragmentos que nos componen- la puerta se cierra. Desaparece del cilindro.

Numero cuatro, otra puerta, muy oscura tiene en su marco un timbre que suena y suena. El ring retumba en el cilindro. La puerta permanece cerrada. El timbre suena hasta que ensordece a los sordos muros del cilindro. La puerta permanece cerrada.

Numero cinco, una ventana deja entrar el frío en el cilindro. El ring para. La ventana habla y dice – una señora muy mayor esta cruzando la calle. Un señor en bicicleta no la ve, para no pisarla dobla bruscamente y se cae, se lastima mucho, la señora sigue intacta. La señora sigue con su paso sin inmutarse, sigue cruzando la calle. Pasa otra bicicleta, el que la maneja es un padre, lleva a su hijo atrás, tampoco ve a la señora. El padre sabe que si esquiva a la señora perderá el equilibrio y lastimara a su hijo, sabe que si la choca lastimara a la señora y también perderá el equilibrio y lastimara a su hijo.- la ventana se cierra, antes devuelve el frío que se siente más cómodo dentro de la puerta.

Numero seis, una ventana se abre. La ventana es gigante, es tan grande que no se puede ver donde termina. Al abrirse succiona el vacío del cilindro a su interior. La ventana habla, dice –AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA- la ventana gigante se cierra y desaparece.

Numero siete, una puerta muy pequeña y de cartón se abre y dice – la fusión de historias consiste en captar de un texto el sentido dominante y desecharlo, continúa cuando se encuentra un sentido latente y se lo utiliza cambiando la realidad del texto en cuestión. La comunicación se rompe cuando se interpela un sentido latente porque se desarticula el espacio de intersubjetividad entre los hablantes. Habla el que dice al hablar, habla el que escucha al comprender. Si la convención no se respeta el sentido impuesto al mensaje se revela revitalizando las potencias expresivas del texto, el dialogo muere. La fusión de historias debe intentar destruir la comunicación- la puerta de cartón se cierra, pero espera una respuesta.

Numero ocho, una ventana se abre. Queda en silencio una existencia entera. Antes de morir dice – hay una mesa, en ella hay un pimentero, en ella no hay un salero, la imagen es clara pero inexistente- la ventana muere.

Numero nueve, otra ventana se abre. Es una ventana que esta triste y dice – exijo una muerte, una tragedia es necesaria- la ventana permanece abierta y en silencio. Un segundo más tarde sale de ella una enormidad de agua que inunda el cilindro.

Numero diez, una puerta muy trabajadora absorbe toda el agua y dice – blup-

Numero once, una puerta se abre y reclama –no quiero ser la puerta numero once, me gustan los números pares. Además quiero ser una ventana, sino no hablo-

Numero doce, la puerta anterior que ahora es una ventana dice – es necesaria una tragedia, si encontramos un final podremos imponer la necesidad de generar un sentido sobre lo dicho, generaremos la falsa identidad que supondrá la negación del sentido.- la puerta, perdón, la ventana se cierra.

Numero doce, una ventana que parece puerta pero que en realidad es una rajadura en la pared del cilindro dice que quiere hablar, como nadie se opone, dice – cuando es de noche y todo esta en silencio tengo insomnio – entonces se transforma en una puerta, pero que parece una ventana, pero sin dejar de ser una rajadura en la pared del cilindro.

Numero trece, de color amarillo, puerta y ventana a la vez. Se abre por la mitad, se abre sin dejar de estar cerrada, y habla sin dejar de estar callada. Dice – el vació recrea el absurdo de la comunicación-. No podemos decir que se cierra porque nunca estuvo abierta.

Numero catorce, una puerta se cierra. El momento exacto en el que se abrió es una incógnita.

Numero cuatrocientos cuarenta y cuatro. Una puerta de una madera irrompible se abre y decreta que las puertas y ventanas comprendidas entre el numero quince y el numero cuatrocientos cuarenta y tres jamás existieron y que por ende no han dicho palabra alguna jamás.

Numero cuatrocientos cuarenta y cinco, una ventana se abre y dice – no soy de color marrón ni de madera- después de eso todas las ventanas y puertas se abren a la vez en sonora señal de festejo por el comentario. Se escuchan muchos sonidos, todos indescriptibles. La ventana se cierra emocionada.

Numero cuatrocientos cuarenta y seis, una puerta se abre y dice – no es la lavandina sino el ímpetu con el que se pasa el trapo lo que desinfecta- la ventana se cierra sin pena ni gloria.

Otra puerta se abre, sin número esta, es de hierro y esta oxidada, dice – démosle un final y creerán que existe un sentido. Deberá ser trágico. Violentamente convenceremos al público sobre la existencia de una trama inexistente.- la puerta sin número se cierra. Un vacío recorre el cilindro.

Una ventana se abre, es violeta, es roja y no tiene ningún color, dice – la literatura es la forma de la realidad.- la ventana quiere quedarse abierta, pero la cierran.

Numero cuatrocientos cuarenta y seis, una puerta gris y de chapa dice – una vez un tipo muy alto trato de pasar por mi interior pero se golpeo la frente con el marco. Retrocedió, volvió a tratar pero se volvió a golpear. Le dije que se agache, que así podría entrar, me contesto que no pensaba ni agacharse ni dejar de intentar entrar. La puerta gris de chapa llora y se cierra.

Numero cuatrocientos cuarenta y siete, una ventana chiquita, grande y mediana se abre, desde su interior sale una voz que dice – por decisión unánime de mi voluntad habrá un final.- Se cierra algo más que una puerta o una ventana, se cierra un cuento.

Veintiuno


Quedó una puerta inmensa, era de madera y se mostraba decorada por ornamentos y figuras de círculos que se repetían. La puerta me conocía, de hecho me estaba esperando. Vengo de muy lejos, viajé cuatrocientos cuarenta y siete meses seguidos hasta encontrarla. Doy vuelta la cabeza, veo que no puedo ver, miro para adelante, veo que solo puedo ver una puerta. Me rasco los ojos, me rasco las manos, me rascó los pies y la ingle. Me rascó con uñas largas y con uñas cortas, por fin logró sacarme toda la piel, sus uñas guardan como mugre los restos de mi sangre.

Le pego y no contesta. Me siento en el umbral esperando a que se abra. Esta puerta te estuvo esperando, estaba acá desde que vos pensaste que existía. Naciste para cruzarla y por eso tardaste tanto tiempo en encontrarla. La puerta me rechaza, se escapa, se va lejos dejándome ciego. Antes tenía piernas muy cortas y tardaba mucho, ahora fue un solo paso y recorrer kilómetros enteros. Persigo la puerta y la encuentro. Dice estar triste porque no la quiero. Mis manos se alargaron hasta alcanzarla, mi brazo estiro hasta que se romperse. La puerta se abre pero no me deja pasar, dice que esta muy ocupada para atenderme.

Trato de dar un paso pero mi pie no me hace caso, se queda en el piso, mi pierna ya no tiene pie. Obstáculo más obstáculo se me niega el final prometido, la puerta fue construida sólo para que yo la atraviese, pero se niega a recibirme. Será tragedia dijeron, pero para eso tengo que pasar y la puerta que no y no.

El día de mi nacimiento los mensis empezaron su trabajo. Del otro lado estaría el último de los secretos, la ultima decisión, así esta escrito. La puerta no entra en razones. La consumación de mi muerte debería ocurrir al revés le explico, yo debería llegar desconcertado, vos deberías tener todas las respuestas, deberías explicarme que es inevitable. No es posible que no me dejes pasar, no es posible que yo tenga que convencerte. El cuento no desea la tragedia, atenta contra la historia y se revela. La puerta insiste en que no hay nadie, que vuelva otro día.

Se supone que hay una tensión, se supone que la tragedia es el resultado de esa tensión, pero con puertas tan obstinadas no se puede. Entonces vuelve a insistir y trata de convencerme, no hay nadie, están todos muy ocupados. Pero así evidencias la muerte como irreversible, se supone que es el resultado de una tensión, se supone que yo llego con dudas y vos me mostrás lo que yo tenía que ver. Yo tendría que venir acá estoico, resuelto a reafirmar mis convicciones, pero si tengo que convencerte de que me dejes pasar se va a notar que en toda tragedia el final esta arreglado, que la muerte estaba pactada. Con esa terquedad, pero la decisión existe, la tragedia fue decidida ¿Qué importa donde ubiquemos la decisión?

Una ventana se abre, me chista y me dice que por ella puedo entrar. Gracias ventana, gracias realmente, vos si que me entendés. Nonono, espera un poquito, vos tenés que venir con dudas acá, acordate que vos venís por esa tensión, tenés una desgarradora angustia que te hace venir hasta acá, no hay decisión, vos venís porque no podes más que aceptar que la decisión sobre tu muerte es parte de tu vida. Ves puerta, la ventana tiene razón, el problema es que sos muy chica ventana, parece que todos me estuviesen cargando. No hice un viaje tan largo para que me traten así. No quepo en una ventana tan chiquita.

La ventana le pregunta a la puerta porque no me deja pasar. Es muy simple contesta, creo que hay decisión en la tragedia, creo que siempre tiene que existir alguien que pueda no morir pero que crea que la muerte es una alternativa. No alcanza sino. Pensalo así ventana, viene este, estoico o resignado da lo mismo, yo lo dejo pasar y listo. No tiene pendiente. Tiene que existir esa decisión coherente que quiera la vida pero que así y todo la rechace. Bueno, acá la tenés. Una puerta que fue hecha para el final prometido, una puerta que tiene que ser cruzada, así esta escrito. Bueno, podés cruzar la puerta, pero del otro lado no esta la tragedia. Claro que podes elegir la ventana, en la ventana vas a encontrar lo que querés, pero la ventana no es para vos, fue agregada, vos sabes que buscabas una puerta.

Estas muy equivocada puerta, se supone que la tención se desarrolla a lo largo de la historia, se supone que, producto de esa tensión, yo termino cruzándote, hay circunstancias que se despliegan y necesitan una tragedia. Pero si lo ponés de esa manera evidencias que en las tragedias el final existe antes que el principio, evidencias que hay decisión, que cuando se escribe una tragedia ya existe una decisión del autor, así no tiene gracia. Tiene que ser inevitable pero inesperado, tiene que ser en vos baja, sin suspenso pero con dramatismo.

La puerta lo medita seriamente, entonces se abre. Adentro vas a encontrar lo que ya esta escrito para vos.